Él ahora será mi espada.
En su primera vida, Cassandra amó al hombre equivocado.
El príncipe heredero, su madrastra y su propia familia conspiraron contra ella hasta llevarla a una muerte cruel. Pero el destino le concedió una segunda oportunidad.
Al despertar diez años atrás, Cassandra recuerda perfectamente el día en que comenzó su desgracia.
Esta vez no elegirá al príncipe que la traicionará.
Cuando el emperador le ofrece escoger a su futuro esposo como recompensa por su salvar a un miembro de la familia real, Rosalind señala al hombre que todos temen: Balkan Trudeau, el Demonio de Moldavia, heredero de un reino de guerreros que cabalgan dragones.
Él es cruel. Ella es vengativa.
Él descubre que su nueva prometida esconde un corazón tan oscuro como el suyo.
Y Cassandra solo necesita una cosa de su futuro esposo:
Que sea su espada mientras ella cobra cada deuda pendiente.
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La sangre del dragón
Fue Ceniza quien dio la primera señal.
El dragón, que normalmente dormía enrollado como una montaña de obsidiana sobre los tejados de la residencia, llevaba dos noches sin dormir. Rugía hacia el norte, hacia las montañas de Moldavia, con un sonido bajo y desesperado que hacía vibrar los cristales. Y cuando Cassandra se acercó, la bestia no la saludó con su bufido de risa: la miró con sus ojos de amarillo fundido, y luego miró hacia la habitación cerrada de su amo, y en ese orden de miradas había una súplica.
La capitana Vera, de pie en el patio, con el rostro gris, respondió la pregunta que Cassandra no había hecho.
—Es el Fuego de Sangre —dijo la capitana—. Cada diez años, la sangre del dragón despierta en el cuerpo de un Trudeau, y exige arder. La mayoría de los nuestros no lo sobreviven. Los que lo hacen, quedan locos, o ciegos, o quemados por dentro.
—¿Y qué hace Balkan? —preguntó Cassandra, con la voz muy quieta.
—Lo que hacen todos —la capitana bajó la mirada—. Se va a las montañas, solo, a quemarse lejos de los que ama. Para no arrastrar a nadie consigo. Esta noche parte, señorita. Me ordenó que os dijera que el compromiso queda disuelto. Que no quiere dejaros una viuda antes de la boda.
Cassandra no dijo nada durante tres segundos.
Luego echó a andar hacia la habitación cerrada.
—Señorita, no podéis entrar, él dio la orden…
—Yo no recibo órdenes de un hombre que se está muriendo —dijo Cassandra, y abrió la puerta.
***
El calor de la habitación golpeó como un horno.
Balkan estaba de pie junto a la ventana, con el abrigo negro puesto y una bolsa de viaje al hombro, y aun así el sudor le empapaba la frente. Bajo sus ojos, las vetas ya no eran carmesí: eran **negras**, y latían con un ritmo que no era el de un corazón, sino el de un incendio buscando salida.
—Vete —dijo él, sin volverse, con la voz ronca—. Cassandra, vete. Hoy no soy seguro. Hoy no soy nada.
—Te equivocas —Cassandra dejó sobre la mesa el libro de tapas negras de su madre, y junto a él, un frasco pequeño con un líquido que parecía hielo líquido, pálido y quieto—. Hoy eres exactamente lo que yo elegí. Un problema mío.
Balkan se giró, y por primera vez ella vio miedo en los ojos de oro fundido.
—No entiendes. El Fuego me consume desde dentro. Si me quedo, puedo quemarte. Puedo matarte con solo tocarte. Prefiero arder solo en las montañas que…
—Que morir solo —terminó ella—. Qué noble. Qué estúpido. Qué típico de ti.
Abrió el libro de su madre por la página que había leído diez veces esa tarde.
—Mi madre anotó un método. Los sabios del sur lo llamaban *atraer al gusano*. No se pelea contra el fuego con agua: se pelea con un frío tan letal que el fuego, para sobrevivir, se ve obligado a luchar, y en la lucha, se agota. —Alzó el frasco pálido—. Loto Abisal. Un veneno de hielo. Un solo error en la dosis y tu corazón se detiene. Dos fuegos… o un fuego y un hielo, matándose dentro de ti hasta que no quede ninguno.
