Antonia Valentini es una talentosa actriz de teatro que ha conquistado al público con su impecable interpretación de cada personaje. Su belleza, dulzura y noble corazón la convierten en una mujer admirada por todos los que la conocen. Lejos del brillo de los escenarios, dedica su vida a cuidar de su madre enferma y a apoyar a su hermano menor, Lorenzo Valentini, quien cursa su último año de instituto. El salario que recibe apenas alcanza para cubrir los medicamentos de su madre y los estudios de Lorenzo, pero jamás se ha rendido.
Su tranquila existencia cambia por completo cuando Aaron De Santis, el frío e implacable CEO de una de las corporaciones más poderosas del país, se convierte en el nuevo patrocinador del teatro donde ella trabaja.
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Capitulo 14
Antonia acababa de guardar los sobres con los recibos de los últimos medicamentos en el cajón de la mesa, cuando escuchó la voz temblorosa y furiosa de su hermano a sus espaldas.
—¿Un depósito mensual de una cuenta vinculada a De Santis? —gritó Lorenzo, sosteniendo un papel que había encontrado por casualidad entre las facturas—. ¿Es ese el “benefactor” del que hablas? ¿El mismo hombre que te tiene prohibido hasta salir a comprar pan sin permiso?
Ella se giró de golpe, sintiendo que la sangre se le helaba.
—¿Revisas mis cosas? ¿No te dije que no tocaras mis papeles?
—No tenía que hacerlo —replicó él, acercándose con los ojos llenos de rabia y dolor—. Se cayó al suelo cuando ordenaba la cocina. Y ahora lo entiendo todo. No es una beca, no es una ayuda al teatro. Es él. Siempre ha sido él. ¿Por qué me lo ocultaste? ¿Por qué me tratas como si fuera un niño que no puede aguantar la verdad?
Antonia apretó los labios, buscando las palabras adecuadas, pero no las encontró.
—Porque no quería que te preocuparas. Porque…
—¿Que no me preocupe? —la interrumpió él, alzando más la voz—. ¡Mientras tú te callas y aguantas lo que sea con tal de que nosotros no suframos! ¿Crees que no me doy cuenta? ¿Crees que no veo cómo te miras al espejo como si no te reconocieras? ¿Cómo tiemblas cuando suena el teléfono? ¡Todo esto tiene un precio, hermana! Y lo estás pagando tú sola.
—El precio es menor que verte fracasar —respondió ella con voz firme, aunque se le quebró al final—. Es menor que ver a mamá morir sin poder hacer nada. ¿Qué quieres que haga, Lorenzo? ¿Decir que no y dejar que nos destruya a todos?
—¡Prefiero trabajar de albañil, limpiar calles, dormir en un banco antes que aceptar limosnas de un hombre que te trata como basura! —exclamó él, lanzando el papel sobre la mesa—. ¡Termina con esto! Dile que no quieres nada más. Que buscaremos otra forma, entre los dos. Lo que sea, pero no vuelvas a acercarte a él. No quiero que te pierdas por nosotros.
Antonia se llevó las manos al rostro, conteniendo el llanto.
—No hay otra forma. ¿Crees que no lo he buscado? ¿Crees que no he rogado en todas partes? Él tiene el control, hermanito. Si rompo el trato, nos quita todo. El tratamiento, tu inscripción, hasta esta casa. No podemos ganar contra él.
—¡Entonces al menos cuéntame por qué! —le suplicó él, tomándola de los hombros—. ¿Qué te pidió a cambio? ¿Qué te obligó a hacer para que tengas tanto miedo? Confía en mí. Ya no soy pequeño. Ayúdame a entenderlo.
Ella lo miró a los ojos, y por un segundo estuvo a punto de confesarlo todo: las amenazas, el contrato, que era su marioneta. Pero recordó la advertencia de Aarón: “Si alguien se entera, se rompe el trato”. Y tragó el dolor hasta hacerle daño.
