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Destinado A Las Cenizas

Destinado A Las Cenizas

Status: En proceso
Genre:Romance / Aventura / Héroes
Popularitas:123
Nilai: 5
nombre de autor: Nickto

Un joven general cuenta sus experiencias de vida que lo llevaron al punto en el que se encuentra. Errores del pasado se pagan con sangre en el presente.
Cuenta cómo su mundo cambió totalmente hace ya veintidós años cuando apenas tenía quince; cómo, por las guerras, ha perdido seres queridos y camaradas que espera volver a ver algún día en el otro mundo. Todo inicia con su padre, Oemirus, quien lideró el asalto a la ciudad de Palfidias y se convirtió en héroe. Pero un trágico malentendido diplomático sembró la semilla de una venganza brutal.En ese entonces, un ejército colosal arrasa el reino de Wilders con un solo objetivo: borrar del mapa el linaje y el pueblo de Oemirus.¿Podrá su hijo Mélon sobrevivir a la tormenta que desató su propio padre?

NovelToon tiene autorización de Nickto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Decisiónes difíciles

Llegué al salón del rey poco después de que un guardia me mandara a llamar.

Cuando entré, vi a Stelios junto a Kallias. Frente a ellos había un hombre que no reconocí.

Por sus ropas podía notar que no pertenecía a nuestro reino.

Stelios me hizo una señal para que me acercara.

—Mélon, él es un emisario de la tribu Sasanis.

El hombre inclinó ligeramente la cabeza.

—Es un honor conocerte.

Respondí al saludo antes de mirar nuevamente al rey.

—¿Qué está ocurriendo?

Stelios permaneció unos segundos en silencio.

—Los Sasanis son un pueblo sometido bajo el dominio del Imperio Aserio.

Miré al emisario.

—¿Y qué necesitas de nosotros?

El hombre respiró profundamente.

—Necesitamos ayuda.

Su voz sonaba cansada.

—Desde vuestra victoria contra el ejército Aserio, han comenzado a producirse revueltas en distintos lugares del imperio.

Kallias frunció el ceño.

—¿Revueltas?

—Sí. Muchos de los estados vasallos han comenzado a darse cuenta de que el poder de los Aserios puede ser enfrentado.

Sentí que algo encajaba.

Recordé que, después de la batalla del puente, los Aserios no habían vuelto a realizar ninguna incursión.

Hasta ese momento no entendía por qué.

Pero ahora sí.

—Por eso no han regresado...

Todos me miraron.

—Su ejército sufrió una derrota enorme —continué—. Y mientras nosotros nos preparábamos para otra batalla, ellos tuvieron que desviar su atención para controlar las revueltas dentro de su propio territorio.

El emisario asintió.

—Exactamente.

Stelios cruzó los brazos.

—Pero eso no significa que hayan perdido su poder.

—Lo sé, su alteza—dijo el emisario.

El hombre bajó la mirada.

—Por eso hemos venido a pedir vuestra ayuda.

Kallias lo observó con atención.

—¿Quieres que enviemos soldados?

—Sí.

El emisario levantó la mirada.

—Por favor. No solo para ayudar a mi pueblo. Hay otros pueblos que también quieren liberarse.

Sentí un escalofrío.

En ese momento recordé las palabras de Emira.

Quizá puedas hacer algo más.

Aquella conversación había quedado en mi cabeza desde entonces.

El emisario dio un paso hacia ellos.

—Los Aserios están atacando nuestros poblados constantemente. No lo hacen porque todos nos revelaramos. Lo hacen para probar nuevas armas y entrenar fuerzas de élite.

Su voz comenzó a quebrarse.

—Somos tratados como esclavos... incluso peor.

Stelios permaneció serio.

—No puedo enviar un ejército.

El emisario lo miró desesperadamente.

—Majestad...

—No sabemos si esto es realmente una petición de ayuda o una trampa.

Kallias asintió lentamente.

—Podrían estar intentando atraer a nuestras tropas para vengarse de lo ocurrido en el puente.

El emisario negó con la cabeza.

—¡No!

Su desesperación era evidente.

—Os estoy diciendo la verdad.

Stelios no apartó la mirada.

—Quiero creerlo, pero no puedo arriesgar a todo un ejército basándome únicamente en tus palabras.

El hombre apretó los puños.

—Entonces... ¿qué será de nosotros?

Nadie respondió.

Lo miré durante unos segundos.

Después miré a Stelios.

—Tiene razón.

El rey levantó ligeramente una ceja.

—¿Qué quieres decir?

