Lala Salcedo creyó que su boda con Damián Alcázar sería el inicio de una vida tranquila. Pero el mismo día de la ceremonia, su media hermana Iris, enferma y mimada por toda la familia, le arrebata el vestido, el novio y hasta el lugar que durante años le perteneció.
Lo que nadie esperaba era que Lala dejara de agachar la cabeza.
Con el corazón roto, una empresa en las manos y demasiadas cuentas pendientes, decide cobrar cada humillación una por una. Damián cree que puede volver cuando quiera. La familia Salcedo cree que todavía puede usarla. Iris cree que todo lo que Lala ama puede terminar en sus manos.
Hasta que aparece Sebastián Suárez, el heredero más reservado y poderoso de la ciudad, dispuesto a respaldarla cuando todos esperan verla caer.
Pero en un mundo de familias ricas, secretos viejos y amores que llegan demasiado tarde, Lala tendrá que descubrir quién quiere salvarla de verdad… y quién solo quiere usarla otra vez.
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Capítulo 22
Capítulo 22
—¿Te acercaste a mí para sacarme el corazón?
La pregunta salió pastosa, rota por el alcohol.
Sebastián se quedó inmóvil frente al sofá.
—¿Qué?
—O los pulmones. O la sangre. No sé. Tú no estás bien. Tu mamá tampoco. Son demasiado buenos conmigo sin razón. Eso da miedo.
Me hundí en el respaldo y agité una mano sin fuerza.
—Mucho miedo.
Él me miró largo rato.
—¿Por eso te alejaste? ¿Porque pensaste que mi familia y yo queríamos aprovechar tu sangre?
—No... no solo por eso. Tú también eres peligroso.
—¿Qué hice?
—Eres demasiado guapo. Demasiado correcto. Una baja la guardia.
Sebastián sonrió con cansancio.
—Hace rato intentaste besarme en el coche y yo me aparté. La peligrosa eres tú.
—No. Yo soy blandita. Todos me pisan.
Su voz cambió.
—Ya no. Si quieres, yo te cuido.
Lo miré con los ojos medio cerrados.
—¿Por qué?
Él se inclinó un poco.
—Lala, ¿de verdad no me reconoces?
—Sí. Sebastián Suárez. El intocable.
—Recuerdas mi nombre, pero no lo demás.
—¿Qué demás?
—Nada. Duerme.
Se levantó, trajo una manta y volvió. Me acomodó en el sofá, me quitó los tacones y me cubrió hasta los hombros.
Cuando su mano estaba cerca de mi cara, abrí los ojos.
—Eres tan guapo que dan ganas de besarte.
Su mano se quedó quieta.
—¿Quieres intentarlo?
—Sí.
No recuerdo quién se acercó primero.
Solo recuerdo sus labios.
Suaves.
Demasiado reales para ser sueño.
Lo besé una vez, luego otra, y murmuré contra su boca:
—Tus labios son como gelatina. Podría besarlos todos los días.
Su respiración se hizo más baja.
—Lala, ¿sabes lo que estás haciendo?
—Claro. Ya estamos casados. Un beso no cuenta.
—¿No cuenta?
—No.
—Entonces no voy a ser tan educado.
Una sombra se inclinó sobre mí. El olor limpio de su ropa me envolvió.
Y entonces el alcohol subió como ola.
—Voy a...
Sebastián alcanzó el bote de basura a tiempo.
Vomité.
Vomité hasta quedar sin fuerza.
Él me sostuvo el cabello, me dio agua, limpió lo que tenía que limpiar. Después de eso, la noche se rompió en pedazos: una luz encendida en la cocina, agua corriendo, una olla sobre la estufa, su espalda moviéndose en mi departamento pequeño.
No supe cuándo se fue.
Desperté al día siguiente al caerme del sofá.
Me quedé sentada en el piso, confundida, con la manta enredada en las piernas. La cabeza me dolía como si alguien hubiera metido música dentro de mi cráneo.
Recordaba la fiesta de Vivi, los chicos, la crema del pastel, la risa de Mía.
Después, nada claro.
O casi nada.
Tenía imágenes sueltas de Sebastián. Abrazos. Besos.
Seguro era un sueño.
Me levanté como pude, busqué el celular y vi llamadas perdidas de Cere, de Vivi, de varios directivos y de Héctor.
Era lunes.
Héctor había citado junta en Comercial Altamar para formalizar mis acciones.
Le mandé mensaje a Cere: estaba indispuesta, llegaría por la tarde.
Luego abrí el grupo de amigas.
Más de quinientos mensajes.
Fotos.
Videos.
Yo cantando con un chico.
Yo haciendo que los muchachos se sentaran en fila para embarrarles crema en la nariz.
Yo con tiara, banda y cara de reina sin reino.
Quise morir de vergüenza.
Escribí:
【Ya desperté. Estoy viva.】
Sofía Navarro respondió con varios stickers. Vivi pidió que guardara los videos para cuando necesitara autoestima. Yo mentí diciendo que me dolía la cabeza y salí del grupo.
Me bañé para quitarme el olor a alcohol.
Después fui a la cocina por agua.
Debajo de la jarra había una nota.
Caldo suave en la olla. Arroz blanco en la arrocera. Agua mineral en el refrigerador. Come algo cuando despiertes.
La letra era firme.
Sebastián.
Me quedé helada.
No había sido sueño.
Corrí a la cocina. La arrocera seguía en modo tibio. En la olla había caldo claro. Sebastián Suárez, con todo lo que era, había cocinado en mi cocina estrecha para una mujer borracha que lo había confundido con un hombre contratado.
Llamé a Vivi.
—¿Cómo llegué a casa?
—¿Yo qué sé? A mí me subieron al coche casi cargada. ¿Tú también no recuerdas?
—Creo que Sebastián me llevó.
—¿Sebastián Suárez? ¿Y cómo sabía dónde vivías?
—No sé.
No le conté el resto.
Comí caldo y arroz. Me sentí mejor.
Al ordenar la sala, encontré un reloj sobre la mesa.
Patek Philippe.
Sebastián lo había dejado.
Lo sostuve entre los dedos y el corazón empezó otra vez con ese desorden peligroso.
Si él quería algo malo de mí, anoche yo estuve indefensa.
No hizo nada.
Me cuidó.
Limpió.
Cocinó.
Y se fue.
No tuve valor de llamarlo.
Esperé a que él pidiera el reloj.
No llamó.
Por la tarde fui a Comercial Altamar. Firmé documentos y quedé formalmente como segunda accionista más importante, detrás de Héctor.
Al salir de la sala, le dije:
—Hoy es mi cumpleaños. No lo recordabas, ¿verdad?
Héctor me miró con desprecio.
—¿Para qué voy a recordar un día de mala suerte?
—Entonces recuerda este. Desde hoy empezaste a cavar tu propia tumba.
No esperé respuesta.
Fui con mi abuela y mi tía. Les conté lo de las acciones. Mi tía se alegró, pero también me advirtió:
—Héctor no regala nada. Ten cuidado.
—Lo sé.
Durante la cena hablamos de la empresa, de los empleados que mi tía había despedido y de cómo por fin íbamos tomando aire.
Entonces sonó el timbre.
La señora que ayudaba en casa abrió y volvió al comedor.
—Señorita, vino el señor Alcázar.
Damián entró con un pastel en una mano y suplementos caros en la otra.
—Abuela, tía. Hoy es cumpleaños de Lala. Vine a acompañarlas.
Mi buen humor se apagó.
Buena la novela 🥰
se hace demasiada larga
se hace demasiada larga