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Renací para Coronar al Príncipe que Todos Dieron por Muerto

Renací para Coronar al Príncipe que Todos Dieron por Muerto

Status: Terminada
Genre:Reencarnación / Multi-reencarnación / Amor tras matrimonio / Época / El Ascenso de la Reina / Completas
Popularitas:92k
Nilai: 5
nombre de autor: Liora Valcendra

Morí anciana, después de gobernar el reino cincuenta años como reina regente: la mujer más poderosa que ha visto esta corte. Y desperté de golpe con dieciséis, el día en que el rey lee el decreto de mi boda.
Lo recuerdo todo. En mi vida pasada tomé a un sexto príncipe sin nombre ni futuro y, con mis propias manos, lo convertí en rey. Me pagó con la traición. Así que lo enterré y goberné en su lugar medio siglo.
Mi hermana Rosalía también renació. Y cree que el secreto de mi poder fue el hombre. Por eso corre a arrodillarse ante el rey para quedárselo.
Pobre tonta. Nunca entendió nada. Al trono no lo hizo el príncipe. Lo hice yo.
A mí me casan con Adrián, el cuarto príncipe: el favorito del rey, envenenado en secreto por la reina, agonizando mientras toda la corte espera la noticia de su muerte. Me miran con lástima, como si me mandaran a un entierro.
No saben que acaban de entregar al príncipe moribundo a la única persona capaz de salvarlo. Sé de medicina. Sé de venenos. Y esta vez no pienso levantar a un traidor: voy a coronar al hombre que todos dieron por muerto.
Quédate con tu príncipe, hermana. Yo hago reyes.

NovelToon tiene autorización de Liora Valcendra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Capítulo 12 — La curiosidad mató al gato

De vuelta en el palacio del príncipe Damián, Rosalía contempla su morada, tan poco lujosa, y recuerda que en la vida pasada Damián tardó siete años en ser nombrado heredero. Es decir: solo tienen que aguantar siete años en este palacio miserable.

—Princesa. —Su doncella, Antonia, ha vuelto. Baja la voz para informar—: He gastado algo de plata y he preguntado a los guardias que anoche estaban de servicio a la puerta del palacio del cuarto príncipe. Dicen que lo de anoche fue tan sonado que hasta el heredero acudió.

¿El heredero acudió?

A Rosalía le sube de golpe una emoción al pecho. En la vida pasada, ella también armó un buen alboroto en la ceremonia del hierro al rojo, y también acudió el heredero. Pero el heredero no dijo nada en su defensa: al contrario, alegando que aquella era la costumbre nupcial de Valoria, dejó que un par de amas la martirizaran a su antojo.

Así que a Isabela le habrá pasado lo mismo, seguro.

Rosalía cruza el umbral, con un punto de regodeo en la voz.

—¿A que a mi hermana le quemaron los pies?

—No… no fue eso. —La doncella niega con la cabeza, un poco asustada—. La señorita se negó a cruzar el hierro y ordenó a una de sus doncellas que arrojara sobre la plancha al rojo a la tal Rufina, el ama que iba al frente. A Rufina se le quemaron los pies.

—¿Qué?

Rosalía se queda clavada en el sitio. Vuelve la cabeza hacia Antonia, incrédula.

—¿Qué has dicho?

—Señorita, es la pura verdad. —Antonia palidece un poco—. La reina ha amanecido de muy mal humor; quizá sea por eso. Lo que hizo anoche la señorita llegó a oídos de la corte, la reina montó en cólera y esta mañana mandó llamarla al palacio. La señorita desobedeció el decreto con la excusa de cuidar del cuarto príncipe. Por eso la reina descargó toda su ira sobre usted.

Rosalía aprieta los puños. Un escalofrío de espanto la recorre una y otra vez.

¿Cómo se ha atrevido Isabela a tanto? No solo le quema los pies al ama que envió la reina, sino que además desobedece el decreto a cara descubierta. ¿Es que quiere arrastrar al palacio Montenegro a la muerte?

Esta zorra rastrera.

Seguro que sabe que al cuarto príncipe no le queda mucho de vida, y que cuando muera ella no acabará bien. Por eso quiere arrastrar a la casa Montenegro a la tumba con ella.

No. Tiene que contárselo a su padre. Que su padre conozca cuanto antes las malas intenciones de Isabela y rompa con ella, antes de que su malicia salpique a toda la familia y los hunda a todos.

En el Ala de Poniente, despedidos ya Anselmo y el ama Néstora, vuelvo dentro. Miro a Adrián, con el rostro pálido y esa belleza que ni la enfermedad le borra, y siento la fatiga asomarme al entrecejo.

—Anoche te limpié la ponzoña una vez y te di el baño de hierbas —le digo—. Por ahora no volverás a caer en ese sopor. Pero el suplicio del veneno cuando se dispara todavía no está del todo arrancado. Hay que ir despacio.

Adrián tiene hasta los labios blancos, pero la cabeza clarísima: percibe con toda nitidez cada palmo de dolor que le recorre las entrañas.

—El dolor de las crisis podrás aguantarlo. Confío en ti. —Le doy una palmada en el hombro—. Voy a echarme un rato. Esta noche toca otro baño de hierbas. Aguanta como puedas.

Adrián no dice nada. Cierra los ojos despacio y soporta el cólico que le retuerce el pecho.

Vuelvo a la salita, me tiendo en la cama vestida y, al poco, caigo en un sueño ligero.

La crisis de Adrián dura media hora. Cuando el dolor cede, prueba a mover brazos y piernas. Nota el cuerpo asombrosamente ligero: ya no arrastra ese cansancio blando y sordo que lo acompañaba a todas horas, ese quebranto sin tregua.

