En un mundo donde la magia y la traición se entrelazan, Valeria, una joven moderna, encuentra su vida truncada tras un fatal accidente. Al despertar, descubre que ha reencarnado en el cuerpo de la villana de una novela que acababa de leer. Con el rostro de la malvada que muere trágicamente, Valeria decide cambiar su destino. En lugar de seguir el camino de la oscuridad, planea reconciliarse con su media hermana, deshacer su compromiso con el héroe y recuperar el ducado que le pertenece por derecho. Sin embargo, en su búsqueda de venganza y redención, se verá atrapada en un romance inesperado con el verdadero villano de la historia. Entre intrigas y magia, Valeria deberá enfrentarse a sus propios demonios mientras intenta forjar un nuevo futuro.
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Capítulo 17
Kaelen se tensó. Ella pudo notar cómo su mano se apretaba ligeramente sobre la empuñadura de su espada ceremonial.
—Una filosofía peligrosa para una mujer de vuestra posición —dijo él, con un matiz de advertencia en la voz—. El abismo no es un lugar que se deba desafiar.
—¿Y qué es el abismo, Kaelen? —preguntó ella, dando un paso más cerca. Sus ojos violetas, claros y penetrantes, encontraron los suyos—. ¿Es la falta de afecto? ¿Es la pérdida de poder? ¿O es simplemente el miedo a ser descubierto por lo que realmente somos?
El silencio que cayó entre ellos fue absoluto, a pesar del ruido del salón. Kaelen retrocedió un paso, sorprendido por la intensidad de la pregunta. Por un momento, su máscara de perfección se resquebrajó, revelando una sombra de inquietud.
—Sois muy críptica esta noche, Seraphina. Tal vez el desmayo os ha dejado más afectada de lo que el médico admite.
—Quizás —dijo ella con una sonrisa gélida—. O quizás, por fin, estoy viendo las cosas con claridad.
Antes de que él pudiera responder, la orquesta comenzó a tocar las primeras notas de un vals. Era el momento. Por protocolo, el Duque Kaelen debía bailar con su prometida. La multitud esperaba el espectáculo: el momento en que la "celosa" Seraphina intentaría monopolizarlo, o el momento en que ella haría una escena si él la ignoraba.
Kaelen le extendió la mano, con esa misma sonrisa de caballero que tantas veces había encantado a la corte.
—¿Me concedéis esta pieza? Sería una falta de cortesía hacia nuestros anfitriones si no lo hiciéramos.
Ella aceptó su mano. El tacto de su piel era frío, a pesar de la calidez del salón. Mientras se movían hacia el centro de la pista, sentía el peso de miles de ojos sobre ella. Seraphina habría usado este momento para susurrarle al oído, para humillarlo con sus demandas, para rogarle por atención.
Pero ella, en cambio, se mantuvo a la distancia correcta. Se movían en perfecta sincronía, una pareja visualmente deslumbrante que ocultaba un abismo de incomprensión y resentimiento.
—He escuchado rumores —dijo Kaelen mientras giraban—, sobre vuestro comportamiento reciente. Dicen que habéis estado visitando a los trabajadores de las minas. Que habéis revisado las cuentas del ducado sin consultar a vuestro padre.
—¿Sois un espía, Kaelen? —preguntó ella, sin perder el ritmo—. ¿O es que el Duque de Silverwood tiene tanto tiempo libre que debe ocuparse de mis asuntos domésticos?
—Soy vuestro prometido —replicó él, con un toque de verdadera irritación—. Es mi deber velar por la integridad de nuestra unión. Si estáis actuando de forma… inestable, eso me afecta a mí.
—¿Inestable? —ella rió, una risa seca—. ¿Es inestable interesarse por el bienestar de la gente que sustenta vuestra riqueza y la mía? ¿Es inestable querer entender cómo funciona el patrimonio que me corresponde?
—Seraphina, escuchadme —dijo él, apretando ligeramente su mano, un gesto que en otras circunstancias habría sido tierno, pero que ahora se sentía como una restricción—. Drakenburg es un lugar traicionero. No queráis jugar a la política sin comprender las reglas. Podríais salir herida.
