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El Mercader De Los Recuerdos

El Mercader De Los Recuerdos

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Mundo mágico / Aventura
Popularitas:387
Nilai: 5
nombre de autor: Susiluu_

En un mundo donde los recuerdos pueden venderse, Kael Arden trabaja comprando aquellos que otros están dispuestos a olvidar para siempre. Pero cada vez que revive un recuerdo, también siente el amor, la alegría, el miedo o el dolor de quien lo vivió.

Todo cambia cuando adquiere un recuerdo imposible: el asesinato de un hombre... diez días antes de que ocurra.

Mientras intenta impedir ese futuro, Kael conocerá a Lyra, una joven incapaz de olvidar un solo instante de su vida. Juntos descubrirán que algunos recuerdos no pertenecen al pasado, sino al futuro, y que hay quienes están dispuestos a cambiar el destino a cualquier precio.

Porque hay recuerdos que pueden salvar una vida... y otros que pueden condenar al mundo.

NovelToon tiene autorización de Susiluu_ para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1: La ciudad donde los recuerdos tienen precio

La primera persona que Kael vio llorar aquel día no era una anciana.

Ni un hombre que acababa de perder a su esposa.

Ni un niño que hubiera olvidado el rostro de su madre.

Era una mujer de poco más de treinta años que sonreía mientras firmaba un contrato.

Las lágrimas caían sobre el papel una tras otra, dejando pequeñas manchas oscuras junto a su nombre. Aun así, no dejó de sonreír ni un solo instante.

—¿Está segura? —preguntó el funcionario con voz tranquila, empujando el documento hacia ella—. Una vez finalice la extracción, el recuerdo desaparecerá para siempre de su memoria. No podrá recuperarlo.

La mujer respiró hondo.

Después miró la fotografía que sostenía entre las manos.

En ella aparecía un niño de unos seis años, sentado sobre los hombros de un hombre joven. Ambos reían mientras un perro corría a su alrededor.

La fotografía estaba doblada por las esquinas de tanto abrirla y cerrarla.

—Sí —respondió al fin—. Estoy segura.

El funcionario no insistió.

Nunca lo hacían.

En el Archivo Central estaba prohibido convencer a alguien de vender un recuerdo. También estaba prohibido convencerlo de conservarlo.

Los mercaderes no decidían por las personas.

Solo custodiaban aquello que ellas elegían dejar atrás.

La mujer dejó la fotografía sobre la mesa.

—Quiero vender el recuerdo del día en que mi hijo volvió a caminar.

El funcionario levantó la vista.

Era un recuerdo de categoría dorada.

Los más valiosos.

No por su precio.

Sino por la intensidad de la emoción que contenían.

—¿Motivo de la venta?

La mujer cerró los ojos durante un instante.

—Necesito pagar su tratamiento.

El hombre dejó de escribir.

Aquella respuesta no aparecía en ningún formulario.

Porque era imposible describir el sacrificio que encerraba.

Vender el recuerdo que más amaba...

Para darle a su hijo la oportunidad de seguir viviendo.

—Procederemos a la extracción.

Ella asintió.

No lloró.

Simplemente apoyó una mano sobre el cristal de la mesa mientras una fina luz azul recorría lentamente su brazo.

El recuerdo comenzó a desprenderse de su memoria.

No dolía.

Nunca dolía.

Eso era lo cruel.

Si doliera, quizá más personas cambiarían de opinión.

Pero solo se sentía un ligero cosquilleo.

Como si el viento se llevara algo demasiado ligero para notarlo.

La luz desapareció.

Sobre la mesa quedó una pequeña cápsula de cristal.

Dentro brillaba una diminuta esfera dorada.

La mujer la observó durante varios segundos.

Frunció ligeramente el ceño.

—Qué extraño...

—¿Ocurre algo? —preguntó el funcionario.

Ella negó despacio.

—Siento que... he olvidado algo importante.

Miró la fotografía.

Sonrió con dulzura.

—Mi hijo siempre ha sido un niño muy fuerte.

Guardó la fotografía en el bolso.

Se levantó.

Agradeció la atención.

Y abandonó la sala.

No volvió la vista atrás.

El funcionario permaneció inmóvil hasta que la puerta se cerró.

Solo entonces tomó la cápsula entre sus manos.

La pequeña esfera seguía brillando con intensidad.

Podía imaginar perfectamente la escena que guardaba en su interior.

Un niño levantándose por primera vez de una silla de ruedas.

Una madre llorando de felicidad.

Un abrazo.

Un milagro.

Ahora aquel milagro solo viviría dentro de un frasco.

Y la mujer jamás volvería a recordarlo.

 

Dos plantas más abajo, donde el público jamás podía entrar, el Archivo despertaba lentamente.

