Camila Fernández se despertó en la cama de un hotel con un hombre que intentaba matarla, acusándola de haberle tendido una trampa. Pero la realidad era peor de lo ella esperaba.
Su propio hermano había organizado todo con la intención de sacarle dinero a Mateo Vázquez, el hombre con quien paso la noche y cuando obtuvo lo que quería, desapareció.
Dos meses después Camila estaba sola con su abuela, sus padres se habían quitado la vida al irse a la ruina, su hermano estaba desaparecido y ahora ella, estaba embarazada de Mateo.
Cuando su hermano Nicolás regresa y descubre el embarazo, corre con la familia Vázquez para sacar provecho y ahora, Camila está atrapada en un matrimonio con un hombre que la desprecia.
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Capítulo 22
Capítulo 22
Seguí con fiebre todo el día. Dormía un rato, me despertaba otro, tomaba agua y volvía a caer. Estaba medio dormida cuando escuché abrirse la puerta.
—Señora, le traje la medicación —había dicho antes la señora Marta.
Yo pensé que era ella otra vez.
—Quiero agua —murmuré.
Nadie contestó.
Abrí los ojos.
No era la señora Marta.
Era Sofía.
Tenía el vaso en la mano y una sonrisa que ya me daba ganas de pegarle.
—¿Qué hacés acá?
—Vine a pedirte perdón.
No le creí ni medio segundo. Y menos cuando la vi inclinar el vaso y tirar todo el remedio en el cesto.
—¿Estás loca?
—No grites. Te hace peor.
Levantó el vaso vacío delante de mi cara.
—¿Lo querías, no?
Quise sentarme, pero tenía el cuerpo flojo y la cabeza me daba vueltas. Sofía se acercó más y me agarró del camisón.
—Escuchame bien. Vos no mandás acá. Estás en esta casa porque llevás a ese bebé. Nada más.
No le contesté. No tenía ganas de verla disfrutar.
Pero cuando la vi mirar mi mano vendada, se me heló la sangre.
Apoyó la rodilla arriba del dedo lastimado.
Primero fue presión.
Después dolor.
Después una cosa espantosa que me subió por todo el brazo.
—¡Ah!
Quise sacármela de encima, pero no pude. Ella apretó más.
—¿Duele? Eso te pasa por hacerte la viva.
Se me llenaron los ojos de lágrimas. Me mordí el labio para no gritar otra vez.
—Soltame… hija de puta…
Sofía se rio.
—Encima insultás.
Levantó un poco la rodilla y pensé que ya estaba. No. Se inclinó más sobre mí y me habló bajito.
—Ya que estamos, te digo algo más. El gato de Julieta lo maté yo. Lo envenené y lo dejé en tu cuarto.
La miré sin entender.
—Mentira.
—Ojalá. Y lo mejor es que Mateo lo sabe.
Me quedé helada.
—No.
—Sí. Siempre supo que vos no tuviste nada que ver. Pero ya viste a quién prefiere cubrir.
No sé de dónde saqué fuerzas, pero levanté la mano sana y le pegué una cachetada con todo lo que tenía adentro.
Sofía se fue para atrás y se agarró la cara.
—Vos…
Se venía encima mío cuando la puerta se abrió.
Entró Mateo. Detrás de él, la señora Marta.
Sofía se largó a llorar al instante.
—¡Mati! Esta loca me pegó.
Yo seguía medio hundida en la cama, respirando mal, con el dedo latiéndome como si me lo estuvieran arrancando. Mateo miró la cara de Sofía y después me miró a mí.
—¿Le pegaste vos?
No le contesté.
Sofía siguió con el show.
—Vine a pedirle perdón por todo. Hasta le traje el remedio. Pero se puso como loca y me arañó. Mirá cómo me dejó.
Mateo se acercó a la cama y me agarró del brazo para incorporarme.
—Camila, una cosa es que estés enferma y otra que hagas lo que querés.
Lo miré.
Ya estaba.
No me había preguntado nada y ya había decidido creerle a ella.
—Pedile perdón a Sofía.
—No.
—No me obligues a repetírtelo.
—No le voy a pedir perdón.
Sofía hizo esa muequita suya que da ganas de romperle la cara.
—¿Ves? Porque ahora tiene al bebé cree que puede hacer cualquier cosa. Mejor dejala. Después corre con la abuela y el malo sos vos.
Ahí se le terminó de prender fuego el mal humor.
Mateo me soltó de golpe.
—Perfecto. Entonces te vas unos días a la casa del lago. Y no volvés hasta que se te baje la soberbia.
La señora Marta quiso meterse.
—Señor, por favor…
—Preparale un bolso.
No le discutí más. Me dolía la mano, me dolía la cabeza y ya no tenía fuerzas para verle la cara a ninguno de los dos.
Mientras la señora Marta me ayudaba a cambiarme, me dijo bajito:
—Diga una palabra y esto termina acá.
Negué con la cabeza.
—No hice nada.
—Ya sé.
—Entonces no me voy a disculpar.
La señora Marta me ayudó a ponerme las medias porque con una sola mano no podía ni eso.
—No se me vaya a desmayar ahora.
—No prometo nada.
Agarró el bolso y me ayudó a ponerme de pie. Antes de abrir la puerta me dijo:
—Usted me hace acordar mucho a mi hija.
La miré.
—Tendría más o menos su edad.
No supe qué decirle. Le apreté la mano sana y salimos.
Cuando llegamos al patio, ya era de noche. El aire frío me pegó en la cara y me mareé. Mateo estaba al lado del auto, duro como una pared. Sofía apareció otra vez, feliz de la vida.
—Cuidame al sobri allá, ¿sí? Escuché que esa casa queda bastante aislada.
La miré fijo.
—Ojalá un día te toque alguien como vos.
La sonrisa se le borró un segundo. Después volvió.
—No creo.
La señora Marta me apretó suave el brazo, como pidiéndome que no siguiera. Tenía razón. Si abría la boca un poco más, terminaba cayéndome ahí mismo.
Mateo abrió la puerta del auto.
—Subí.
Lo miré de frente.
—No te preocupes. Ya entendí cuál es mi lugar.
Me sostuvo la mirada, pero no dijo nada.
Eso me dolió más de lo que quería admitir.
Me acomodé como pude para subir. La mano me ardía, la cabeza me daba vueltas y el cuerpo se me iba apagando de a poco.