Mil Montañas entre Nosotros
— o La Jaula de Cristal —
Nieves Solano tiene dieciocho años, los padres muertos y ningún lugar al que ir.
Cuando Adrián Montalvo —el CEO más temido de Ciudad de México— le ofrece un trato, ella no tiene opción: vivir en su penthouse de Polanco a cambio de que su tío no termine en prisión. Lo que él no le dice es por qué. Lo que ella no imagina es que ese hombre guarda un odio antiguo contra su familia… y un secreto mucho más peligroso que el odio.
Durante tres años, Nieves sobrevive entre las paredes de cristal de un departamento que parece un palacio y se siente como una cárcel. Adrián es frío, controlador y cruel. Pero a veces —solo a veces— ella descubre grietas: un perro llamado Cariño que solo ella puede acariciar, flores frescas que aparecen cada semana en su habitación, y un celular privado que guarda únicamente su nombre.
Cuando por fin recupera su libertad, Nieves jura no volver jamás.
Pero el destino no ha terminado con ella.
Un favor desesperado la lleva de regreso a sus brazos. Un pacto de treinta días. Una casa de playa donde el hombre que la destruyó le muestra, por primera vez, quién es realmente. Y una red de mentiras tejida por la esposa de él —Regina Valcárcel— que amenaza con destruirlos a ambos.
Cuando la verdad explote, Nieves tendrá que elegir: salvar al hombre que la enjauló… o salvarse a sí misma.
Y en el fondo de una maleta vieja, un celular esconde tres palabras que él nunca tuvo el valor de decir en voz alta.
Género: Dark Romance / CEO Romance / Drama
Tono: Angst · Slow Burn · Enemies-to-Lovers
Contenido: Temas maduros (16+). Relaciones tóxicas, coerción, trauma. No apto para lectores sensibles.
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Capítulo 15
Capítulo 15. La profesora
No supe si hablaba del perro.
O de nosotros.
Esa noche, cuando volvimos a Polanco sin Cariño, el departamento se sintió más grande que nunca.
El plato azul donde Rosario le servía agua seguía junto a la cocina. Una pelota mordida estaba debajo de la mesa de centro. En la lavandería quedaron sus juguetes, ordenados en una canasta como si alguien fuera a regresar a desordenarlos en cualquier momento.
Adrián subió directo al estudio.
Yo subí a mi cuarto con el collar de Cariño en la mano.
A medianoche empezó la fiebre.
Al principio pensé que era cansancio. Luego el cuerpo se me llenó de frío aunque tenía dos cobijas encima. Rosario me encontró al amanecer sentada en el piso del baño, incapaz de levantarme sin que todo girara.
—Señorita Solano, nos vamos al hospital.
—No.
—Sí.
Fue la primera vez que Rosario me habló sin pedir permiso.
Adrián apareció en la puerta con el cabello húmedo y la camisa mal abotonada, como si hubiera salido de la regadera a medio terminar.
—¿Qué pasó?
—Tiene fiebre —dijo Rosario—. Y está muy pálida.
Él me miró.
Yo apreté el collar de Cariño contra el pecho.
—No quiero ir.
Adrián no discutió. Eso me asustó más que cualquier orden.
—Tomás está bajando el coche.
En el Hospital Universitario, la doctora dijo que era agotamiento, recuperación descuidada y estrés acumulado. Una forma elegante de decir que el cuerpo había cobrado todo junto. Me dejaron en observación con suero y una manta térmica. Rosario se quedó hasta que una enfermera le pidió papeles. Adrián no entró a la habitación.
Lo vi una vez por el vidrio de la puerta, hablando con la doctora en el pasillo.
No levantó la voz.
La doctora tampoco le dio detalles.
Algo en eso me calmó.
Por la tarde, cuando la fiebre bajó un poco, entró una mujer que no conocía en persona pero sí de fotografías viejas de sociedad y artículos académicos.
Cabello recogido, lentes finos, abrigo gris, postura impecable.
La Dra. Elena Navarro.
La madre de Adrián.
—Nieves Solano —dijo con voz baja—. Soy Elena Navarro.
Intenté incorporarme.
—Profesora Navarro.
—No te levantes.
Se acercó a la silla junto a la cama. No invadió. No me tocó. Esa distancia cuidadosa me hizo entender de inmediato que Adrián no había aprendido de la nada la costumbre de quedarse del otro lado de una puerta.
—¿Adrián la llamó?
—Rosario me llamó a mí. Adrián llamó a medio hospital, pero no a su madre.
La frase tuvo una tristeza tan seca que no supe qué responder.
La Profesora Navarro dejó una bolsa pequeña sobre la mesa.
—Caldo de pollo. De verdad, no de esos líquidos sin alma que sirven aquí.
—Gracias.
—No tienes que comerlo si no quieres.
Esa libertad mínima me apretó la garganta.
Se sentó. Durante unos segundos solo escuchamos el pitido regular del monitor y el sonido lejano de una camilla por el pasillo.
—No vine a justificar a mi hijo —dijo.
