Sara murió luchando contra el hombre más temido del mundo: Augustus Reinold, el tirano que destruyó naciones y esclavizó a la humanidad.
En sus últimos segundos, hizo un deseo desesperado: si pudiera regresar al pasado, daría la mitad de su vida para detenerlo.
Su deseo fue escuchado.
Sara despierta quince años atrás, cuando tiene diecisiete años y Augustus aún no es el monstruo que ella conoce. Pero el sistema le revela una regla imposible: no puede matarlo.
Si quiere salvar el mundo, deberá cambiar su destino antes de que sea demasiado tarde.
¿El método?
Enamorar al futuro villano.
Sara se niega a enamorarse del hombre que la asesinó.
Pero cuanto más conoce al joven que algún día será Augustus, descubre que detrás del monstruo existió un muchacho que todavía podía ser salvado.
Y solo tiene dos años para lograrlo.
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La habitación de Julian
Julian llegó a la casa de Sara esa misma tarde.
No llevaba demasiadas cosas.
Una maleta negra.
Una mochila.
Y un rostro que dejaba claro que preferiría enfrentarse a una junta de accionistas antes que a la madre de su novia.
Sara lo observó desde la puerta.
—¿Eso es todo?
Julian levantó la maleta.
—Voy a quedarme dos semanas, no a emigrar.
—Podrías necesitar ropa.
—Tengo ropa.
—¿Y zapatos?
—Sara.
—¿Cepillo de dientes?
Julian suspiró.
—También.
Carmen, que estaba sentada en el sofá, levantó una ceja.
—Déjalo respirar.
Sara la miró.
—Estoy preocupada por él.
—No parece.
—¿Y tú de qué lado estás?
—Del lado del chisme.
Sara puso los ojos en blanco.
Julian sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Pero real.
Sara la vio.
Y no dijo nada.
Desde la muerte de Gigi, cualquier sonrisa de Julian parecía un milagro.
La madre de Sara apareció desde el pasillo.
—Julian, hijo, ven. Ya preparé tu habitación.
Julian se quedó inmóvil.
—¿Mi... habitación?
—Claro.
Sara abrió los ojos.
—¿Mamá?
—¿Qué?
—¿Preparaste una habitación?
—Por supuesto. No voy a dejar que el novio de mi hija duerma en el sofá como un vagabundo.
Carmen se mordió el labio para no reír.
Julian miró a Sara.
Sara miró a Julian.
Ambos pensaron exactamente lo mismo.
¿Novio?
La madre de Sara ya caminaba hacia las escaleras.
—Vamos.
Julian tomó su maleta.
—Sí, señora.
Carmen se levantó detrás de ellos.
Sara la señaló.
—¿Tú qué haces?
—Quiero ver.
—¡Carmen!
—Soy tu amiga. Tengo derecho.
La habitación estaba al final del pasillo.
La madre de Sara abrió la puerta con orgullo.
—Aquí está.
Julian entró.
Y se quedó completamente quieto.
Era una habitación amplia y sencilla.
Tenía una cama, un escritorio, un armario, una televisión y una ventana que daba al jardín.
Había incluso una pequeña biblioteca.
Pero lo que llamó la atención de Julian fue otra cosa.
Sobre la cama había una manta azul oscuro.
Y encima de la almohada, una pequeña tarjeta.
Bienvenido a casa.
Julian no dijo nada.
Pasó los dedos sobre la manta.
—¿Te gusta? —preguntó Sara.
—Sí.
Su voz salió demasiado baja.
La madre de Sara sonrió.
—Pensé que necesitarías un espacio tranquilo.
Julian asintió.
—Está perfecto, señora.
—Si necesitas cualquier cosa, me dices.
—Gracias.
La mujer salió.
Carmen la siguió inmediatamente.
Pero antes de cerrar la puerta, miró a Sara.
—Yo también quiero una habitación así.
—Vete.
—Qué mala amiga.
La puerta se cerró.
Silencio.
Sara y Julian quedaron solos.
Julian dejó la maleta junto al armario.
—Tu madre es increíble.
Sara sonrió.
—Te dije.
Julian miró alrededor.
—Hace mucho que nadie prepara una habitación para mí.
Sara sintió un pequeño nudo en el pecho.
No necesitaba preguntar por qué.
En la mansión Bradenford tenía habitaciones enormes.
Demasiado grandes.
Demasiado perfectas.
Pero aquello era diferente.
Aquella habitación no había sido preparada para el heredero de un conglomerado.
Había sido preparada para Julian.
Para el muchacho que estaba sufriendo.
Para alguien al que querían tener en casa.
—Puedes quedarte aquí cuanto quieras —dijo Sara.
Julian la miró.
—¿Aunque pasen las dos semanas?
Sara levantó una ceja.
—No abuses.
Él sonrió ligeramente.
—Entonces me quedaré exactamente dos semanas.
Pasaron unos segundos.
Julian se sentó en el borde de la cama.
Sara permaneció frente a él.
—¿Quieres que te deje solo para acomodarte?
Julian negó con la cabeza.
—No.
Sara se giró.
—¿No?
Julian bajó la mirada.
—No quiero estar solo.
La sonrisa de Sara desapareció.
Se acercó y se sentó junto a él.
—Entonces no estarás solo.
Julian la miró.
—¿Siempre vas a decir eso?
—Mientras pueda.
—¿Y si un día no puedes?
