Claudia (26 años) es la implacable CEO de Índigo Gastronómica, un imperio culinario de más de cien restaurantes. Para ella, el amor es una pésima inversión con retorno negativo; prefiere los negocios limpios y los encuentros carnales sin ataduras. Héctor (30 años) es el arrogante y codiciado líder de una constructora multimillonaria, un mujeriego empedernido convencido de que jamás sentará cabeza.
Ninguno imaginó que una fría traición familiar los encerraría en un crucero de lujo por las Bahamas. Tras una noche de alcohol, juego y choques de ego, despiertan con una resaca monumental y una farsa legal: están casados ante la ley internacional por un plan maquiavélico de sus padres.
Incomunicados en alta mar, firman una tregua para salvar sus acciones. Pero de regreso a la ciudad, la convivencia forzada en el ático, un rival desquiciado buscando venganza y un inesperado embarazo de esa noche salvaje destruirán todas sus reglas. ¿Podrá el orgullo resistir al deseo?
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CAPITULO 11 PAREDES DE CRISTAL Y AGUA BENDITA
Sostuve la mirada gris de Héctor, negándome por completo a dejarme intimidar por su cercanía o por el descarado magnetismo de su torso desnudo. Mi corazón latía desbocado contra mis costillas, pero mi rostro permaneció tan frío como el mármol de su cocina. Estiré la mano, apoyando la palma directamente sobre su pecho húmedo y firme, no para acariciarlo, sino para empujarlo sutilmente hacia atrás, obligándolo a romper el cerco físico que había creado a mi alrededor.
—No te equivoques, de la Vega —le susurré, sosteniendo su sonrisa ladina con una mueca de absoluta suficiencia—. La jaula está bien cerrada y la llave la tengo yo. Que sepa reconocer que tienes un buen físico no significa que vaya a perder la cabeza por un mujeriego en pantalones cortos. Guarda tu arrogancia para tus portadas de revista, porque conmigo necesitas mucho más que un par de abdominales y una frase picante para abrir una puerta.
Me bajé de la caminadora con total elegancia, colgué mi toalla al hombro y caminé hacia la salida del gimnasio sin mirar atrás, disfrutando el silencio estupefacto que dejé a mis espaldas. Sabía que le había dado en el ego, y esa pequeña victoria me dio la fuerza necesaria para subir en el ascensor hasta el ático manteniendo mi máscara de jefa absoluta intacta.
Sin embargo, en cuanto crucé el umbral de la suite de invitados y cerré la puerta con doble cerrojo, mi armadura de acero se desmoronó por completo. Me apoyé contra la madera, respirando de forma agitada, sintiendo cómo el calor de la adrenalina y el deseo reprimido me quemaba las entrañas. Toda la indiferencia que había fingido abajo se evaporó. Maldita sea. Héctor me atraía de una forma física que escapaba a todo mi control. Mi cuerpo recordaba perfectamente la fricción, las manos ásperas de la noche del crucero y el sabor de su boca. Estaba sufriendo un calentón monumental por su culpa y me enfurecía no poder dominar mis propios impulsos biológicos.
Desesperada por enfriar mis pensamientos y quitarme el sudor del gimnasio, me desvestí a toda prisa, dejando la ropa deportiva tirada en el suelo, y entré al baño de la habitación. Encendí la ducha. Esperaba que el agua saliera congelada para aplacar la fiebre que sentía en la piel, pero el sistema central del ático estaba programado en automático y el agua brotó en una cascada de vapor templado y relajante.
Me apoyé contra los azulejos oscuros de la pared de la ducha, dejando que el chorro de agua me empapara el moño desordenado y me resbalara por el pecho. Cerré los ojos, pero la oscuridad solo empeoró las cosas. La imagen de Héctor golpeando el saco de boxeo, el movimiento de sus músculos, el aroma a sudor y madera de su piel se proyectaron en mi mente con una claridad obscena. Mis manos, actuando por puro instinto de supervivencia carnal, bajaron de forma involuntaria por mi vientre, buscando aliviar la insoportable tensión que me oprimía el bajo vientre.