Los largos pasillos de piedra estaban iluminados por lámparas de cristal que emitían una luz cálida, casi dorada. El silencio era absoluto, roto únicamente por el sonido de los carros de madera que transportaban cientos de cápsulas hacia las cámaras de conservación.

Allí no había prisas.

Cada recuerdo se trataba como una reliquia.

Una equivocación podía significar borrar la última prueba de que alguien había amado, había reído o había sido feliz.

Kael Arden caminaba entre las estanterías con un libro de registros bajo el brazo.

Vestía un abrigo negro sencillo, una camisa blanca y un chaleco oscuro cuyos bolsillos siempre estaban llenos de pequeñas etiquetas de papel.

Tenía el cabello algo despeinado y los ojos grises de quien llevaba demasiado tiempo durmiendo poco.

Se detuvo frente a la estantería número ciento doce.

Con movimientos precisos colocó una nueva cápsula en su lugar correspondiente.

Sector D-17.

Categoría: Dorada.

Propietaria: Mara Ibáñez.

Descripción: "El día que mi hijo volvió a caminar".

Kael permaneció observando el pequeño frasco durante unos segundos.

Nunca abría un recuerdo sin autorización.

Pero siempre leía las etiquetas.

Todas.

Desde que comenzó a trabajar en el Archivo había desarrollado aquella costumbre.

No quería olvidar que detrás de cada cápsula había una persona.

No un número.

No un expediente.

Una vida.

—Sabía que te encontraría aquí.

La voz hizo que levantara la cabeza.

Un anciano de porte elegante avanzaba lentamente por el pasillo apoyándose en un bastón de madera oscura.

No lo necesitaba para caminar.

Lo utilizaba porque decía que los buenos hábitos nunca debían perderse.

Elias Voss.

Director del Archivo Central.

Y el hombre que había criado a Kael desde que este tenía doce años.

—Buenos días, maestro.

—Son las ocho y diecisiete.

—Lo sé.

—Empiezas a trabajar a las ocho.

Kael sonrió.

—También lo sé.

Elias suspiró.

—Algún día aprenderás.

—Lleva ocho años diciéndome lo mismo.

—Y llevo ocho años teniendo razón.

Por un instante, los labios del anciano se curvaron en una sonrisa casi imperceptible.

Muy pocas personas podían presumir de haber visto sonreír a Elias Voss.

Kael era una de ellas.

—¿Has dormido?

—Cinco horas.

—Mentira.

—Cuatro.

—Sigue siendo mentira.

Kael levantó las manos en señal de rendición.

—Tres y media.

Elias negó lentamente con la cabeza.

—Si sigues absorbiendo recuerdos sin descansar, terminarás confundiendo los tuyos con los de los demás.

—Eso solo ocurre después de muchos años.

El anciano clavó sus ojos en los de él.

—¿Y quién te dijo que aún no han empezado a mezclarse?

Kael no respondió.

Porque aquella pregunta llevaba semanas haciéndose un hueco en su cabeza.

A veces recordaba conversaciones que jamás había tenido.

Olores que no pertenecían a su infancia.

Canciones que estaba seguro de no haber escuchado nunca.

Siempre encontraba una explicación lógica.

Hasta que dejaban de parecerlo.

Elias dejó el bastón apoyado contra una estantería.

Tomó una de las cápsulas entre sus manos.

La observó a contraluz.

—¿Sabes cuál es el mayor error que puede cometer un mercader?

Kael respondió sin pensarlo.

—Romper una cápsula.

—No.

—Clasificar mal un recuerdo.

—Tampoco.

El anciano volvió a colocar el frasco en su sitio.

Luego lo miró directamente.

—El mayor error es olvidar que cada recuerdo pertenece a alguien.

Porque el día en que dejes de respetarlos...

Empezarás a comerciar con vidas en lugar de protegerlas.

Kael bajó la mirada hacia las miles de cápsulas que se extendían a ambos lados del pasillo.

Había tantas...

Algunas brillaban con un tono dorado.

Otras con un azul tenue.

Y unas pocas permanecían completamente grises.

Recuerdos que nadie volvería a reclamar.

Historias cuyos dueños habían muerto.

Sin darse cuenta, apoyó la mano sobre uno de los estantes.

El cristal estaba frío.

Pero, por alguna razón, tuvo la sensación de que cientos de voces susurraban al mismo tiempo.

Miles de vidas.

Miles de despedidas.

Miles de personas confiando en que alguien recordara por ellas aquello que el tiempo acabaría borrando.

Y, por primera vez aquella mañana, Kael sintió el verdadero peso de su trabajo.

No custodiaba recuerdos.

