Muchos hombres en un Harén. Un trono y un corazón que no sabe a quién elegir. En el Reino del Sol Naciente, las mujeres gobiernan y los hombres sirven. Aiko es una princesa destinada a convertirse en emperatriz (Jotei) y, como manda la tradición, recibirá a tres consortes para empezar a formar su futuro harén.
Cada uno es diferente. Cada uno tiene sus propios secretos. Y cada uno podría ocupar un lugar distinto en el corazón de la futura emperatriz.
Pero Aiko pronto descubrirá que elegir a quién amar puede ser mucho más difícil que elegir a un compañero con quién gobernar.
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Una princesa no pide permiso
Todavía sentía el cuerpo cargado de esa energía extraña, esa mezcla de sorpresa y poder que le había dejado la noche con Kaito, pero estaba decidida: quería ver a Ren otra vez esa misma noche, luego de un baño con velas aromáticas. Y no pensaba avisarle al viejo eunuco. Quizás estaba siendo muy rebelde, pero no podía evitarlo.
Se cambió a algo más liviano, más parecido a un camisón que a un atuendo digno de una princesa, y salió de puntillas por el pasillo, seguía segura de que a esa hora nadie andaría despierto.
Se equivocaba.
—¿Princesa?—.
Aiko se quedó helada a mitad de camino. Sakura estaba ahí, apoyada contra una columna, con una expresión demasiado despierta para ser tan tarde, y los ojos yendo directo del camisón de Aiko hacia el pasillo que llevaba justo a los aposentos de los consortes.
—Sakura. Yo... —Aiko buscó algo, lo que fuera—. No podía dormir. Salí a caminar un poco, para despejarme.
—¿En camisón? —Sakura ladeó la cabeza, con una sonrisita que no terminaba de ser inocente—. Qué casualidad, a mí me pasa lo mismo. El insomnio.
Se quedaron un segundo mirándose, ninguna de las dos muy convencida de la excusa de la otra, hasta que Sakura hizo una reverencia breve y siguió su camino en dirección contraria, sin decir una palabra más. Aiko se quedó pensando que la próxima vez tendría que inventar algo mejor, aunque para cuando llegó a la puerta de Ren, en un harén que por fortuna estaba en silencio, ya se le había olvidado por completo.
No golpeó. Rodeó la habitación hasta la ventana que daba al jardín trasero y donde los consortes solían tomar sol. Aiko se trepó con más torpeza de la que hubiese querido admitir, aterrizando dentro con un ruido sordo nada digno de una princesa.
Lo que encontró la dejó congelada en el sitio.
Ren estaba de pie frente al espejo, solo cubierto por su *fundoshi, con una pequeña navaja en la mano, inclinado hacia adelante con una concentración absoluta mientras se depilaba una ceja.
Se miraron los dos, igual de paralizados.
—¡Aiko! —Ren soltó la navaja, que cayó al piso con un ruidito metálico, y se cubrió como pudo con lo primero que encontró a mano, con las orejas coloradas hasta la raíz del pelo—. Esto no es... o sea, sí es lo que parece, pero...
—No sabía que hacías eso —dijo Aiko, todavía tratando de no reírse, con las mejillas igual de encendidas que las de él.
—Todos tenemos secretos, mi señora —masculló Ren, buscando torpemente su ropa—. Dame un segundo.
—No hace falta —Aiko cruzó la habitación, la vergüenza compartida derritiéndose en algo mucho más cálido—. Me gustás así también.
Ren dejó la ropa a un costado, y algo en su mirada —esa chispa nueva, todavía encendida por lo de Kaito— hizo que se olvidara por completo de la navaja en el piso. Aiko tomó su rostro entre las manos, y con toda la dulzura del mundo, lo besó.
—¿Me extrañaste? Precioso mío —le susurró mientras lo miraba a los ojos, con devoción.
—Demasiado, princesa.
Luego, para sorpresa de Ren, siguió de la misma manera en que había terminado la noche anterior: tomando la iniciativa, marcando el ritmo, disfrutando de esa sensación todavía fresca de tener el control entre las manos. Él se dejó llevar al principio, curioso, respondiendo a cada gesto suyo con una entrega tranquila.
Pero a medida que pasaban los minutos, Aiko sintió que algo no terminaba de encajar. No era lo mismo. Con Kaito, ese control había sido un descubrimiento, algo nuevo y emocionante precisamente porque él se lo entregaba con gusto. Con Ren, en cambio, echaba de menos otra cosa: esa manera suya de mirarla como si cada segundo importara, esas manos que sabían encontrar el momento justo para tomar la delantera sin que ella tuviera que pedirlo.
—Espera —murmuró, casi en un susurro, aflojando el agarre de su amante—. Quisiera que sea como la primera vez.
Ren se detuvo, y por un momento pareció leerle el pensamiento con esa facilidad suya tan particular. No dijo nada; simplemente sonrió, despacio, y la atrajo hacia él con una suavidad amorosa que le devolvió de golpe todo lo que había extrañado sin saberlo.
Se dejó llevar entonces, soltando por completo las riendas, dejando que fuera él quien guiara cada gesto, cada caricia, mientras el resto del cuarto y del palacio y del reino entero dejaba de existir por un rato.
Aiko disfrutó con todo su ser los besos, las caricias en cada parte de su cuerpo. Y sus gemidos eran música para los oídos de su consorte, que la embestía cada vez más y más al escucharla. Ren incluso la mordió un par de veces, en el cuello y en una de sus tetillas, algo que a ella le dio cierto gusto y morbo a la vez.
Cuando finalmente el cansancio la venció, acurrucada contra su pecho, pensó que, de un modo u otro, dominando o dejándose dominar, la noche había terminado siendo tan buena como la primera. Ambos estaban exhaustos pero satisfechos.
En la madrugada, apenas unas horas después, todavía envuelta en el calor de las sábanas, Aiko se dio cuenta de que las ganas no se le habían ido con el sueño.
Debería haber vuelto a su propia habitación antes del amanecer, como correspondía; en cambio, se quedó, y cuando Ren empezó a removerse a su lado, ella ya lo estaba buscando de nuevo, sin pedirle permiso a nadie, besándolo en su espalda, en sus hombros y en su cuello, sin pensar demasiado en lo que dirían las doncellas si la veían salir de la misma habitación dos mañanas seguidas.
Era una sensación extraña, esa especie de calidez que no terminaba de apagarse. Antes de todo esto, ni siquiera sabía que algo así pudiera sentirse. Los gemidos, la explosión final, el sentir a su amante gozando, acabando y entregándose a ella sin miedo a la vergüenza, a la exposición total de sus cuerpos y de sus pensamientos. Tal vez, eso debía ser algo muy cercano al amor del que tanto hablaban sus libros. ¿O quizás no?