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El Placer Del Tirano

El Placer Del Tirano

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Romance / Posesivo
Popularitas:3.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Gianna Viteri (gilover28)

«Tocar al emperador significa la muerte. Negarse a su placer... significa arder.» Regla I: Nunca sostengas la mirada del soberano. Regla II: Nunca toques su piel, a menos que él te lo ordene. Regla III: Oculta tus visiones; si él descubre lo que ves, jamás te dejará escapar. Lian creció jurando que jamás se arrodillaría ante Li Yan, el recién coronado soberano conocido como el «Tirano de Sangre». Su madre le advirtió que un gobernante oscuro estaba atado a su alma y que su destino era salvarlo, pero Lian solo sentía desprecio por el hombre que ahogaba la corte en ejecuciones. Hasta que es capturada y obligada a arrodillarse ante su trono. Frente a la espada desenvainada de Li Yan, Lian no suplica clemencia: le clava la mirada con furia pura. En ese instante, los ojos despiadados del emperador se quiebran por primera vez en su vida. Fascinado por la insolencia de una simple artesana, Li Yan decide perdonarle la vida y confinarla a sus aposentos privados. Encerrada en la jaula de oro del palacio, el secreto se desata: Lian ve el futuro a través de sueños premonitorios y del contacto piel con piel. Y su tacto es la única droga capaz de calmar el insomnio y la locura de sangre que consumen a Li Yan por las noches. Cuando una afrenta rebelde colma la paciencia del monarca, el castigo nocturno rompe toda distancia. Entre sábanas de seda imperial, el odio mutuo se convierte en un fuego devorador donde cada caricia desata visiones letales de conspiración, traición y sangre. Ella juró no doblegarse. Él juró no tener piedad. Pero en las sombras de la recámara imperial, el placer del tirano se convertirá en la perdición de ambos.

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Capítulo 21

El choque de su boca contra la mía frente a todo el imperio fue un puñetazo de realidad.

No le importó la presencia del gran canciller con la frente pegada a las baldosas heladas. No le importaron los generales que aún desmontaban sus caballos exhaustos tras tres días de marcha forzada. La mano de Li Yan, sucia de hollín y sangre reseca, se cerró con fuerza de hierro en la base de mi nuca, sujetándome con una devoción tan bruta que me cortó el aliento. Sus labios sabían a pólvora, a sudor y a la nieve amarga del norte; una mezcla áspera que me invadió la boca en cuanto entreabrí los labios por la sorpresa.

Mis dedos se aferraron a las placas frías de su coraza. Iba a empujarlo, iba a recordarle que estábamos a la vista de cientos de ojos que no tardarían en conspirar por semejante falta de decoro imperial.

Pero el contacto directo desató una marea imparable. Sentí cómo el tormento que llevaba acumulado en las sienes tras días de vigilia y masacre se drenaba de golpe hacia mis palmas; sus hombros, duros como la roca, bajaron apenas dos centímetros al encontrar el alivio de mi piel. El monstruo temblaba de fatiga, pero se negaba a soltarme.

Un gemido ahogado se me escapó contra su garganta y, en lugar de apartarme, mis brazos subieron por su cuello, enredando mis dedos en el pelo húmedo de escarcha que le caía sobre la espalda.

Un murmullo sordo y contenido corrió por el patio. El emperador jamás tocaba a nadie sin desenvainar el acero. Verlo devorar la boca de una artesana en medio del lodo de la plaza de armas selló mi destino ante toda la corte de una forma más sangrienta y definitiva que cualquier decreto de oro.

Li Yan rompió el beso despacio, con un gruñido ronco en el pecho. Mantuvo su frente apoyada contra la mía, respirando con bocanadas pesadas que formaban nubes de vaho blanco entre nuestros rostros. Sus ojos oscuros, febriles por la adrenalina que aún no se le enfriaba en las venas, me miraban como si nada más en este maldito mundo mereciera respirar.

—Estás temblando —susurró, con una aspereza en la voz que solo yo alcancé a escuchar.

—Hace frío, imbécil —le solté en un hilo de voz temblorosa, aunque los dos sabíamos que el fuego que me quemaba el estómago no tenía nada que ver con el viento del invierno.

Una sonrisa torcida y letal le curvó la comisura de los labios, ensanchando el corte reciente que le manchaba la mejilla izquierda.

Se enderezó de golpe, recuperando la postura imponente del soberano. Sin soltarme la cintura con su brazo izquierdo, alzó la mano derecha hacia el comandante Jin, que permanecía cuadrado a tres pasos de nosotros con la mano sobre la empuñadura de la espada.

—Que nadie pise el Pabellón del Dragón hasta nuevo aviso —bramó Li Yan, y su voz de trueno retumbó en las murallas, haciendo que los ministros se encogieran aún más sobre el granito húmedo—. Desarmen los campamentos del sur. A los cautivos de la emboscada... ejecútenlos en la ribera del río antes de que oscurezca. No quiero prisioneros consumiendo grano imperial.

—¡A la orden de Su Majestad! —rugió Jin, golpeándose la coraza con el puño cerrado.

Sin esperar una sola reverencia más, Li Yan me levantó en vilo del suelo con un solo movimiento de su brazo alrededor de mis muslos. Solté un grito sordo de sorpresa mientras me aferraba a sus hombros anchos por instinto; mis faldas de lana verde se agitaron sobre las botas de hierro mientras él cruzaba a zancadas pesadas la escalinata ceremonial, ignorando a la corte que se abría a su paso como aguas partidas por una cuchilla.