Adrián mira hacia la salita. Calla un momento. Luego se levanta y camina hasta allí.

La mujer tendida de costado sobre la cama, vestida aún, es de una belleza extrema. Dormida, tiene un aire sereno y frío, unas facciones plenas y armoniosas, un rostro de esos que llevan la nobleza de nacimiento, una dignidad inalcanzable.

Es una sensación extraña.

Al fin y al cabo, ante un príncipe, la hija adoptiva de un marqués no cuenta como noble ni de lejos. Y él, Adrián, es un hombre de belleza deslumbrante; su madre fue en su día la más hermosa del mundo. Una mujer de hermosura corriente ni siquiera atrae su mirada.

Y sin embargo, esta Isabela…

A Adrián se le ensombrecen las pupilas. Fija la vista en el cuello blanco y esbelto de Isabela, y le nace una idea: ahora que tiene la cabeza lúcida y las fuerzas recobradas, si quisiera matarla, ¿tendría ella con qué defenderse?

De pronto vuelve la cabeza hacia el ventanuco de la salita.

Tras la celosía pequeña y primorosa, es como si varios pares de ojos lo acecharan con hambre de fiera. A la menor señal de que fuera a hacerle algo a Isabela, los dueños de esas miradas afiladas y cortantes reventarían la ventana en un abrir y cerrar de ojos y lo abatirían allí mismo.

—¿Ya no le duele, príncipe? —Abro los ojos y miro al hombre plantado junto a la cama. La voz me sale perezosa, cómoda—. ¿Qué hay ahí fuera, que el príncipe lo mira con tanto interés?

Adrián vuelve la cara y me observa con las manos a la espalda.

—Cuando entraste en este palacio, ¿cuántos maestros de armas te trajiste?

Enarco una ceja.

—¿Y a qué viene ese interés del príncipe?

—Recién llegada a un lugar extraño, y te atreves a dormir tan tranquila. No me queda más remedio que admirar tu sangre fría.

Suelto una risita.

—Todo el mundo tiene que dormir. ¿O pretende el príncipe que no pegue ojo hasta caer muerta de agotamiento?

—Te has traído a muchos maestros de armas, ¿verdad?

En vez de responder, pregunto:

—¿Por qué lo cree el príncipe?

—Instinto. —Adrián me mira—. Tengo muy buen olfato para los buenos espadachines.

Me incorporo y me apoyo en el cabecero.

—Estupendo.

—Isabela, ¿me puedes decir ya de una vez qué es lo que buscas?

Se me detiene un instante el gesto. Levanto los ojos, sin prisa.

—¿De verdad tienes que llegar hasta el fondo de todo?

—Tengo curiosidad.

—La curiosidad mató al gato.

Adrián entorna los ojos.

—Desde luego, no te falta valor.

—Gracias por el cumplido. —Le hago un gesto con la mano—. Después de esta crisis, la próxima debería venirte a media tarde. Te aconsejo que vayas a dormir bien, que repongas fuerzas y ánimo, que esta noche toca baño de hierbas. Y si no tienes sueño, tampoco vengas a estorbar mi descanso.

Adrián aprieta los labios, me lanza una mirada sin expresión, da media vuelta y sale.

Me tiendo otra vez a recuperar el sueño.

Duermo un par de horas. Al levantarme, me aseo y le doy órdenes al ama Eufemia:

—Prepara algo ligero y sabroso. Al caldo de hierbas, pocas raíces fuertes: el príncipe está débil y no conviene reconstituirlo demasiado.

—Sí.

Echo un vistazo a la gente que trabaja fuera. Aparte del ama Eufemia, me traje doce doncellas: seis de servicio por el día y seis por la noche. En cuanto Adrián mejore un poco, ya no harán falta tantas de noche y les buscaré otra ocupación. De momento, con seis de día basta y sobra.

—Amaya, después de comer coge a unas cuantas y calienten agua. Quiero darme un baño.

—Sí, princesa.

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Rose M
Felicidades!!
Olga Perez
así son muchos papás es que lo sabía , pero no podía hacer nada . se hacen güeros.
Olga Perez
nunca falta un roto para un descocido
Olga Perez
el mejor consejo jajaja jajaja jajajaja jajajaja
Maria Cantillo
Aquí comienza el ascenso de un joven moribundo y ojalá tengan poder para meterla presa y hacer justicia
Maria Cantillo
bueno excelente actitud para comenzar está novela aquí vamos por la vida de un futuro 👑
Pao
Excelente historia, 100% recomendada te mantiene entretenida de principio a fin, me encanto 😍
Pao
Hermosa historia no han regalado 😍
Pao
Ya lo sospechaba es ella Isabela😭
Pao
Lo que faltaba, recordo su primera vida en la que fue el rey y esposa de isabela
Pao
Esta princesa es la mera bestia 🤭 es la manda
Juany Barrientos
sospecho que Isabel es una princesa de Solterra
marb
está si es una mujer empodera carajo, la versión 2.0😂😈
marb
madre mía, q mujer, aquí estoy aprendiendo el arte de la guerra 😂🔱
marb
q miedo me da está mujer 😂
menos mal q no estoy en su lista negra 😂😂
Clotilde Diaz Chavez
Excelente historia de época, gŕacias escritora..!! Me gustó mucho los personajes de Isabela y Adrian.
Elba Lucia Gomez
linda y juguetona sta historia felicidades escritora🌟👏
Arely Vazquez
excelente novela!!!!
ampliamente recomendada
una verdaera joya!!!!👌🏻
Arely Vazquez
wey!!!! que emoción!!!!!!
no es la adoptada!! es la Reyna!!!!!
Meeseeks ✧
Él sabe, yo sé, tu sabes, todos sabemos jajaja
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