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Me enamoré del hijo de mis padrinos

Me enamoré del hijo de mis padrinos

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor platónico
Popularitas:8.9k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Mis papás se fueron del país y me dejaron en casa de mis padrinos. Eso significaba vivir con Santiago Montero: su hijo mayor, seis años mayor que yo y el hombre al que todos consideraban casi un hermano.
Antes de llegar, me impuso tres reglas:
Nuestro compromiso infantil no cuenta.
No subas al tercer piso.
No me busques.
Yo pensaba obedecerlas. Santiago no.
Fue él quien comenzó a cuidarme, a ponerse celoso y a acorralarme contra la puerta de mi habitación.
—¿Por qué huyes? ¿Crees que voy a comerte?
Entonces descubrí cuatro limoneros plantados para mí y la verdad que ocultaba: llevaba catorce años esperándome.
El heredero que juró no quererme ahora estaba dispuesto a perderlo todo para hacerme suya.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

Capítulo 23: La foto

La foto apareció el lunes a las diez de la mañana, y para las once ya la había visto medio campus.

Valentina se enteró por Lucía, que entró al salón de Teoría de la Comunicación con la cara descompuesta y el celular apretado en la mano como si quisiera estrangularlo.

—Val, necesito que veas algo antes de que lo veas por otro lado.

Le pasó el teléfono. En la pantalla había un chat de grupo — "Ibero Tea", ciento ochenta y tres miembros, el tipo de grupo donde se comparte chisme universitario con la impunidad que da el anonimato — y en el chat había una foto.

Santiago cargando a Valentina.

La imagen era real. Valentina la reconoció inmediatamente: el viernes pasado, después de la cena en casa de los Montero, se había quedado dormida en la Suburban camino a la residencia. No recordaba haberse dormido — recordaba la voz de Santiago hablando con Isabel sobre un contrato de Limontech, el calor de la calefacción, la lluvia golpeando el parabrisas, y después nada. Se despertó en su cama de la residencia a la mañana siguiente con los zapatos quitados y una cobija encima.

Ahora entendía qué había pasado en el espacio entre el coche y la cama: Santiago la había cargado. La foto lo mostraba cruzando la puerta de la residencia con Valentina en brazos — cabeza apoyada en su hombro, piernas colgando, dormida. Él tenía la cara seria, concentrada, con esa expresión de quien carga algo frágil y sabe que un movimiento brusco lo rompe.

La foto, por sí sola, era inocente. Un hermano cargando a su hermana dormida. Nada que un padre no haría con un hijo, nada que un amigo no haría con otro en circunstancias similares.

Pero alguien la había editado. Los colores estaban saturados — la piel más cálida, las sombras más profundas, la iluminación del pasillo convertida en algo que parecía luz de vela. Y el ángulo, que originalmente mostraba el pasillo completo con su alfombra industrial y sus paredes institucionales, estaba recortado para que solo se vieran ellos dos. Sin contexto. Sin escenario. Solo un hombre cargando a una mujer dormida con una intimidad que el filtro convertía en algo que no era.

Debajo de la foto, el mensaje del usuario anónimo: "¿Así tratan a las hermanitas en Lomas?"

Valentina sintió el calor subirle por el cuello, por las mejillas, por las orejas. No era vergüenza. Era furia.

—¿Quién subió esto? —dijo.

—No sé. La cuenta es anónima. Pero alguien la tomó desde adentro de la residencia, Val. Mira el ángulo — es desde el segundo piso, desde la escalera.

Valentina miró la foto otra vez. Lucía tenía razón. El ángulo era descendente, ligeramente inclinado, como si alguien hubiera sacado el celular desde arriba de la escalera y apuntado hacia la puerta de entrada. Quien la tomó estaba dentro del edificio.

La residencia tenía cuatro pisos. Cuarenta y dos estudiantes. Pero esa noche, a las once, la mayoría estaba fuera — era viernes, fin de semana. Las únicas personas que Valentina recordaba haber visto al llegar esa noche eran Sofía, que estaba en la sala común con audífonos, y Camila, que supuestamente estaba dormida en el cuarto.

"Supuestamente."

—Esa foto se tomó desde la escalera del segundo piso —dijo Valentina, bajando la voz—. Nuestro cuarto está en el segundo piso.

Lucía no dijo nada. No necesitaba decirlo. Las dos sabían.

—No puedo acusarla sin pruebas —dijo Valentina.

—No. Pero puedes estar atenta.

---

La mañana avanzó entre murmullos. Valentina los sentía como una corriente de fondo — miradas que duraban un segundo de más, conversaciones que se apagaban cuando ella pasaba, risas contenidas que podían ser sobre cualquier cosa pero que su paranoia convertía en sobre ella.

En el pasillo de la facultad, un grupo de tres chicas la miró al pasar. Una se inclinó hacia las otras y dijo algo que Valentina no alcanzó a escuchar. Otra se rió.

Valentina apretó la mandíbula y siguió caminando. No iba a detenerse. No iba a dar explicaciones. No iba a ponerse a aclarar, en medio de un pasillo, que la foto mostraba a su hermanastro funcional llevándola a su cama porque se había quedado dormida en el coche después de cenar mole, que no había nada romántico ni turbio ni digno de chisme en esa imagen, que la saturación de colores era un filtro y la intimidad era un recorte y la insinuación era una mentira.

No iba a explicar nada. Pero sí iba a averiguar quién.

---

A la una de la tarde, Diego Lozano se acercó a ella en la cafetería.

Venía solo, con su chamarra de la selección de tenis y una bandeja con dos cafés. Le puso uno enfrente sin preguntar — americano con un sobre de azúcar al lado, que era lo que Valentina pedía siempre.

—¿Estás bien? —preguntó.

