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Gemelos genios y un CEO implacable

Gemelos genios y un CEO implacable

Status: Terminada
Genre:CEO / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:3.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Eli Priwanti

Una noche que no debía ocurrir. Un secreto que dura siete años. Y dos niños dispuestos a cambiarlo todo.

Ariana lo había perdido casi todo: el cariño de su padre, su lugar en casa, su sueño de estudiar. Lo único que le quedaba era su tenacidad. Hasta que una trampa cruel la arroja a los brazos de Edgar Alcázar, el presidente del imperio empresarial más poderoso del país, un hombre tan atractivo como glacial. Al amanecer, ella huye con un secreto que jamás imaginó llevar.

Siete años después, Ariana ha rehecho su vida lejos de todo, convertida en madre de unos gemelos que no son niños comunes: Rayan y Zayan son dos pequeños genios capaces de hackear cualquier sistema... y de trazar el plan maestro para encontrar al padre que nunca conocieron.

Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, Edgar no piensa dejarla ir por segunda vez. Pero entre ellos se interponen viejas heridas, un comisario que la protegió en silencio durante años y una familia dispuesta a todo con tal de arrebatarle la herencia al heredero.

¿Podrá el amor sobrevivir a siete años de mentiras y a los secretos que aún no han salido a la luz?

NovelToon tiene autorización de Eli Priwanti para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

El ambiente en la cocina estrecha del local se volvió de golpe silencioso e incómodo. Solo se oía el tictac del reloj de pared y el goteo de la lluvia que aún caía afuera.

Edgar, un hombre maduro y respetado en el mundo de los negocios, perdió de pronto toda su seguridad. En toda su vida había tenido muy poca experiencia con las mujeres. Desde la adolescencia hasta convertir al Grupo Alcázar en una empresa colosal, había volcado su tiempo entero en el trabajo. Nunca había probado la dulzura de un noviazgo. Sin saber por dónde empezar, dejó escapar un largo suspiro.

Pero qué patético eres, Edgar. Tienes delante justo a la mujer cuya foto abrazas y besas en el portarretrato, y te quedas mudo. Vamos, ¡tú puedes!, se decía por dentro, dándose ánimos con el pecho en tormenta.

Del otro lado, Ariana sentía exactamente lo mismo. Desde sus años de colegio hasta ahora, jamás había tenido novio. El único hombre adulto cercano en todo ese tiempo había sido Ramiro, a quien consideraba como a un hermano de sangre.

—Yo... —dijo Edgar.

—Yo... —lo interrumpió Ariana al mismo tiempo.

Los dos se quedaron cortados al hablar a la vez. Al unísono esbozaron una sonrisa leve que derritió la rigidez que los envolvía desde hacía rato.

—Bien, las damas primero —cedió Edgar. El ambiente se tornó de pronto más cálido y relajado.

—Usted primero, señor —respondió Ariana en voz baja.

Edgar frunció apenas el ceño y luego asintió con un gesto pequeño.

—Está bien, si así lo quieres, Ariana. Solo quiero decirte que te pido perdón con toda el alma por lo que pasó aquella noche. Me destrocé por dentro al darme cuenta de que habías desaparecido.

Edgar le sostuvo la mirada, y su voz sonó ronca y sincera.

—Te busqué por todas partes, Ariana. Fui a tu casa, pero allí ya te había echado tu padre. Te busqué también en la Universidad Nacional, y me encontré con Renata, hasta que supe que había sido ella quien te escondía a escondidas junto con su hermano, Ramiro... ¿No es así?

Ariana guardó silencio; ya no podía negarlo. Toda la secuencia de hechos que Edgar recitaba era la pura verdad.

—Y sobre esa noche maldita... no fue del todo por mi voluntad ni fue culpa mía, Ariana. Alguien me tendió una trampa, alguien que quería destruir mi reputación a propósito —continuó Edgar, con la mirada grave y llena de arrepentimiento.

Ariana tomó aire despacio y luego lo miró con calma.

—Ya lo sé todo, señor.

El corazón de Edgar dio un vuelco. Abrió los ojos de par en par, sin imaginar que aquella frase saldría de los labios de la mujer que tenía enfrente. Frunció el ceño con fuerza. La curiosidad le carcomía la mente.

—¿Cómo puedes saberlo todo, Ariana? ¿Quién te contó esto?

Ariana se apretó los dedos sobre el regazo. Reunió el valor para desenterrar la vieja herida que había guardado tan celosamente.

—Aquella noche fatídica... todo fue una trampa de mi madrastra y de mi hermanastra —relató, con la voz temblando apenas—. Se valieron de alguien a su servicio, una tal Desi. Ella me dio a beber algo con un afrodisíaco hasta dejarme inconsciente... Y cuando desperté, ya estaba en aquella cama lujosa, junto a usted.

Edgar apretó el puño sobre la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Los ojos le ardían de rabia.

—Malditos... ¡Así que los dos no fuimos más que víctimas de gente ruin, sedienta de dinero y de poder!

Ariana asintió despacio, con los ojos ya anegados. Continuó con el trágico destino de Desi, hallada muerta poco después, en una escena montada como un suicidio para cerrar el caso, antes de por fin narrar aquel episodio espantoso de hacía siete años.

—Unos días después de esa noche, a mí y a nana Meche nos secuestró un grupo de hombres de traje negro —siguió Ariana—. El que los comandaba esa noche dijo llamarse David. Un hombre que alguna vez vi de pie junto a usted, en la fiesta de cumpleaños del señor Fernando.

El corazón de Edgar volvió a dar un vuelco; el pecho se le sintió como golpeado por una piedra enorme.

—Entonces... ¿David fue de verdad el autor de todo?