Custodiaba aquello que hacía humanas a las personas.

Entonces, una campana resonó en todo el Archivo.

Una sola vez.

Grave.

Profunda.

Todos los empleados levantaron la cabeza al mismo tiempo.

Elias cerró los ojos durante un instante.

—Ha llegado el primer cliente del día.

Después miró a Kael.

Y, por primera vez en mucho tiempo, había algo parecido a la preocupación en su voz.

—Quiero que este caso lo lleves tú.

Durante unos segundos, Kael permaneció inmóvil.

No era extraño que Elias le asignara clientes. Llevaba casi ocho años formándose en el Archivo y los últimos tres trabajando como mercader de pleno derecho. Había acompañado a madres, soldados, ancianos y niños en el momento más difícil de sus vidas: decidir qué parte de sí mismos estaban dispuestos a perder.

Lo extraño era el tono de su maestro.

Había preocupación.

Y Elias Voss nunca se preocupaba antes de conocer un caso.

—¿Quién es? —preguntó Kael mientras tomaba el libro de registros.

El anciano negó lentamente con la cabeza.

—No quiero que leas su expediente todavía.

—¿Por qué?

—Porque los expedientes solo cuentan hechos. Las personas cuentan la verdad.

Kael conocía aquella lección.

La había escuchado decenas de veces durante su aprendizaje.

"Nunca juzgues un recuerdo por su descripción."

Dos personas podían vivir exactamente el mismo momento y convertirlo en recuerdos completamente distintos.

Una boda podía ser el día más feliz de una mujer... y el más triste del hombre que la amaba en silencio.

Un nacimiento podía traer esperanza a unos y miedo a otros.

Las emociones daban forma a la memoria.

No los acontecimientos.

Elias recogió su bastón.

—Ven.

Atravesaron varios pasillos hasta llegar al ascensor principal, una antigua plataforma de hierro forjado que descendía lentamente hacia las salas privadas del Archivo.

Mientras bajaban, Kael observó las paredes de piedra.

En ellas había pequeñas placas de bronce con nombres grabados.

—¿Cuántos mercaderes han trabajado aquí? —preguntó.

Elias tardó unos segundos en responder.

—Muchos.

—No es una cifra.

—Las cifras se olvidan. Los nombres permanecen.

Kael sonrió para sí.

Su maestro tenía la extraña habilidad de responder sin responder.

El ascensor se detuvo con un leve crujido.

Cuando las puertas se abrieron, el ambiente cambió por completo.

Ya no olía a pergamino ni a tinta.

Olía a madera de cedro y a té recién hecho.

Las Salas de Extracción estaban diseñadas para parecer el salón de una casa.

No era casualidad.

Nadie debía sentir que estaba entrando en un hospital.

Ni en una oficina.

Mucho menos en un lugar donde iba a despedirse de una parte de su vida.

Kael pasó junto a varias puertas cerradas.

Detrás de una escuchó una risa.

Detrás de otra, un llanto contenido.

En la siguiente, absoluto silencio.

Elias se detuvo frente a la puerta número siete.

Antes de abrirla, apoyó una mano sobre el hombro de Kael.

—Escúchalo.

No tengas prisa por ofrecer soluciones.

A veces las personas solo necesitan que alguien las escuche una vez en la vida.

Kael asintió.

Respiró hondo.

Y abrió la puerta.

...

El hombre estaba sentado junto a la ventana.

No levantó la cabeza al escucharla abrirse.

Seguía observando cómo la lluvia desdibujaba los jardines del Archivo.

Tenía el cabello oscuro salpicado de canas prematuras y el rostro marcado por noches sin descanso.

Pero lo que más llamó la atención de Kael fueron sus manos.

No dejaban de acariciar un pequeño barco de papel.

Una y otra vez.

Con infinita delicadeza.

Como si aquel simple trozo de papel pudiera romperse en cualquier momento.

—Buenos días.

El hombre giró lentamente.

—Buenos días.

Su voz era serena.

Demasiado serena.

Como ocurre cuando el dolor lleva tanto tiempo instalado en una persona que ya forma parte de ella.

Kael cerró la puerta.

No se sentó inmediatamente.

Primero preparó dos tazas de té.

Era otra costumbre del Archivo.

Nunca se hablaba de recuerdos con una mesa vacía.

Cuando dejó una taza frente al visitante, este sonrió con educación.

—Gracias.

—No tiene que darlas.

Kael tomó asiento frente a él.

—Mi nombre es Kael Arden.

Soy el mercader que llevará su caso.

El hombre asintió.

—Daniel Rivas.

Los dos permanecieron en silencio.

Kael no tenía intención de romperlo.

Sabía esperar.

Daniel también.