Solté un gemido ahogado, una nota ronca de pura frustración y placer que rebotó contra los azulejos de la ducha. No tenía la menor idea de que el diseño arquitectónico de ese ático de lujo tenía un secreto oculto: la pared de mi ducha compartía los conductos y el muro de carga con la ducha de la suite principal de Héctor. En el silencio de la noche, el sonido del agua y mis propios jadeos se filtraban por la estructura de mampostería como un altavoz directo hacia su territorio.
Al otro lado de la pared, Héctor se había quedado congelado bajo su propio chorro de agua fría. Escuchar el primer jadeo de Claudia, esa voz que siempre le hablaba con desprecio corporativo tiñéndose de pura vulnerabilidad erótica, fue como recibir una descarga de mil voltios directos a la entrepierna. Su excitación subió a tope en un segundo. Sintió que la sangre le hervía. Intentó respirar hondo, apoyando ambas manos contra su pared, escuchando cómo ella se abandonaba al placer de recordar la noche del barco. El autocontrol de Héctor, ese que ya estaba al límite tras la provocación del gimnasio, se pulverizó por completo. Un lobo no se queda escuchando al otro lado de la madriguera cuando la presa lo está llamando sin saberlo.
Se cerró su ducha de un golpe, se amarró una toalla a la cintura con dedos furiosos y cruzó el pasillo del ático a pasos agigantados. No le importó el pacto, no le importó la tregua, ni las reglas que Claudia había dictado hacía apenas una hora. Llegó a la puerta de la suite de invitados. Sabía que el cerrojo del baño de esa habitación se podía abrir desde afuera con el sistema de emergencia del departamento si presionabas el pestillo exterior. Lo hizo en tres segundos. La puerta del baño se abrió con un chasquido sutil en mitad del vapor.
Abrí los ojos de golpe al escuchar un ruido, interrumpiendo el movimiento de mis manos, pero no tuve tiempo ni de taparme. La puerta de cristal de mi ducha se deslizó hacia un lado con violencia, revelando la silueta imponente de Héctor. Tenía los ojos grises completamente oscurecidos, las pupilas dilatadas por el deseo salvaje y la respiración tan acelerada que su pecho subía y bajaba como si acabara de correr un maratón. Estaba empapado, con el cabello goteando sobre sus hombros.
—¿Qué demonios crees que haces aquí? ¡Te dije que...! —mi grito de protesta se quedó a medias en mi garganta.
Héctor no me dejó terminar. Dio un paso al frente, ignorando el agua que empezó a empapar su toalla, y me atrapó contra los azulejos húmedos de la pared. Su mano derecha se clavó en mi nuca, enredando sus dedos en mi cabello mojado, mientras que con la otra me sujetó la cintura con una fuerza posesiva que me dejó sin aire. Sus labios se estrellaron contra los míos en un beso hambriento, furioso, cargado de toda la tensión acumulada que nos había estado carcomiendo desde que bajamos del crucero.
El intento de resistencia de mi mente duró menos de un parpadeo. En cuanto sentí el calor abrasador de su piel desnuda contra la mía bajo el agua de la ducha, mi cuerpo respondió con una urgencia salvaje. Solté un gemido contra su boca, rodeando su cuello con mis brazos y pegándome a él por completo, permitiendo que la pasión nos arrastrara de nuevo hacia el abismo. La toalla de Héctor cayó al suelo de la ducha, olvidada. El agua corría sobre nuestros cuerpos entrelazados, borrando las líneas entre el odio, el orgullo y el deseo puro. Esa noche, el ático de la Vega se convirtió en un escenario de fuego y agua, donde ninguno de los dos estaba dispuesto a perder la batalla del placer.