Cruzó los corredores interiores sin reducir la marcha. Las doncellas y los sirvientes que limpiaban los pilares se arrojaban de rodillas contra los muros al verlo pasar con la armadura tintineando y la respiración pesada.

Cuando llegó a los aposentos imperiales, pateó las pesadas puertas dobles de cedro para abrirlas y las cerró detrás de nosotros con un golpe sordo del talón. La traba de bronce cayó con un chasquido definitivo.

La recámara estaba tibia por los braseros que las sirvientas habían dejado encendidos, impregnada de incienso de madera de pino.

Li Yan no me bajó con cuidado. Me dejó caer sobre el colchón inmenso de la cama imperial, haciendo que las sábanas de seda roja crujieran bajo mi peso. Antes de que pudiera incorporarme sobre los codos, él ya se estaba arrancando las piezas de combate: arrojó la pesada espada envainada sobre la mesa de ébano con un estrépito metálico, soltó los broches de cuero de la coraza y dejó caer las placas de hierro negro al suelo, donde resonaron con un eco pesado.

Se despojó de la túnica exterior rasgada y manchada de barro, quedando únicamente con los pantalones oscuros ceñidos y el torso cubierto de una fina película de sudor y cicatrices viejas que brillaban bajo la luz tenue de las lámparas de aceite.

Avanzó hacia la cama con la mirada fija en mí, como un depredador que tras días de cacería en la nieve por fin reclama su guarida.

—Li Yan... espera —dije, retrocediendo hacia la cabecera de madera tallada mientras me recogía las faldas—. Hueles a sangre. Tienes un corte abierto en la cara...

—Me importa una mierda la sangre —gruñó él, subiendo a la cama con una agilidad felina que me cortó la retirada.

Gateó sobre las sábanas hasta quedar sobre mí, acorralándome entre sus brazos de piedra. El calor que desprendía su piel desnuda era abrasador, un contraste violento con el frío que aún traía pegado a las ropas. Sus manos grandes se cerraron a ambos lados de mi cabeza, enterrándose en los cojines de seda.

—Tres días, Lian —susurró, con la voz rota por la fatiga y por un hambre que le hacía temblar la mandíbula—. Tres días con la nieve en los ojos y el eco de esa maldita flecha rondándome la cabeza. Cada vez que decapitaba a un rebelde en ese desfiladero, solo podía pensar en volver a meter mis manos en este cuerpo.

—Si no te hubiera enviado ese halcón, ahora estarías pudriéndote bajo la escarcha —le espeté, intentando mantener la voz firme mientras su cercanía me hacía latir el pulso en la garganta como un tambor de guerra.

Li Yan bajó la cabeza despacio, rozando la punta de su nariz afilada a lo largo de mi mandíbula hasta llegar al hueco caliente bajo mi oreja. Respiró hondo, absorbiendo mi olor como si fuera aire puro tras años de asfixia.

—Lo sé —murmuró, y la aspereza de sus labios contra mi piel me arrancó un escalofrío tan violento que arqueé la espalda involuntariamente—. Me salvaste otra vez. Y por eso mismo, no te vas a librar de mí en toda la noche.

Sus dedos bajaron con urgencia hacia el cuello de mi vestido de lana. No se molestó en desatar las cintas de plata: tiró de la tela con un movimiento seco, rasgando el tejido desde el escote hasta la cintura con un chasquido limpio que dejó mis pechos expuestos al aire tibio de la estancia.

—¡Li Yan! —protesté, golpeándole el hombro con el puño cerrado.

Pero el contacto de mis nudillos contra su carne viva solo encendió la mecha. Li Yan me atrapó ambas muñecas con una sola mano, inmovilizándomelas contra el colchón por encima de mi cabeza, y bajó la boca de golpe sobre mi pecho, atrapando la piel sensible con los labios y los dientes en una mordida posesiva que me arrancó un gemido agudo y quebrado.

El choque de su cuerpo pesado aplastándome contra la seda roja desató la sobrecarga.

La piel contra la piel. El alivio brutal que él sentía al tenerme abajo se me coló por las venas como veneno caliente. Vi un destello rápido detrás de mis ojos cerrados: vi las cuatro esquinas de este mismo palacio arrodilladas ante un trono donde dos coronas de jade descansaban juntas; vi su mano sosteniendo la mía sobre un edicto imperial sellado con bermellón... y sentí en mi pecho esa misma certeza demoledora de la visión del jardín: ya no era solo su necesidad de salvar la cabeza de la locura.

Era que este tirano me pertenecía tanto como yo me estaba rindiendo a su fuego.

—Mírame, Lian —me exigió con un gruñido bajo, soltando mis muñecas para bajar las manos hacia mis caderas, apretando la carne firme a través de las enaguas restantes hasta hacerlas a un lado—. Dime que me odias. Dímelo ahora mientras te deshaces entre mis dedos.

—Te odio... —alcancé a jadear, con los ojos nublados por las lágrimas y la boca entreabierta buscando aire.

Li Yan sonrió con una ferocidad oscura, encajándose entre mis muslos abiertos con una lentitud implacable.

—Mientes con la boca, pero tu cuerpo no sabe fingir —susurró contra mis labios.

Y sin darme un segundo más de tregua, se hundió en mí con una estocada profunda, pesada y ardiente que hizo crujir los postes de cedro del lecho imperial, llevándose mi último grito de orgullo hacia el fuego insaciable de su piel.

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Martha Divas Delgado
k bueno k le quite lo pdj al funcionario y lo degollen
Martha Divas Delgado
excelente inicio me gusta ☺️
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