—No puedes sacrificar a Kallias ni a todo un ejército por una posibilidad.

Kallias me miró.

—Mélon...

—Pero yo puedo ir.

El salón quedó en silencio.

—¿Tú?

—Con los soldados de mi unidad que estén dispuestos a acompañarme.

El emisario abrió los ojos.

—¿Lo harías?

Asentí.

—No sé si esto es una trampa. Tampoco sé qué encontraremos allí. Pero si existe una posibilidad de ayudar a un pueblo que está luchando por su libertad, quiero intentarlo.

El hombre parecía estar a punto de llorar.

—Gracias...

Stelios permaneció pensativo durante unos segundos.

Finalmente, asintió.

—De acuerdo.

El emisario respiró aliviado.

—Te daré hasta mañana para decidir quiénes te acompañarán.

—Gracias, majestad.

Salí del salón.

Sin embargo, apenas había avanzado unos pasos cuando vi a Griseia.

Estaba esperándome.

Su rostro mostraba preocupación.

—Mélon...

—¿Qué ocurre?

Se acercó a mí.

—Escuche lo que estás pensando hacer.

—No es exactamente lo que estoy pensando. Ya tomé la decisión.

Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

—Es una locura.

—Puede serlo.

—Podrías morir.

No respondí.

Griseia apretó los labios.

—No puedes arriesgar tu vida de esa manera por un pueblo que ni siquiera conoces.

—No puedo quedarme de brazos cruzados si realmente necesitan ayuda.

—¿Y si es una trampa?

—Entonces tendremos que enfrentarnos a ella.

Griseia negó con la cabeza.

—Mélon...

—No puedo dejar que esa gente muera.

La miré directamente.

—Si existe una posibilidad de acabar con la tiranía de los Aserios, voy a intentarlo.

Griseia parecía querer decir algo más.

Pero me marché antes de escucharla.

Sabía que estaba preocupada.

Y una parte de mí también lo estaba.

Pero no podía ignorar aquella petición.

Me dirigí al cuartel.

Cuando llegué, mi unidad estaba entrenando.

También estaban allí Iséro, Milena y Kállos.

Hice una señal para que todos se reunieran.

Los soldados dejaron de entrenar y se acercaron.

—Tengo algo que decir.

Todos guardaron silencio.

—El rey ha recibido a un emisario de un pueblo sometido por los Aserios.

Comencé a explicarles lo ocurrido.

Les conté sobre las revueltas y la petición de ayuda.

—El rey no puede enviar un ejército porque existe la posibilidad de que sea una trampa.

Algunos soldados intercambiaron miradas.

—Yo he decidido ir.

Hubo silencio.

—Pero nadie está obligado a acompañarme.

Miré a todos.

—Si alguien quiere quedarse por su familia o porque no está dispuesto a correr ese riesgo, lo entenderé completamente.

Nadie habló.

Pasaron unos segundos.

Después, uno de los soldados dio un paso adelante.

—Yo iré.

Otro levantó la mano.

—Yo también.

Poco a poco comenzaron a aparecer más voluntarios.

Algunos permanecieron en silencio.

Otros negaron con la cabeza.

No me molestó.

Entendía perfectamente que algunos no quisieran arriesgar sus vidas y dejar atrás a sus familias.

Después de unos minutos, la mayoría había decidido acompañarme.

Los miré.

—Gracias.

Sentí algo de orgullo.

No porque fueran a arriesgar sus vidas por mí.

Sino porque, a pesar del miedo, habían decidido ayudar a otras personas.

Me dirigí nuevamente hacia el castillo para informar al rey.

Pero escuché pasos detrás de mí.

Me giré.

Eran Iséro, Milena y Kállos.

—Nosotros iremos contigo —dijo Iséro.

Negué con la cabeza.

—No.

Kállos frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque no quiero perderlos.

—Ese es nuestro trabajo —respondió ella.

—No.

La miré directamente.

—Su trabajo es proteger el reino y a la familia real.

Kállos permaneció en silencio.

—Si esto es una trampa y todos nosotros morimos, el reino necesitará guerreros capaces de defenderlo.

Milena bajó la mirada.

—Mélon...

—Necesito que se queden.

Kállos tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Mi trabajo es protegerte.

—Y el mío es asegurarme de que sigas viva para proteger a los demás.

Ella apretó los labios.

Finalmente, se dio la vuelta y se marchó.

Milena la siguió.

Iséro se quedó conmigo.

—No entiendo por qué quieres arriesgarte tú solo.