—Sí, él me secuestró a mí y a nana Meche. Si no me cree, puede preguntárselo usted mismo a ella —afirmó Ariana con firmeza—. En el cautiverio, David me obligó a mentir. Quería que confesara ante la prensa que usted era un hombre impotente. El tío Ramiro me explicó después... que David tenía pánico de que usted tuviera un heredero.

El llanto de Ariana por fin estalló. Los hombros se le sacudieron con violencia.

—¡Por eso preferí irme y cambiar de identidad! ¡Todo para proteger a mi propia sangre... No quería que mis hijos fueran víctimas de la codicia de David! —gritó Ariana con el alma rota. El cuerpo le temblaba al imaginar la suerte de Rayan y Zayan.

Al verla sollozar con el cuerpo tembloroso, el muro de soberbia de Edgar se desmoronó por completo. El hombre firme se levantó de la silla, se acercó y se arrodilló justo frente a Ariana. Con suavidad, pero con firmeza, le tomó entre las suyas las manos heladas.

—Si solo hubiera podido encontrarte antes... tú y nuestros hijos no habrían sufrido así —dijo Edgar con hondo pesar, los ojos vidriosos, conteniendo las lágrimas—. Ariana, por favor, no tengas miedo. Yo seré siempre tu protector y el de nuestros hijos. Y por favor, nunca pienses que voy a arrebatarte a Rayan y a Zayan. No, Ariana... Solo quiero que mis dos hijos sepan que hay un padre que los extraña con toda el alma y que quiere abrazarlos.

Al escuchar esa confesión salida de lo más hondo del corazón de Edgar, la rabia de Ariana se derritió al instante. Un calor extraño y desconocido le trepó por el pecho.

Ahora, los dos pares de ojos quedaron enlazados. Edgar alzó despacio la mano, ahuecó con ternura las mejillas de Ariana y le enjugó las lágrimas con el pulgar. Un rubor tenue les tiñó el rostro a ambos, creando un instante romántico, de una intimidad extrema, en medio del silencio del local.

—Ariana, te prometo que siempre los protegeré, a ti y a los niños... Jamás voy a permitir que nadie vuelva a hacerles daño —susurró Edgar, embelesado.

Pero justo cuando la distancia entre sus rostros se acortaba...

¡Pum!

La puerta del local se abrió de un empujón. La figura de Ramiro se alzaba firme en el umbral, todavía con el uniforme completo de la policía. Los ojos se le abrieron de par en par ante la escena que tenía delante.

—Azucena... ¿Quién es ese hombre? —La voz de Ramiro retumbó y llenó la habitación.

Ariana pegó un respingo y apartó de inmediato el rostro de la caricia de Edgar, con el corazón latiéndole a mil.

Ramiro entró con la mirada afilada y encendida. El pecho le rugía al ver la intimidad que acababa de servirse ante sus ojos. Como el hombre que durante siete años había puesto el cuerpo para proteger a Ariana y a los gemelos de toda clase de peligros, su instinto protector se disparó hasta las nubes. No soportaba en absoluto ver a Ariana tan cerca de un desconocido, y menos aún que ese hombre hubiera estado a punto de besarla.

Ramiro cruzó la sala a grandes zancadas hacia la mesa, recortó la distancia y se plantó justo frente a Edgar.

El ambiente dentro del local se volvió de pronto asfixiante, cargado con el aura intimidante de aquellos dos hombres imponentes. Ramiro estudió con atención las facciones de Edgar. A un oficial de inteligencia como él le bastaron unos segundos para reconocer la figura que tenía enfrente. Las pupilas se le dilataron un instante antes de mudar en una mirada llena de cautela.

Edgar Alcázar..., se dijo Ramiro con un estremecimiento cortante. Este era el epicentro de todas las amenazas que habían obligado a Ariana a vivir escondida durante años.

Sin rodeos, Ramiro miró de frente los ojos de Edgar y pronunció una orden fría e incontestable.

—Lo mejor es que se vaya de aquí. ¡No vuelva a poner un pie en este lugar! Su presencia solo traerá desgracia para Ariana y para los gemelos —sentenció Ramiro, apretando cada palabra.

Al oír aquella expulsión, a Edgar se le tensó la mandíbula de inmediato. La ira le hirvió en el pecho; no aceptaba que lo echaran así, sin más, de delante de la mujer y de su propia sangre. Cerró el puño con tal fuerza que los nudillos se le blanquearon, luchando por contener la emoción para no estallar frente a Ariana.

—Soy el padre biológico de Rayan y de Zayan, ¡y tengo todo el derecho de estar cerca de ellos! —replicó Edgar con voz grave y contenida.

—¿Padre? —Ramiro sonrió con sarcasmo y avanzó un paso más—. ¿Y dónde estaba ese derecho durante los siete años en que Ariana se dejó la vida criándolos sola? ¿Dónde estaba usted cuando la vida de Ariana corría peligro a manos de gente de su propia familia?

Ariana, atrapada entre los dos hombres, se quedó de pie, temblando.

—Ramiro... señor Edgar... por favor, no peleen aquí... —susurró con un hilo de voz y los ojos vidriosos, temiendo que los gemelos, afuera, alcanzaran a oír la disputa.

Continuará...

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Graciela Saiz
no entiendo porque ellos sabiendo que Edgar es el padre de los gemelos, no o le dijeron nada, muy mal 😡,
Graciela Saiz
y porqué ese policía hermano de Renata la esconde de Édgar, si el no es culpable 🤔😡
Tere Jimenez
gracias increíble novela hermosa un abrazo gracias
Tere Jimenez
muy bueno el libro muchas felicidades increíble familia espero nos regales más éxitos tuyos bendiciones y felicidades
Noemi Fernandez
makdutos ambiciosos pero haci les va ir
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