Balkan la miró un largo segundo. Y sonrió, con los dientes apretados por el dolor.
—Podría matarme.
—Podría —Cassandra dejó el frasco junto a su mano—. Pero si te vas a las montañas, muere seguro. Si te quedas conmigo, al menos mueres donde yo pueda verte. Elige, Trudeau.
El demonio de Moldavia, que había envenenado a sus hermanos sin mover un dedo, que había hecho arrodillar a príncipes y quemado casas con una firma, la miró como se mira a la única salida de un incendio.
—Quédate —dijo.
***
Lo ató a la cama con las correas de cuero de su propio equipaje militar, porque él mismo le enseñó, riendo, hacía semanas, que un guerrero siempre viaja con correas.
Cuando ella clavó la aguja con el Loto Abisal en la vena de su muñeca, el cuerpo de Balkan se arqueó como un arco tensado, y un rugido que no era del todo humano salió de su garganta. Afuera, Ceniza rugió también, respondiendo al dolor de su jinete, y el cielo de Solaria se llenó de un trueno sin nubes.
—¡Mírame! —Cassandra le sujetó el rostro con las dos manos, sin importar que la piel de él quemara como una plancha—. ¡Balkan, mírame! El fuego va a pelear con el hielo. Va a doler. Va a querer que te rindas. Pero tú no te rindas. Tú te quedas conmigo.
Las vetas negras y el hielo pálido se encontraron en algún punto debajo de su piel, y la batalla empezó.
Balkan deliró. Gritó nombres de hermanos muertos. Pidió perdón a una madre que no recordaba. Intentó romper las correas, y lo habría hecho, porque la fuerza de un Trudeau en crisis es la de un dragón acorralado, pero Cassandra no soltó sus manos, y puso su frente contra la de él, y habló, y habló, y habló, con la voz serena de quien lee un inventario, anclándolo al mundo con palabras frías y precisas.
—Estás en Solaria. Es la noche del decimotercer día. Mañana huele a pan. Ceniza está en el tejado. Yo estoy aquí. No te suelto.
Y en medio del delirio, con las venas ardiendo y el hielo mordiéndole el corazón, Balkan Trudeau dijo la única verdad que había jurado no decir mientras estuviera envenenado.
—Te amo —gruñó, con la voz rota, tirando de las correas—. Desde el banquete. Desde que te arrodillaste delante de trescientos nobles con las manos quietas y el pulso frío. Desde que vi que me habías elegido no por mi cara, sino por mis dientes. Te amo, Cassandra. Eres mi reina. Eres mi ancla. Si el fuego gana, recuérdalo. Si el hielo gana, recuérdalo.
Cassandra no soltó su frente.
—Si el fuego gana, me lo dices en persona —susurró—. Porque no pienso aceptar confesiones de un moribundo. Me las vas a repetir de pie, mirándome a los ojos, cuando esto termine.
Y el demonio, entre el fuego y el hielo, rió. Y la fiebre empezó a ceder.
***
Al alba, las vetas de Balkan volvieron al carmesí.
Abrió los ojos, y lo primero que vio fue a Cassandra, dormida en una silla junto a la cama, con el libro de su madre abierto sobre las rodillas y las manos quemadas de tanto sostenerlo.
No la despertó. Se quedó un largo minuto mirándola, con la calma de un hombre que ha vuelto del borde de un abismo y ha encontrado, al fondo, una razón para trepar.
Luego, con la voz ronca pero firme, cumplió su promesa.
—Te amo —dijo, despierto, mirándola a los ojos—. De pie. Sin fiebre. Sin excusas.
Cassandra abrió los ojos, y no sonrió. Lo miró con la seriedad de una auditora.
—Lo sé —dijo—. Lo dijiste anoche. Tres veces.
Balkan parpadeó. Y por primera vez en su vida, el demonio de Moldavia se sonrojó.
—¿Y qué vas a hacer al respecto? —preguntó él.
Cassandra se puso de pie, recogió su libro, y desde la puerta, con la mano quemada escondida en la manga, le dedicó la sonrisa más pequeña y más verdadera que le había visto en dos vidas.
—Casarme contigo —dijo—. Pero primero, mi padre tiene que caer. Y para eso… aún me falta una firma.