Tras la trágica muerte de sus padres, Tom llega destrozado al orfanato de Santa María. Allí encuentra una luz en la pequeña Alesandra. Unidos por la soledad, los niños se vuelven inseparables y sellan una promesa inquebrantable bajo el solsticio: un día se casarán. Sin embargo, las leyes separan sus caminos; él se marcha a los 18 años hacia la capital financiera y ella es adoptada por una familia en España.
Diez años después, Tom regresa convertido en el temido "especialista de los números" de Londres, un multimillonario implacable dispuesto a usar todo su poder para encontrarla. Cuando un peligroso sindicato criminal ataca a la familia de Alie en Madrid, los hilos del destino colisionan. En mitad de un peligro mortal y secretos de sangre, el hombre de piedra arriesgará su imperio para blindar la vida de su única constante. ¿Podrán los lienzos del pasado vencer las sombras del mañana?
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CAPITULO 22. EL DESPACHO DE LA CASTELLANA
Las oficinas principales de la sucursal británica en Madrid ocupaban las tres últimas plantas de uno de los rascacielos de cristal y acero más imponentes del paseo de la Castellana. El diseño interior reflejaba el sello inconfundible de Tom: suelos de mármol pulido oscuro, paredes de cristal templado que dominaban la panorámica de la capital española y pantallas gigantes que destellaban con los flujos de capital internacionales a tiempo real. No había despachos tradicionales; el espacio operaba bajo una estructura de minimalismo absoluto y alta tecnología que transmitía una sensación de poder frío y milimétrico.
Alie y Elisa salieron del ascensor privado a las cuatro de la tarde. La joven directora vestía su gabardina beige sobre un traje de chaqueta azul marino, manteniendo su inseparable bolso de cuero donde custodiaba la grabadora digital, el viejo reloj de Tom y la caja de la pulsera heráldica. Elisa, con los ojos vivaracheros escaneando cada terminal informática y cada terminal de silicio del recinto, no ocultaba su fascinación periodística.
Una secretaria de ademanes impecables las guió a través del pasillo acristalado hasta la sala de juntas principal. Al abrirse las puertas automatizadas, las periodistas se encontraron con las dos siluetas que dominaban la firma. Gustav se encontraba de pie junto a una terminal de datos, supervisando el flujo de los parches de seguridad de la red madrileña, vistiendo un traje gris sin corbata que le daba un aire de magnate carismático. Detrás de la inmensa mesa de cristal oscuro, recortado contra la luz del sol de la tarde, permanecía Tom.
El joven CEO de veinticinco años se puso en pie de manera pausada en cuanto las jóvenes cruzaron el umbral. Su estatura de más de metro noventa y la severidad angulosa de sus facciones dominaron el espacio de inmediato. Vestía un traje negro hecho a medida que realzaba sus hombros atléticos y su mirada verde, profunda como el musgo húmedo, se clavó directamente en el azul inmenso de los ojos de Alie con una fijeza que hizo que la joven contuviera el aliento de forma instintiva.
—Buenas tardes, señoritas Varela y Peña —saludó Tom con su habitual voz ronca y pausada, rodeando la mesa con pasos calculados—. Les agradezco su puntualidad. El mercado de Madrid no suele dar treguas por las tardes, pero consideré prioritario mantener este encuentro privado con las redactoras de El Eco Local.
Alie dio un paso al frente, forzando una postura firme y sosteniéndole la mirada con una seriedad periodística que desarmó por un segundo la coraza analítica del economista. El magnetismo residual que había sentido en la pista del aeropuerto volvió a invadirla, provocándole una extraña agitación en el pecho.
—Gracias por recibirnos, señor Thomas —respondió Alie, manteniendo el tono profesional—. Mi colega Elisa se encargará de registrar la entrevista sobre los fondos de inversión de su firma en la Castellana, pero antes de encender la grabadora, necesito formularle una pregunta de carácter institucional que compete a la dirección de nuestro periódico.
Tom se detuvo a escasos centímetros de ella, permitiendo que su perfume a cedro y cuero la envolviera de nuevo. Gustav observó la escena de reojo con una sonrisa perspicaz, maravillado por la valentía de la muchacha.
—Adelante, directora —consintió Tom, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Esta mañana, una sociedad de inversiones registrada en este mismo paseo, respaldada por capitales británicos de su firma, inyectó diez millones de euros en el patrimonio de nuestro periódico y desplegó un ejército de seguridad privada en nuestras instalaciones y en el hospital central —explicó Alie con la mirada azul encendida por la determinación—. Quiero saber por qué un especialista de los números de la City de Londres se convierte en el guardián encubierto de un diario local en mitad de una crisis criminal. Quiero saber qué busca realmente de nosotros, señor Thomas.
Tom guardó silencio un instante. El rostro del joven economista permaneció inmóvil como una escultura, pero en lo más profundo de sus ojos verdes destiló una mezcla de orgullo infinito y contenida melancolía al comprobar que, a pesar de los años de olvido en España, la agudeza mental y la valentía de su ancla seguían intactas. Se inclinó levemente hacia ella, reduciendo la distancia física entre ambos de una forma que aceleró los latidos del pecho de Alie.
—Busco proteger el valor de mi activo más preciado, Alesandra —respondió Tom en un hilo de voz ronca que vibró directamente contra el alma de la joven, utilizando una terminología financiera que escondía un juramento de vida—. La economía me enseñó que cuando un flujo de información corre peligro por culpa de agentes externos que usan la violencia, el estratega debe inyectar la liquidez necesaria para blindar el sistema. Su periódico tiene una historia que contar, y yo tengo los números necesarios para asegurar que nadie apague la tinta de esa historia. Considere ese capital como una inversión a largo plazo en la verdad.
Alie parpadeó, desarmada por la intensidad y el matiz íntimo de la respuesta. Las palabras de Tom poseían una cadencia extrañamente familiar, un eco lejano que intentaba derribar los muros de su memoria forzada en España, dejándola al borde de un abismo de recuerdos que se negaba a abrir en mitad de una sala de juntas corporativa. La guerra financiera y el suspenso del thriller dramático madrileño acababan de entrelazarse de forma definitiva con el latido de un amor del pasado que se negaba a morir.