—No puedo decírtelo —susurró apartándose—. Solo sé que es necesario. Por favor, no me pidas que elija. Porque ya elegí. Y elegí que ustedes vivan.
Lorenzo se quedó inmóvil, viéndola alejarse hacia su habitación y cerrar la puerta tras de sí. Comprendió entonces que su hermana cargaba un secreto demasiado pesado para ella sola, y que mientras no se lo contara, no podría salvarla.
—No voy a dejarte sola —murmuró entre dientes, apretando los puños—. Si no quieres decírmelo, lo averiguaré yo mismo. Y si ese hombre te hace daño… se las verá conmigo.
Lorenzo golpeó suavemente la puerta cerrada, con la voz cargada de angustia, sin querer ceder ni un paso.
—Antonia, por favor, abre. No te encierres con tu dolor. ¿Crees que me hace feliz recibir todo esto sabiendo que te estás vendiendo a cambio? —suplicó—. Cada pastilla que toma mamá, cada libro que compro… me saben a culpa. Porque sé que algo terrible estás soportando por nosotros, y no te dejas ayudar.
Ella abrió la puerta despacio, con los ojos hinchados y el rostro pálido, y se apoyó en el marco como si apenas tuviera fuerzas para sostenerse.
—No es culpa tuya —le dijo con ternura, aunque las palabras le salieron rotas—. Es mi decisión. Yo soy la mayor. Me toca cuidar de ustedes. No quiero que cargues con nada más que tus estudios y tu sueño de ser ingeniero. Eso es lo único que me pide el corazón.
—¿Y mi sueño vale más que tu dignidad? —replicó él, acercándose hasta quedar frente a ella—. ¿Crees que quiero graduarme sabiendo que para lograrlo te has roto en pedazos? Prefiero renunciar a todo, a la universidad, a todo, antes que verte convertida en una extraña para ti misma.
—No puedes renunciar —cortó ella con firmeza—. No puedes tirar por la borda años de esfuerzo. Yo puedo soportarlo. Soy más fuerte de lo que parezco.
—No lo eres —le contradijo él, tomándole las manos entre las suyas—. Te conozco desde que naciste. Sé cuándo mientes, sé cuándo te rompes por dentro. Y ahora estás hecha añicos. Ese hombre te tiene asustada hasta los huesos. ¿Qué te amenazó? ¿Qué te dijo para que tengas tanto miedo de hablar?
Antonia sintió que el pecho le estallaba. Quería gritar, querer contarle las amenazas contra la vida de su madre, la destrucción que Aarón podía causarles con una sola llamada. Pero la voz se le quedó atrapada en la garganta, bloqueada por el terror.
—No puedo decírtelo —repitió, negando con la cabeza mientras las lágrimas volvían a caer—. Si lo hago, todo se acaba. Todo se vuelve peor. Confía en mí solo un poco más. Por favor.
Lorenzo la miró largo rato, viendo en su mirada el miedo que ella intentaba ocultar. Comprendió que no sacaría nada más de ella, que el secreto estaba demasiado guardado. La soltó lentamente, dando un paso atrás, con una expresión de dolor que le partió el alma a ella.
—Confiaría en ti con mi vida —dijo él con voz grave—. Pero no puedo confiar en quien te tiene así. Si no me lo cuentas tú, lo averiguaré yo. Buscaré a ese De Santis, hablaré con él, y si tiene que ser, le devolveré cada centavo aunque tenga que trabajar cien años. No dejaré que te use.
—¡No te acerques a él! —le suplicó ella, agarrándole el brazo con desesperación—. Te lo ruego, Lorenzo. No sabes de lo que es capaz. No te metas en esto.
—Ya estoy metido —respondió él con determinación—. Porque eres mi hermana. Y nadie hace daño a mi familia sin pagar por ello.
Dicho esto, se dio la vuelta y se marchó hacia su habitación, dejando a Antonia sola en el pasillo, sabiendo que acababa de abrir una puerta que quizás no podría cerrar nunca más.