Pasó casi un minuto antes de que el visitante hablara.

—¿Sabe hacer barcos de papel?

La pregunta tomó a Kael por sorpresa.

—Hace muchos años que no.

Daniel deslizó el pequeño barco sobre la mesa.

—Mi hija decía que, si estaban bien hechos, podían encontrar el camino hasta el mar.

Kael observó el barco.

Estaba ligeramente amarillento.

Las esquinas desgastadas.

Había sobrevivido al paso del tiempo gracias al cuidado con el que había sido guardado.

—¿Lo hizo ella?

Daniel sonrió.

—No.

Lo hice yo.

Ella tenía cuatro años.

Nunca consiguió doblarlos bien.

Siempre terminaban pareciendo pájaros heridos.

Los dos rieron muy suavemente.

Era una risa pequeña.

Frágil.

Pero auténtica.

Después llegó otra vez el silencio.

Daniel pasó un dedo por uno de los pliegues del barco.

—Nunca tuve valor para tirarlo.

Kael comprendió que aquel barco no era un objeto.

Era un puente.

Un puente hacia alguien que ya no estaba.

—¿Quiere contarme quién era?

Daniel levantó la vista.

Había algo de alivio en sus ojos.

Como si llevara mucho tiempo esperando que alguien formulara exactamente esa pregunta.

—Se llamaba Alma.

Le gustaban los días de lluvia.

Los perros grandes.

Y los helados de limón, aunque luego dijera que estaban demasiado fríos.

Cuando tenía miedo de dormir sola, inventaba historias sobre piratas que escondían tesoros en las nubes.

Y...

Hizo una pausa.

—Era incapaz de pasar junto a una persona triste sin intentar hacerla sonreír.

Kael escuchaba sin escribir una sola palabra.

Daniel empezó a hablar de Alma como quien abre una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada.

Recordó cómo aprendió a montar en bicicleta.

Cómo insistía en ponerse calcetines de distintos colores porque decía que hacían más feliz al mundo.

Cómo escondía galletas en los bolsillos para dárselas a los perros callejeros.

Cada recuerdo hacía que sus ojos brillaran un poco más.

Durante unos minutos dejó de ser un hombre roto.

Volvió a ser simplemente un padre.

Y Kael comprendió algo que ningún libro del Archivo enseñaba.

Las personas no acudían allí porque quisieran olvidar.

Acudían porque necesitaban recordar una última vez antes de despedirse.

Cuando Daniel terminó de hablar, respiró profundamente.

Parecía más ligero.

Pero solo durante unos segundos.

Después volvió a sacar algo del bolsillo interior de su chaqueta.

No era una fotografía.

Era una pequeña cápsula de cristal.

Brillaba con un intenso color dorado.

Incluso antes de tocarla, Kael sintió un leve calor en el pecho.

Había visto miles de recuerdos.

Pero muy pocos irradiaban una emoción tan pura.

Daniel la sostuvo con ambas manos.

Como si sujetara algo infinitamente frágil.

—Este...

Este es el último recuerdo que me queda de ella.

Mi esposa vendió los suyos hace meses.

Yo vendí algunos para pagar el hospital.

Pero este...

No pude.

Cada vez que vengo hasta la puerta del Archivo...

Me doy la vuelta.

Kael no apartó la mirada de la cápsula.

El silencio volvió a envolver la habitación.

Afuera seguía lloviendo.

Las gotas golpeaban el cristal con una cadencia tranquila, casi hipnótica.

Daniel tragó saliva.

Luego levantó los ojos hacia Kael.

—Dígame una cosa.

—Lo escucho.

—Si usted estuviera en mi lugar...

¿Preferiría seguir sufriendo cada día...

...o dejar de recordar a la persona que más ha amado en su vida?

La pregunta quedó suspendida entre ambos.

Kael sintió el peso de aquellas palabras.

Sabía que cualquier respuesta podía cambiar el destino de aquel hombre.

Y, por primera vez desde que se convirtió en mercader, descubrió que había una pregunta para la que ninguna de sus lecciones tenía respuesta.

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Cliente anónimo
No esperaba un primer capítulo que fuese de novela ni un comienzo que rompiese tanto como la venta del recuerdo de su hijo volviendo a caminar. Tiene muchísimo calibre
Mimiko
Sin duda es de las obras más intrigantes y elaboradas que se puedan encontrar
Cliente anónimo
dejo mi comentario aqui para volver. me ha interesado mucho el prologo jeje
Neery!
esta me la apunto para leerla detenidamente, pinta para largo 🤯
Seku: Cómo de larga? Sería un desperdicio que se quedase corta. Podría ser hasta de trilogía! Me encanta el título, es súper original.
total 2 replies
NovelToon
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