El matrimonio que lloré a escondidas
Una historia real de amor, un bebé milagro y un duelo que nadie vio
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12 de diciembre - nuestra primera vez
Después del 7 de noviembre, mi vida cambió por completo. Ya no era la mujer que esperaba una llamada para sentirse querida. Ya era la esposa que había abrazado a su esposo, que le había dado de comer en la boca, que había sentido su olor, su calor, sus manos temblando. Y una vez que pruebas eso, ya no puedes volver atrás. Ya no te conformas con la voz por teléfono. Ya quieres más. Quieres todo.
Mi esposo también cambió. Antes me marcaba una vez al día, ahora me marcaba tres veces. Me decía "ya quiero que vuelvas, mija, ya quiero verte otra vez, ya no aguanto estar sin ti". Y yo le decía "yo también, mi amor, ya estoy contando los días para volver". Porque es verdad, yo contaba los días. Tachaba en el calendario los días que faltaban para la próxima visita.
Teníamos derecho a visita íntima. Como ya estábamos casados legalmente desde el 23 de octubre y yo ya tenía mi pase de esposa, podíamos pedir la visita conyugal. Pero yo tenía mucho miedo, mucha pena. Nunca había estado en un lugar así, nunca había estado con un hombre en un lugar donde sabes que hay custodios afuera, donde sabes que te cuentan el tiempo. Me daba vergüenza, me daba nervio.
Él me lo pedía con mucho respeto. Nunca me exigió nada, nunca me dijo "tienes que venir a íntima porque eres mi esposa". Al contrario, me decía "cuando tú quieras, mija, cuando tú te sientas lista, yo te espero, yo no te voy a presionar". Y eso me enamoró más. Porque cualquier otro hombre me hubiera dicho que era mi obligación. Él no. Él me cuidaba hasta en eso.
Y yo quería. Claro que quería. Quería ser su esposa en todo el sentido de la palabra. Quería sentirlo mío, quería que él me sintiera suya. Quería que esa curiosidad de año y medio por fin se terminara de ir. Quería dormir con él, aunque fuera una hora, aunque fuera en una cama dura, en un cuarto chiquito, con pintura cayéndose.
Así que le dije que sí. Le dije que iba a pedir la visita íntima para el 12 de diciembre. Escogí esa fecha porque es el día de la Virgen, y yo soy muy creyente de la Virgencita. Quería que ella me cuidara ese día, que nos bendijera.
La noche del 11 de diciembre no dormí. Me la pasé llorando, rezando, con miedo. Le marqué a mi suegra y le dije "suegra, mañana voy a íntima con su hijo, tengo miedo". Y ella me dijo "no tengas miedo, mija, mi hijo te ama y te va a respetar, va a ser bonito porque se quieren". Y me dio muchos consejos, como una madre. Me dijo que me llevara sábanas limpias, que me llevara toallitas, que me llevara mi perfume. Y me dijo algo que nunca se me va a olvidar: "Mari, hazle sentir que por un ratito está en su casa, no en la cárcel".
Llegué el 12 de diciembre bien temprano. Ese día la fila es diferente, es más callada, las mujeres van más arregladas, más nerviosas, nadie habla mucho. Todas vamos con nuestra bolsa con sábanas, con nuestra comida. Yo llevaba una bolsa con una sábana blanca que había comprado nueva, con una almohada, con mi perfume y con unos chocolates que a él le gustaban.
Cuando me tocó pasar, me revisaron toda. Me da mucha pena contar esto, pero te revisan de una forma muy fea, muy invasiva, que te hace sentir mal, que te hace sentir que estás haciendo algo malo cuando solo vas a ver a tu esposo. Me aguanté las ganas de llorar y seguí caminando. Porque sabía que al final del pasillo estaba él esperándome.
Me llevaron a un cuarto chiquito. No era un cuarto bonito. Era un cuarto con una cama de cemento con un colchón delgadito, con una puerta que no cierra bien, con un foco que parpadeaba. Olía a cloro y a humedad. Pero yo lo vi con otros ojos. Yo dije "aquí voy a ser por primera vez la esposa de mi esposo".
Y a los 10 minutos llegó él. Entró con su toalla en el hombro, con su jabón, recién bañado, con su pelo mojado, con una sonrisa nerviosa que no le había visto nunca. Estaba nervioso. Él, que siempre era tan seguro por teléfono, estaba nervioso como un niño.
Se quedó parado en la puerta y me dijo "¿ya llegaste, mi amor?". Y yo sentada en la orilla de la cama, con las manos sudando, le dije "sí, ya llegué".
Cerró la puerta como pudo y se sentó a mi lado. No me tocó luego luego. Primero me agarró las manos y me dijo "gracias por venir, mija, gracias por estar aquí conmigo, si no quieres hacer nada, no hacemos nada, solo nos acostamos y nos abrazamos, yo con abrazarte soy feliz". Y yo lo volteé a ver y vi en sus ojos tanto amor, tanto respeto, tanto miedo de hacerme daño, que se me quitó todo el miedo a mí.
Le dije "yo también quiero, mi amor, quiero ser tu esposa de verdad".
Y me abrazó. Me abrazó primero, mucho tiempo. Nos acostamos en esa cama dura, abrazados, vestidos, solo sintiendo nuestros corazones que latían bien fuerte. Él me olía el pelo y me decía "hueles bien rico, mi esposa, hueles a mi esposa". Y yo le olía su cuello y por fin sentía su piel, su calor, sin ropa de por medio, sin barrotes en medio.
Ese 12 de diciembre nos hicimos uno. No te voy a contar detalles porque eso es íntimo, es de nosotros dos y eso me lo guardo en mi corazón para siempre. Pero te puedo decir que fue bonito, fue con mucho amor, con mucho respeto, con muchas lágrimas. Lloramos los dos. Lloramos mientras nos abrazábamos, porque por fin, después de año y medio de solo voz, por fin éramos marido y mujer completamente. Por fin mi curiosidad se había terminado y había empezado mi amor completo.
Él me decía "te amo, te amo, te amo" a cada ratito, como si quisiera recuperar todos los "te amo" que no me había podido decir en persona. Y yo también se lo decía. Le decía "te amo, esposo, te amo".
Cuando se acabó el tiempo y nos dijeron que ya nos teníamos que ir, no nos queríamos soltar. Nos vestimos lento, abrazándonos entre cada prenda, dándonos besitos. Él me acomodó el pelo y me dijo "te ves más bonita ahora que eres mi esposa de verdad". Y yo le dije "y tú te ves más guapo ahora que eres mi esposo de verdad".
Salí de ahí con las piernas temblando, pero con el corazón lleno. Afuera mi suegra me estaba esperando y me abrazó y me dijo "¿cómo te fue, mija?". Y yo solo lloré en su hombro y le dije "bien bonito, suegra, bien bonito".
Ese 12 de diciembre se quedó en mi vientre, en mi corazón y en mi alma. Porque sin saberlo, sin planearlo, esa noche, en ese cuarto chiquito con foco parpadeando, Dios nos regaló el milagro más grande de nuestra vida. Pero eso te lo cuento en el próximo capítulo.