La miré.
—Entonces vino al lugar equivocado.
Una sombra de sonrisa le cruzó la boca.
—Tienes razón en desconfiar.
No me esperaba eso.
La Profesora Navarro bajó la mirada a sus manos.
—Adrián tenía veintidós años cuando murió su padre. Estaba estudiando fuera. Tenía planes que no incluían dirigir empresas, ni negociar con bancos, ni casarse con una mujer que no amaba.
—Regina.
—Regina Valcárcel.
El nombre se quedó entre nosotras, limpio y venenoso.
—La familia Valcárcel puso capital cuando Grupo Montalvo estaba al borde de caer —continuó—. Fue una ayuda cara. Muy cara.
—El matrimonio.
Asintió.
—El matrimonio.
Miré la bolsa de caldo. El plástico se había empañado por dentro.
—Él me dijo que su padre murió por culpa de mi familia.
—Adrián cree eso.
La forma en que eligió el verbo me hizo levantar la vista.
—¿Cree?
La Profesora Navarro no respondió de inmediato.
—Hay verdades que llegan incompletas y aun así destruyen vidas completas.
—Eso no es una respuesta.
—No. Es lo único que puedo decirte sin mentirte ni traicionar cosas que todavía no están en mis manos.
Me cansé de pronto. La fiebre, el suero, Cariño, el hospital, todo se me acumuló detrás de los ojos.
—¿Por qué me cuenta esto?
—Porque quiero que sepas que Adrián no nació siendo esto.
—Pero eligió serlo conmigo.
La Profesora Navarro cerró los ojos un instante.
—Sí.
Otra vez, esa honestidad imposible.
—La noche de su boda —dijo—, lo encontré en el jardín del hotel, antes de entrar al salón. Llevaba el traje puesto y tenía la cara de un hombre que iba a su propio entierro. Me dijo: "Mamá, a partir de hoy no voy a ser feliz nunca."
La imaginé: una boda llena de flores caras, Regina con el vestido perfecto, Adrián de pie entre familias poderosas, diciendo una frase así a su madre.
No sentí lástima.
No quería sentirla.
Pero algo se movió.
—¿Y aun así se casó?
—A veces los hijos creen que salvar la tumba de sus padres es una forma de honrarlos.
Pensé en Fernando Solano. En la transferencia de cuatrocientos mil dólares. En todo lo que no sabía.
—Regina es su esposa —dije.
—Legalmente.
La miré.
La Profesora Navarro sostuvo mi mirada con una calma dolorosa.
—Adrián nunca la tocó.
El monitor siguió pitando igual, pero yo sentí que el sonido cambiaba.
—¿Qué?
—En diez años de matrimonio, nunca. Regina lo sabe. Todos los que estamos cerca lo sabemos, aunque fingimos no saberlo.
Mi boca se quedó seca.
Recordé a Regina en las fotos, su anillo, su sonrisa de mujer que lo tenía todo. Recordé a Emilio diciendo "mi cuñado". Recordé a Adrián entrando a mi vida como castigo y a la vez volviendo cada noche a una casa donde su esposa existía como una sombra oficial.
—Entonces, ¿por qué sigue casado?
—Porque hay contratos más difíciles de romper que los civiles.
—Y porque le conviene.
—También.
No lo defendía. Eso era lo que más me desarmaba. No lo defendía y, aun así, lo amaba. Se le notaba en cada pausa.
La Profesora Navarro tomó aire.
—Nieves, mi hijo te ha hecho daño.
Me quedé inmóvil.
—No voy a pedirte que lo perdones. No tengo derecho. Pero sí voy a pedirte algo como madre de él y como mujer que te ve desde fuera de esta tragedia.
—¿Qué?
Sus ojos se humedecieron apenas.
—Olvídalo si puedes.
La frase me atravesó de una forma inesperada.
—No entiendo.
—Aléjate cuando tengas oportunidad. Estudia. Vete. Haz una vida donde mi hijo no sea la habitación donde despiertas ni el miedo con el que te duermes.
—¿Me está diciendo que huya de él?
—Te estoy diciendo que sobrevivas a él.
El silencio después de eso fue enorme.
Pensé que iba a sentir alivio al escuchar a su propia madre decirlo. En cambio, sentí algo peor: la prueba de que incluso quien lo amaba sabía que Adrián podía destruirme.
La Profesora Navarro se levantó.
—Come un poco cuando puedas. No por él. Por ti.
Llegó a la puerta y se detuvo.
—Y, Nieves...
—¿Sí?
—Si alguna vez mi hijo parece humano contigo, no confundas eso con justicia.
Se fue.
Me quedé mirando la bolsa de caldo hasta que el plástico dejó de empañarse.
Adrián nunca había tocado a Regina.
Diez años.
Una esposa intacta en una casa oficial.
Y yo, que no era nadie, cargando el odio, el deseo, la culpa y la rabia que él no sabía dónde poner.
Si nunca había amado a su esposa, ¿a quién había estado castigando cuando me eligió a mí?
no no me husto