Mi vida terminó con un susurro roto, traicionada por el hombre que amaba, y mi muerte fue solo el comienzo. Cuando abrí los ojos, el dolor de un pasado ajeno me golpeó, revelando una verdad brutal: no estaba en el cielo ni en el infierno, sino en el cuerpo de Bárbara Drax, una mujer hermosa, manipulable y suicida. Ahora, con una segunda oportunidad y la furia de dos almas, juro que los que tuvieron la osadía de usarnos pagarán por su crimen. El juego acaba de empezar, y esta vez, la reina soy yo.
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Eres toda una joyita, Lucían
— ¡Joder! El roce de su piel, tan cerca, fue como una descarga eléctrica, una ráfaga de dopamina pura que me sacudió hasta los cimientos. — Mis pensamientos se arremolinaban, salvajes e indomables; quería besarla con una ferocidad inaudita, adueñarme de sus labios, de su aliento, de cada suspiro.
—No puedes ser un animal, debes controlarte —me reprendí a mí mismo, con una voz interna que luchaba por imponerse sobre el torbellino de mi deseo. Mi hombría estaba a mil, tan endurecida que dolía, una punzada constante que clamaba por ser aliviada.
Mi mente vagaba, dibujando fantasías audaces: quería tomarla en mis brazos, degustar su piel con una lentitud exquisita, saborear cada milímetro. Anhelaba devorarla completa, sin dejar un solo centímetro a la imaginación, desde la planta de sus delicados pies hasta el último rincón de su garganta. Quería chuparle los dedos uno a uno, morderle las piernas con pasión contenida, besar largamente cada vértebra de su exquisita espalda, trazando un camino de fuego con mis labios.
—¡Carajo! ¿Qué estoy pensando? Estoy siendo un completo depravado —exclamé para mis adentros, sintiendo cómo mis pensamientos lascivos y perversos se apoderaban de mí. El agua fría ya no estaba ayudando; su gélido abrazo era incapaz de sofocar la llama que ardía con fuerza en mi interior.
La quería ver disfrutar hasta perder la razón.
Ni siquiera habíamos compartido un primer beso, y yo ya la quería poseer.
— Estoy como un estúpido niñato aliviándome manualmente; a este paso, tendremos que dormir separados.
Al salir del baño, me encontré con la imagen más perfecta de todas: mi joven esposa estaba desparramada en la cama, totalmente despreocupada, mientras yo ardía en deseo.
No pude resistir las ganas de besarla; le di un pequeño pico en los labios, fue un ligero roce, apenas pude saborearlos. Al ver que no despertaba, tomé el atrevimiento de besarla un poco más profundo.
— Probarla una vez no fue suficiente. — Tomé con delicadeza su mandíbula y la besé por más tiempo; sus labios eran adictivos, tan dulces, tan suaves que no quería detenerme.
— No volveré a besarte sin tu consentimiento. — Es mejor mantener la distancia; si duermo abrazado a ti, temo no poder controlarme y volver a probar tus labios.
Bárbara abrió los ojos lentamente; la neblina del sueño aún cubría sus pensamientos, pero una punzada de curiosidad y una extraña familiaridad la sacaron de su letargo. Fue la profunda respiración regular de Lucian la que le indicó que él finalmente había sucumbido al sueño.
—¿Qué ha pasado aquí exactamente? —se preguntó, intentando ordenar los fragmentos que recordaba y la sensación placentera que aún persistía en sus labios.
Realmente había quedado agotada; su cuerpo pedía a gritos un descanso profundo, pero incluso en la inconsciencia, los sutiles y cálidos besos de Lucían habían logrado la hazaña de despertarla.
Una sonrisa traviesa se dibujó en sus labios mientras su mente conectaba los puntos.
—Eres toda una joyita, Lucían, ¿así que me besas mientras duermo, eh? —murmuró con un tono juguetón, su voz ronca por el reciente despertar, pero llena de una dulzura apenas contenida.
—Realmente disfruté tus besos, incluso dormida —confesó Bárbara con esa voz aún áspera por el sueño, pero con una sonrisa que ya iluminaba su rostro. Con una agilidad sorprendente para alguien recién despierta, se movió con gracia. Sin pensarlo mucho, se deslizó sobre Lucian, acomodándose encima de él, recostando su cabeza en su pecho con un suspiro largo y satisfecho. El familiar y constante latido de su corazón era una melodía tranquilizadora.
—Ni creas que me vas a dejar sin tu calor ahora que ya estoy acostumbrada —le refunfuñó con una mezcla de cariño y demanda, apretándose un poco más contra su cuerpo. La piel de Lucian, cálida y firme, era como un bálsamo reconfortante, un refugio al que se había acostumbrado con una rapidez asombrosa.
—No me puedes privar de tu cercanía, Lucian —añadió, su voz apenas un susurro, mientras sentía cómo el ritmo constante y poderoso de su corazón la arrullaba de nuevo, invitándola dulcemente a volver a los brazos de Morfeo, esta vez envuelta en esa familiar calidez.