Valentina lo miró. Diego tenía los ojos claros y la frente arrugada con la preocupación sincera de alguien que no tiene agenda, que no está midiendo qué decir para obtener algo a cambio, que simplemente vio a una persona que le importa pasarla mal y decidió llevarle un café.

—Ya viste la foto —dijo Valentina.

—Sí. Cualquiera que tenga dos dedos de frente sabe que es basura editada. Pero no todo el mundo tiene dos dedos de frente.

—No. No todo el mundo.

Diego se sentó frente a ella. No la presionó. No le pidió detalles ni explicaciones. Tomó su café, habló del torneo de la semana siguiente, le contó que había roto una raqueta en el entrenamiento y que el coach casi lo mata. Normalidad. Eso era lo que Diego ofrecía: una versión del mundo donde las cosas eran simples, donde las relaciones no tenían capas ocultas ni carpetas con catorce años de boletas, donde un chico te llevaba un café porque le gustabas y no había nada más complicado que eso.

"Esto es lo que se siente cuando no es complicado", pensó Valentina. Y después pensó: "¿Pero yo quiero que no sea complicado?"

No contestó la pregunta. Tomó el café. Le sonrió a Diego. Y guardó la pregunta en el cajón que ya estaba a punto de reventar.

---

Camila apareció en el cuarto a las seis de la tarde con la expresión exacta de alguien que acaba de enterarse de algo terrible y está devastada.

—¡Vale! ¿Ya viste lo del grupo? Es horrible. ¿Quién haría algo así?

Valentina la miró desde la cama donde estaba leyendo. Camila tenía los ojos muy abiertos, las cejas levantadas, la boca ligeramente curvada hacia abajo — la imagen perfecta de la indignación solidaria. Demasiado perfecta. Como una actriz que ensayó frente al espejo.

—No sé quién fue —dijo Valentina.

—Es de lo peor. Editar una foto así, sacarla de contexto... ¿Quieres que yo pregunte en el grupo? Tengo amigas que conocen a los admins.

—No. Gracias, Camila. Yo me encargo.

Camila se sentó en su cama con la mochila sobre las piernas. Sus ojos se movieron — rápido, casi imperceptible — hacia el escritorio de Valentina. Hacia donde antes estaba la caja de música. Hacia donde antes estaba la chamarra.

Valentina lo notó. Y guardó ese dato también.

---

Santiago llamó a las nueve de la noche. No por WhatsApp — por llamada directa. Valentina contestó al segundo timbrazo.

—¿Viste la foto? —dijo él, sin saludar.

—Sí.

—¿Estás bien?

—Estoy furiosa.

Un silencio. Valentina podía escuchar el sonido de fondo de su estudio: el zumbido bajo de los monitores, el crujido de la silla cuando se movía.

—La foto se tomó desde dentro de tu residencia —dijo Santiago. No era una pregunta.

—Lo sé.

—Eso significa que alguien de tu edificio te tomó una foto mientras yo te cargaba a tu cuarto. Alguien que estaba despierta a las once de la noche de un viernes y que decidió que ese momento era una oportunidad.

Santiago no decía "Camila". No nombraba sospechosas ni hacía acusaciones. Pero su voz tenía el filo de alguien que ya sabe la respuesta y está esperando a tener la evidencia para actuar.

—Ya hablé con mi abogado —dijo.

—¿Tu abogado?

—Distribución de imagen sin consentimiento. Edición con intención difamatoria. Si la foto se subió desde una cuenta asociada a una red universitaria, se puede rastrear.

—Santiago, no necesitas un abogado para esto.

—No se trata de la foto, Valentina. Se trata de que alguien entró en un espacio privado y lo convirtió en espectáculo. Hoy es una foto. Mañana puede ser otra cosa.

La furia de Santiago era diferente a la de Valentina. La de ella era caliente — visible, inmediata, con ganas de confrontar. La de él era fría. Calculada. La furia de alguien que no grita porque está demasiado ocupado construyendo el caso que va a destruir al responsable.

—Déjame manejar esto —dijo Valentina.

—¿Cómo?

—Todavía no sé. Pero necesito hacerlo yo. Si tú intervienes con abogados, van a decir que el hermanastro millonario se ofendió y quiso callar a la gente con dinero. La historia va a crecer en lugar de morirse.

Santiago no contestó inmediatamente. Valentina escuchó la silla crujir otra vez — se estaba reclinando, procesando, sopesando la lógica de lo que ella había dicho contra su instinto de protegerla.

—Tienes razón —dijo, y la admisión le costó. Se escuchaba en la forma en que las palabras salieron: lentas, medidas, extraídas como muelas.

—Pero si esto escala, intervengo.

—Si esto escala, te dejo.

—Buenas noches, Valentina.

—Buenas noches, Santiago.

Colgó. Se quedó sentada en la cama con el teléfono en la mano, mirando la pantalla donde el nombre de Santiago se apagaba, y pensó: "Llamó a su abogado antes de llamarme a mí. No para preguntar si estaba bien — para eso llamó después. Primero aseguró la solución. Después verificó el daño."

Así funcionaba Santiago. Así había funcionado siempre. Resolver, proteger, contener. En ese orden. Cada vez.

Valentina se acostó y miró el techo.

Alguien iba a pagar por esa foto. No sabía cuándo, ni exactamente cómo. Pero la foto se había tomado desde una escalera que estaba a ocho pasos de su cuarto, y solo una persona en esa residencia tenía razones para querer que el mundo viera algo turbio entre ella y Santiago.

El cajón de las sospechas ya no necesitaba cerradura. Necesitaba pruebas.

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Equipo Motorola
buenos días escritora, enamorada de tu historia, felicitaciones
Lineth: bonito
total 1 replies
Equipo Motorola
excelente historia felicitaciones escritora
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