Ana Karénina murió bajo las ruedas de un tren, destruida por un amor que nunca estuvo dispuesto a luchar por ella.
Pero el destino le concede una segunda oportunidad.
Ana despierta en el pasado con todos sus recuerdos intactos. Esta vez no será la esposa obediente de Karénin ni la mujer que cae rendida ante Vronsky. Conoce el final de su historia y está decidida a cambiarlo.
También conoce un secreto.
Alejandro II, el poderoso Zar de Rusia, algún día se enamorará perdidamente de Ekaterina Dolgorúkova.
Ana no piensa permitir que esa historia se repita.
Ella no busca un amante. Busca un hombre capaz de amarla con la misma intensidad con la que ella sabe entregarse.
Así comienza su juego más peligroso: conquistar al Zar, proteger a su hijo Seriozha y arrebatarle al destino el lugar que considera suyo.
Esta vez, Ana no morirá por amor. Será ella quien escriba el final.
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El Golpe de la Marea
Al presenciar al pequeño Serguéi señalando desesperadamente las turbias, profundas y heladas aguas de la gran laguna ornamental del palacio imperial, Ana Karénina no vaciló ni un solo segundo en actuar. Comprendió al instante la incalculable magnitud histórica de aquel preciso momento: en el trágico recuerdo de su vida pasada, el joven Aleksandr había permanecido sumergido cerca de treinta largos minutos antes de que los soldados de la guardia lograran sacarlo a la superficie, un terrible accidente que agravó de manera irreparable los severos principios de tuberculosis que años más tarde le arrebatarían la vida en plena juventud, impidiéndole así reinar sobre el Imperio Ruso. Sin pensarlo dos veces, Ana se despojó del pesado abrigo de pieles que cubría sus hombros y se arrojó con violencia y determinación a las aguas congeladas de la piscina ornamental.
Nadó con una desesperación feroz contra la corriente fría que amenazaba con entumecer sus extremidades en cuestión de segundos, hundiéndose en la penumbra acuática hasta lograr alcanzar los pesados ropajes del joven príncipe heredero. Agarró al muchacho por el cuello de su uniforme con toda la fuerza sobrehumana que le proporcionó el pánico y emergió a la superficie justo en el preciso instante en que el Zar Alejandro II y los soldados de la guardia imperial alcanzaban la orilla de piedra. Entre varios brazos masculinos y temblorosos sostuvieron al joven Aleksandr, quien se encontraba tiritando y completamente desmayado, trasladándolo de inmediato a toda prisa hacia los aposentos de los médicos imperiales en el interior del ala principal del palacio.
Por su parte, la Zarina María Aleksándrovna, confinada desde hacía meses en la rigurosa privacidad de sus aposentos y profundamente debilitada por la tuberculosis pulmonar que la consumía lentamente en el encierro, ni siquiera pudo estar presente en el lugar de la tragedia ni enterarse a tiempo del peligro mortal que había amenazado la vida de su hijo primogénito.
Ana, completamente empapada y con los pliegos del vestido de seda chorreando agua helada sobre los pulidos mármoles del pasillo principal, no se separó ni un solo paso de la comitiva médica que llevaba al muchacho. Su rostro reflejó una preocupación viva, transparente, desesperada y real que impactó de manera profunda e indeleble a todos los miembros de la corte aristocrática presentes en el recinto. Se mantuvo firme y erguida junto a la pesada puerta de madera de la sala médica con las manos tiritando por el frío extremo, aguardando con angustia contenida el diagnóstico oficial de los doctores mientras la incertidumbre y los murmullos invadían cada rincón de los pasillos imperiales.
Alejandro II, al verla tiritar sin descanso con los oscuros cabellos pegados a la piel pálida de su rostro, se acercó a ella abrumado por una inmensa e inexpresable gratitud, con la mirada completamente desencajada por la conmoción del momento.
—Ana, por Dios santísimo, has salvado la vida de mi hijo y heredero... —murmuro el Zar con la voz entrecortada por el llanto y la emoción contenida, tomándola suave y firmemente de las manos congeladas—. Debes ir de inmediato a mis aposentos privados a cambiarte de ropa o caerás gravemente enferma por el frío. No toleraré por ningún motivo que te pase nada malo tras haber protagonizado semejante acto de valor divino ante los ojos de toda esta corte.
Ana asintió en absoluto silencio, manteniendo una mirada cargada de devoción y fragilidad, y se retiró con paso cansado pero firme escoltada por el fiel Ivanov hacia las estancias privadas y exclusivas del soberano. Los sirvientes imperiales se apresuraron a encender el fuego en la gran chimenea de la alcoba, preparando mantas secas y té caliente para reconfortarla tras el agónico rescate.
Mientras se despojaba de las ropas húmedas junto al fuego abrasador de la chimenea encendida en la alcoba imperial, Ana contempló el reflejo de las llamas en el cristal de la ventana. Una sonrisa de profunda, fría y absoluta satisfacción se dibujó lentamente en sus labios. Sabía con absoluta certeza que con aquella acción heroica no solo había salvado la existencia física del futuro soberano del Imperio Ruso, sino que había reescrito por completo el destino de la dinastía Romanov. Al acortar el tiempo que el joven príncipe permaneció sumergido en las aguas heladas, evitó que la tuberculosis dañara irreversiblemente sus pulmones, asegurando que Aleksandr creciera fuerte y pudiera llegar a reinar en el futuro.
La noticia del heroico rescate comenzó a propagarse de inmediato por todos los pasillos y salones del Palacio de Invierno. Los ministros, los generales de la guardia imperial y las damas de la aristocracia, que horas antes la observaban con recelo, desconfianza y desprecio, comentaban ahora con asombro la audacia inquebrantable de la señora Karénina. Nadie en toda Rusia podía cuestionar ya su presencia en el entorno del Zar, pues había demostrado una lealtad y un valor que superaban con creces a los de cualquier miembro de la nobleza.
Ivanov ingresó a la estancia portando un vestuario seco de fina confección enviado por orden directa del monarca, inclinando la cabeza con una reverencia que reflejaba una admiración sincera.
—Señora Karénina, el médico imperial acaba de confirmar que el Gran Duque Aleksandr ha recuperado el conocimiento y se encuentra fuera de todo peligro —informó el asistente con voz firme—. Su Majestad ha dispuesto que permanezca en el palacio todo el tiempo que sea necesario para su descanso.
—Gracias, Ivanov —respondió Ana con serenidad, envolviéndose en las mantas secas—. Mi única preocupación era la salud del joven heredero. Que Dios proteja siempre a la familia imperial.
Ivanov se retiró en silencio, dejando a Ana en la calidez de la habitación. Al quedarse a solas, Ana miró sus manos, que aún conservaban un leve temblor por el esfuerzo físico realizado en la laguna. Sabía que a partir de ese momento su posición en el Imperio no dependía únicamente del afecto romántico del Zar, sino de una deuda de gratitud impagable que la corona rusa jamás podría olvidar. Había cambiado el rumbo de la historia a su favor, consolidando de manera inexpugnable su influencia y su dominio en el corazón del poder.
Vaya decisión de la prota, siempre fue un lobo al acecho vestida con piel de oveja calculando todo y saliéndose con la suya, haciendole ver al Zar que era el cazador y a la final siempre fue la presa