Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.
La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.
Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.
Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.
Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.
NovelToon tiene autorización de Mía Ríos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 3
Capítulo 3
La búsqueda
A las tres de la mañana, Valentina seguía despierta.
La casa del Callejón de los Jazmines crujía con el viento de octubre. Era la casa de su abuela —techos altos, paredes gruesas, un patio interior con una buganvilia que nadie podaba—. Valentina la había heredado hacía dos años y todavía no terminaba de llenarla. Los cuartos sobraban. Los silencios también.
Estaba sentada en el escritorio de su habitación con la lámpara encendida y el diario abierto. La pulsera roja le colgaba de los dedos de la mano izquierda —se la enrollaba ahí cada noche antes de dormir, sin pensarlo, como quien se persigna antes de acostarse—. Llevaba semanas durmiendo así.
Escribió:
"Tenía los ojos más oscuros que he visto en mi vida. Y solo sé que su nombre empieza con San—."
Se quedó mirando la línea. La tinta se secó. Afuera, un coche frenó en la esquina y alguien cerró una puerta de golpe.
El portazo le atravesó el cuerpo.
Valentina saltó de la silla. El corazón se le disparó a doscientos. Las manos se agarraron del borde del escritorio y los nudillos se le pusieron blancos. Por un segundo —un solo segundo— estaba de vuelta en Alepo, el clic metálico bajo su bota, el pitido acelerándose, el olor a cable quemado.
Respiró. Cerró los ojos. Contó hasta cinco.
Cuando los abrió, estaba en su cuarto. La buganvilia arañaba la ventana. No había bomba. No había pitido. Solo una calle tranquila de la ciudad donde había crecido y un coche que se alejaba con la música a todo volumen.
Se sentó de nuevo. Las manos todavía le temblaban. Se enrolló la pulsera roja más fuerte entre los dedos, como si el hilo pudiera anclarla.
---
Andrea llegó al mediodía con una botella de espumante barato y dos vasos de plástico.
—Brindamos —dijo, entrando sin tocar la puerta—. "Crónicas de antes de la guerra" lleva una semana como lo más visto de Canal 7. El jefe me mandó un mensaje. Textual: "Dile a Mora que su documental nos subió el rating un dieciocho por ciento." Un dieciocho, Vale. ¿Cuándo fue la última vez que un documental subió el rating de algo?
Valentina tomó el vaso que le ofrecía.
—¿A las once de la mañana brindamos con espumante?
—A las once de la mañana brindamos con lo que haya —Andrea se dejó caer en el sillón de la sala—. Además, son casi las doce. ¿Dormiste?
—Algo.
Andrea la miró de esa manera que tenía de mirar: directa, sin piedad, sin filo.
—Algo es código para nada. ¿Cuántas horas?
—Dos.
—Valentina.
—Tres.
—Sigues mintiendo, pero al menos subes. ¿Y tu papá? ¿Ya vino?
Valentina se sentó frente a ella.
—Roberto viene los domingos con Patricia y Lucía. Trae pan. Patricia trae flores. Lucía me abraza y me pregunta si traje algo de Levante. Es un ritual. Nadie habla de nada real.
—¿Y tu mamá?
—Mi mamá controla todo desde la Capital. Llama cada tercer día para preguntarme si estoy comiendo bien y para recordarme que este trabajo me va a matar. Literal: "Ese trabajo te va a matar, Valentina." Pero no viene. Nunca viene.
Andrea asintió. No hizo comentarios. Eso era lo bueno de Andrea: sabía cuándo empujar y cuándo soltar.
—¿Y eso? —dijo, señalando la muñeca de Valentina con el vaso.
La pulsera roja. Valentina se la cubrió con la otra mano.
—Nada. Un recuerdo.
Andrea levantó las cejas pero no insistió. Sirvió más espumante.
---
La base militar estaba a cuarenta minutos en coche. Andrea manejó.