—No voy solo. Tendré a los soldados de la unidad.

—Sabes a qué me refiero.

Suspiré.

—Puede ser una emboscada. Si todos vamos y realmente lo es, podríamos morir.

Lo miré.

—Si eso ocurre, el reino perdería a tres buenos guerreros que Kallias necesita para proteger el reino.

Iséro quiso responder.

Pero me marché antes de que pudiera hacerlo.

Cuando llegué al castillo, Stelios ya me esperaba.

—¿Cuántos?

—Doscientos cincuenta están dispuestos a acompañarme.

Stelios asintió.

—¿Y los demás?

—Se quedarán.

Hice una pausa.

—También quiero pedirte algo.

—¿Que?

—Quiero que Iséro, Milena y Kállos permanezcan en el reino.

Stelios me observó.

—¿Por qué?

—Por si realmente es una trampa. Si nosotros caemos, los Aserios podrían aprovecharlo para atacar nuevamente.

El rey permaneció pensativo.

—De acuerdo.

Respiré aliviado.

—Gracias.

—Mélon, no es necesario que hagas esto.

Lo miré.

—Sí lo es.

—¿Por qué?

—Porque si hay un pueblo que necesita ayuda, quiero hacer todo lo posible para que pueda recuperar su libertad.

Bajé la mirada durante unos segundos.

—No quiero que otras personas tengan que vivir en la desesperación y el dolor que están sufrido ellos.

Stelios sonrió ligeramente.

—Hice bien en elegirte como capitán.

Sentí una pequeña emoción al escuchar aquellas palabras.

—Te deseo la mejor de las suertes.

—Gracias por toda la ayuda que me has dado durante este tiempo.

Me incliné ligeramente.

—Te seré leal hasta mi último aliento.

Antes de marcharme, recordé algo.

—Hay una última cosa.

—¿Qué ocurre?

—Quiero pedirte que le entregues un mensaje a Melos.

—¿Qué quieres que le diga?

—Que estaré de viaje durante un tiempo. Tal vez pasen algunos meses antes de que vuelva a saber de mí.

Hice una pausa.

—Pero que no se preocupe. Volveré.

Stelios asintió.

—Se lo diré.

Salí del castillo y regresé a casa.

Cuando entré, Emira y Priemo estaban esperándome.

Sus rostros mostraban preocupación.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Priemo.

Les conté todo.

El pequeño parecía preocupado.

—¿Vas a ir?

—Sí.

Me acerqué a él.

—Pero tú debes seguir entrenando.

Asintió lentamente.

—Lo haré.

—Y cuida de tu hermana.

—Lo haré.

Miré a Emira.

Ella no dijo nada.

Simplemente se levantó y caminó hacia su habitación.

La observé alejarse.

No entendía qué le ocurría.

Decidí preparar la cena.

Cuando llegó la hora de comer, Emira bajó.

Se sentó frente a nosotros.

En su rostro podía notarse que había estado llorando.

Ninguno dijo nada.

Comimos en silencio.

Después de terminar, Priemo se levantó.

—Buenas noches.

—Buenas noches —respondí.

Cuando se marchó, Emira y yo quedamos solos.

La miré.

—Emira, ¿podemos hablar un segundo?

Ella se sentó nuevamente sin decir nada.

—Quiero que sepas que esta casa queda a tu cargo mientras esté fuera.

Emira levantó la mirada.

—Si las chicas quieren venir a dormir o quieres invitarlas para no estar sola, puedes hacerlo sin problemas.

Sonreí ligeramente.

—Esta también es tu casa.

Ella permaneció en silencio.

Finalmente, habló.

—No quiero que te vayas.

Sus palabras fueron apenas un susurro.

—Emira...

—No quiero.

Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.

—Sé que eres así. Sé que no puedes quedarte quieto cuando alguien necesita ayuda.

Se secó una lágrima.

—Pero me duele pensar que podría perderte.

Me quedé mirándola.

—¿Perderme?

Asintió.

—Eres importante para mí.

Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.

No sabía qué decir.

Así que simplemente me acerqué y la abracé.

Emira se quedó sorprendida.

Después me abrazó con fuerza.

—Voy a volver —le dije.

Ella no respondió.

Solo permaneció abrazada a mí.

—No tienes que preocuparte.

Cerré los ojos durante unos segundos.

—Volveré a casa. Te lo prometo.

En ese momento me di cuenta que había tomado una decisión difícil de aceptar para mis seres queridos, sentí que el peso de la misión era mucho mayor de lo que había imaginado.

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