Sara guardó silencio.
Julian respiró profundamente.
Pero no consiguió controlar el temblor de sus manos.
—¿Quieres saber qué es lo peor?
Sara no respondió.
Solo esperó.
Julian bajó la mirada.
—Que todavía espero escucharla.
Sara sintió un nudo en la garganta.
—Todas las noches... —continuó él—. Todas las noches pienso que voy a escuchar sus pasos. Que va a abrir la puerta de mi habitación y va a entrar sin tocar, como siempre hacía.
Una sonrisa diminuta apareció en sus labios.
—Era insoportable.
Sara sonrió apenas.
—¿Ah, sí?
—Sí. Me robaba los chocolates. Se ponía mis sudaderas. Entraba a mi habitación y se acostaba en mi cama aunque yo le dijera que se fuera.
La sonrisa desapareció.
Julian tragó saliva.
—Y ahora...
Se quedó callado.
Sara esperó.
—Ahora puedo dejar la puerta abierta todo el día...
Su voz se quebró.
—...y ella no va a entrar.
Sara sintió que los ojos se le humedecían.
Julian apretó las manos.
—No pude despedirme de ella.
—Julian...
—La última vez que la vi estaba en el suelo.
Su voz tembló.
—Había sangre por todas partes, Sara.
Cerró los ojos.
—Yo la estaba sosteniendo y ella... ella ni siquiera podía abrir los ojos.
Una lágrima descendió por su mejilla.
—¿Sabes qué pensé?
Sara negó con la cabeza.
Julian respiró con dificultad.
—Pensé que iba a morir yo.
Otra lágrima cayó.
—Pensé que la silla me iba a golpear a mí y que Gigi iba a levantarse y empezar a insultarme por ser tan idiota.
Soltó una risa rota.
—Siempre me decía idiota cuando hacía algo peligroso.
La sonrisa desapareció.
—Pero esta vez no se levantó.
Silencio.
Julian se llevó una mano al rostro.
—No se levantó, Sara.
Su voz se convirtió en un susurro.
—Y yo sigo aquí.
Sara lo miró.
Quiso decirle algo.
Quiso decirle que no era su culpa.
Quiso convencerlo de que dejara de castigarse.
Pero entendió que todavía no era el momento.
Así que simplemente tomó su mano.
Julian entrelazó los dedos con los de ella.
—Era mi hermana pequeña —susurró—. Yo debía protegerla.
Sara apretó su mano.
Julian bajó la cabeza.
—Yo soy el mayor. Yo tenía entrenamiento. Yo podía recibir ese golpe.
Su respiración volvió a temblar.
—Podía romperme un brazo. Una costilla. Lo que fuera.
Miró sus propias manos.
—Pero ella...
Julian cerró los ojos.
—Ella no tenía que morir.
Sara se acercó lentamente.
Lo abrazó.
Julian permaneció rígido durante unos segundos.
Y después se derrumbó contra ella.
La rodeó con los brazos y hundió el rostro en su hombro.
—La extraño —susurró.
Sara le acarició el cabello.
—Lo sé.
—La extraño muchísimo.
—Lo sé.
—Quiero escucharla llamarme idiota otra vez.
Sara cerró los ojos.
—Lo sé.
Julian apretó los brazos alrededor de ella.
—Quiero que me robe mis chocolates.
Una lágrima cayó sobre la ropa de Sara.
—Quiero que entre a mi habitación sin tocar.
Su voz se quebró completamente.
—Quiero que vuelva.
Sara lo abrazó más fuerte.
—Yo también quisiera que volviera.
Julian no respondió.
Solo lloró.
Y Sara permaneció allí.
Sin intentar arreglarlo.
Sin decirle que dejara de llorar.
Sin decirle que debía ser fuerte.
Porque por primera vez entendió que Julian no necesitaba que alguien le dijera que fuera fuerte.
Necesitaba que alguien le permitiera no serlo.
La habitación quedó en silencio.
Solo se escuchaba el llanto apagado de Julian.
Y Sara, mientras lo sostenía, pensó en la misión que había comenzado.
Había querido salvar al villano.
Pero en ese momento no estaba frente a un villano.
Estaba frente a un muchacho que acababa de perder a su hermana.
Y que todavía no sabía cómo seguir viviendo sin ella.
Sara cerró los ojos.
—Julian.
—¿Sí?
—No tienes que estar bien hoy.
Él levantó ligeramente el rostro.
—¿No?
—No.
Sara le limpió una lágrima con el pulgar.
—Puedes estar triste.
Otra lágrima cayó.
—Puedes estar enojado.
Julian la miró.
—Incluso puedes odiar a ese hombre.
La mirada de Julian se oscureció.
—Lo odio.
Sara asintió.
—Lo sé.
—Lo odio tanto que a veces siento que podría...
Se detuvo.
Sara no le pidió que terminara la frase.
—Pero no estás solo —dijo ella.
Julian la observó.
Y por unos segundos, no hubo respuesta.
Solo dos personas sentadas sobre una cama.
Una intentando sobrevivir a su duelo.
Y otra intentando impedir que ese duelo se convirtiera en una sentencia.
Finalmente, Julian apoyó la frente sobre su hombro.
—Quédate conmigo un rato.
Sara cerró los ojos.
—Todo el tiempo que necesites.
Y esta vez, cuando Julian volvió a llorar...
Sara no lo soltó.