Valentina había hecho todo lo posible en las últimas semanas: llamadas a hospitales militares, búsquedas en redes sociales, solicitudes de información pública. Nada. Un soldado de fuerzas especiales con acento latinoamericano cuyo nombre empezaba con "San—" no era una pista, era un fantasma. Pero tres días atrás, un contacto de Canal 7 le había pasado un dato: un elemento de operaciones especiales llamado Santiago, asignado temporalmente a esta base.
El corazón le latía tan fuerte que le dolía la mandíbula.
—Si no es él, nos vamos —dijo Andrea desde el asiento del conductor, sin apagar el motor—. Sin dramas, sin preguntas extra, sin quedarnos a revisar la base entera. ¿Trato?
—Trato.
Valentina bajó del coche. Le enseñó su credencial de prensa al guardia de la entrada y le explicó que buscaba información para un reportaje sobre cooperación militar en Levante. El guardia hizo una llamada. Diez minutos después, la dejaron pasar al patio principal.
Lo vio de espaldas.
La misma complexión. Los mismos hombros anchos. El pelo corto, oscuro, rapado en los lados. Estaba hablando con dos soldados junto a un vehículo blindado, gesticulando con precisión, con esa economía de movimiento que ella reconocería en cualquier parte.
Valentina dejó de respirar.
Dio tres pasos. Cuatro. El hombre giró la cabeza.
Los ojos eran claros. Marrones claros con pecas verdes alrededor del iris. No eran oscuros. No eran los ojos que la habían mirado a través del polvo y le habían dicho "El suficiente."
No era él.
Valentina se quedó de pie en medio del patio con las manos colgando a los lados del cuerpo. El soldado la miró con curiosidad. Dijo algo que ella no escuchó. El aire se volvió espeso. Las piernas le pesaban. El patio, los vehículos, los soldados —todo se movía en cámara lenta, como bajo el agua—.
Andrea apareció a su lado. La tomó del brazo.
—Vámonos.
La sacó del patio, la metió al coche, cerró la puerta. Valentina se quedó mirando el tablero. Andrea no encendió el motor de inmediato. Se quedaron en silencio un rato.
—No era él —dijo Valentina.
—Ya sé.
—Tenía los ojos equivocados.
—Ya sé, Vale.
Andrea encendió el motor y salieron de la base.
---
El camino de regreso fue largo. Andrea puso la radio un rato, la apagó, la volvió a poner. Valentina miraba por la ventana sin ver nada.
—Oye —dijo Andrea, después de veinte minutos de silencio—. Hablando de bases militares. ¿Te conté que Camila Restrepo estuvo haciendo una nota sobre operaciones especiales la semana pasada?
Valentina no respondió.
—Entrevistó a un oficial. ¿Cómo se llamaba? —Andrea frunció el ceño, buscando en su memoria—. Santiago… algo. Santiago Herrera, creo. En otra base, no en esta. Le salió buena la nota, la verdad. Camila tiene ojo para esas cosas, hay que reconocerlo.
El nombre pasó por el aire del coche como una corriente de viento. Santiago Herrera. Dos palabras que contenían todo lo que Valentina llevaba semanas buscando.
Pero Valentina estaba mirando por la ventana con los ojos vacíos, hundida en la imagen del soldado que no era él, en los ojos claros que no eran oscuros, en la certeza humillante de haber recorrido medio país detrás de un fantasma.
—Ajá —dijo.
Andrea siguió hablando del trabajo. De las notas pendientes, de la pauta del próximo mes, de un rumor sobre cambios en la dirección de Canal 7. Valentina asentía sin escuchar.
En su muñeca, la pulsera roja seguía ahí. Y en algún lugar del país, en una base que ella no conocía, un hombre llamado Santiago Herrera existía con una marca pálida en la muñeca donde antes había un hilo rojo.
Valentina no preguntó más. No pidió el apellido. No pidió la base. No pidió nada.
La respuesta había pasado a un metro de ella, y la dejó ir.
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.