—¿Me estáis amenazando, Kaelen? —susurró ella, acercándose lo suficiente para que nadie más escuchara—. ¿O es que me tenéis miedo?
Él se detuvo en seco, obligando a la pareja de al lado a esquivarlos. Kaelen la miró con una mezcla de shock y furia contenida. Sus ojos azules ya no eran cielos claros, sino tormentas eléctricas.
—¿Miedo? —dijo él, su voz apenas un siseo—. ¿Por qué tendría miedo de alguien que ha pasado toda su vida persiguiendo mi sombra?
—Precisamente por eso —dijo ella, liberando su mano de la suya con una elegancia deliberada—. Porque nadie conoce mejor a un hombre que la persona que ha estado intentando, inútilmente, ser su luz. Y os aseguro, Kaelen, que después de tanto tiempo observándoos… ya no me deslumbra nada.
La música continuó, pero para ella, el baile se había terminado. Hizo una reverencia, un movimiento calculado y perfecto, y se dio la vuelta antes de que él pudiera reaccionar.
Caminó hacia la terraza, ignorando los susurros y las miradas de choque que dejaba a su paso. Kaelen se quedó allí, parado en medio de la pista, rodeado de gente que se preguntaba qué había sucedido, con una expresión de incredulidad absoluta. Seraphina no se giró.
Al salir a la terraza, el aire nocturno la golpeó como un bálsamo. El jardín de Silverwood estaba iluminado por faroles mágicos, creando una atmósfera de cuento de hadas. Se apoyó en la barandilla de piedra, sintiendo cómo sus manos temblaban ligeramente. No era miedo, era una descarga de adrenalina pura. Había desafiado al protagonista. Había roto el guion. Y lo más importante: había sobrevivido al encuentro sin perder la compostura.
—Esa fue una actuación brillante, si me permitís decirlo —una voz profunda, oscura y aterciopelada resonó desde las sombras a su derecha.
Seraphina se giró, con el corazón dando un vuelco. Allí, recostado contra una columna de mármol, envuelto en una capa negra que parecía absorber la luz de la luna, estaba un hombre que ella reconoció de inmediato. Sus ojos eran tan oscuros como el vacío, y había una cicatriz apenas visible cruzando su ceja izquierda.
Lysander. El Duque de las Sombras. El hombre que, en la novela, sería el catalizador final del caos.
—No sabía que el Duque de las Sombras se dedicaba a espiar a las damas en los bailes —respondió ella, obligándose a mantener la voz firme, a pesar de que la sola presencia de ese hombre enviaba escalofríos por su columna vertebral.
Lysander se separó de la columna y caminó hacia ella. Cada movimiento era felino, peligroso.
—No espío, Lady Seraphina. Simplemente observo. Y debo decir que lo que he visto esta noche en la pista de baile… es una revelación.
Se detuvo a un par de pasos de ella. La proximidad era electrizante. Seraphina sintió que su cuerpo reaccionaba a él de una manera totalmente distinta a como lo hacía con Kaelen. Si Kaelen era el sol que quemaba, Lysander era el frío abismo que prometía secretos.
—¿Qué es lo que esperabais ver? —preguntó ella, manteniendo la mirada—. ¿A la mujer despechada suplicando por un poco de atención?
Lysander esbozó una media sonrisa, una que no mostraba rastro de compasión, sino de una inteligencia compartida.
—Esperaba ver a una mujer que no conocía. Una mujer que, por fin, ha dejado de jugar a ser un adorno y ha comenzado a jugar a ser una reina.
—Las reinas no suelen tener un final feliz en este mundo, Lysander.
—Las reinas de verdad no buscan finales felices, Seraphina —dijo él, acercándose tanto que ella podía oler el aroma de sándalo y lluvia que lo rodeaba—. Buscan poder. Y después de esa conversación con nuestro querido héroe, diría que vos estáis empezando a entender la diferencia.