Elena es una psicóloga pragmática con un secreto que maneja en estricta privacidad: tiene la capacidad de ver y escuchar a las personas que recién han fallecido, ayudándolas a cerrar asuntos pendientes para poder marchar en paz.
Su rutina profesional se quiebra la noche en que se cruza con el fantasma de un hombre. A diferencia de sus pacientes habituales, él no busca consuelo: busca respuestas. Era un criminal a sueldo ejecutado por sus propios aliados tras fallar en su última misión: asesinar a Elena. El problema es que él tampoco sabe por qué fue incapaz de apretar el gatillo cuando la tuvo enfrente.
Mientras la sombra de este hombre la acecha buscando entender qué los conecta, Elena comienza a experimentar recuerdos que no le pertenecen y visiones de épocas que jamás vivió. Para salvar su vida en el presente, Elena deberá descubrir qué secreto del pasado los ató la primera vez... y por qué alguien está dispuesto a matarla de nuevo.
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Capitulo 12: El peso del tiempo y la huida en el asfalto.
El impacto contra el suelo de tierra y piedra del callejón le sacudió las articulaciones con una violencia sorda, pero Alana no se permitió perder ni un solo segundo de tregua. Con el morral apretado contra el pecho como si fuera un escudo de vital importancia, echó a correr en la penumbra del amanecer, sintiendo que el aire frío y espeso de la madrugada le quemaba los pulmones a cada bocanada desesperada. Cada pisada resonaba en el estrecho pasaje entre las paredes de ladrillo visto, un eco rítmico que amenazaba con delatarla ante cualquier entidad que acechara en la oscuridad.
A sus espaldas, un silbido agudo y antinatural cortó el viento con la precisión de una cuchilla. No era el ruido habitual de la ciudad despertando, ni el murmullo lejano del tráfico de la avenida principal; era un coro de susurros superpuestos que parecía brotar directamente de las grietas del cemento y de la propia atmósfera, una cacofonía de voces incorpóreas que reclamaban su atención.
—Elena... no puedes huir de lo que llevas cosido al alma —resonó una de las voces, flotando con una cercanía aterradora a la altura de su oreja derecha, como si una presencia invisible caminara exactamente al compás de sus zapatillas.
Alana dobló bruscamente en la esquina de la cuadra, esquivando por milímetros un montón de bolsas de basura acumuladas frente a una casa vieja. El calor en la base de su cuello ya no era un simple ardor molesto; se había transformado en un latido constante, un pulso frenético que parecía sincronizarse con el ritmo acelerado de su propio corazón. Tenía la certeza absoluta de que si se detenía un solo instante, las sombras la alcanzarían y absorberían lo poco que quedaba de su cordura.
Buscó a tientas dentro del bolsillo lateral de su morral, con los dedos entumecidos por la tensión y el frío, hasta rozar la superficie metálica y pulida del espejo de plata. En el instante exacto en que sus yemas tocaron el relieve de las violetas talladas, una sutil pero intensa ráfaga de luz violeta brotó entre los pliegues de la lona, iluminando el pavimento frente a ella y revelando algo que la hizo frenar en seco, derrapando sobre el suelo polvoriento.
Bajo la luz de las farolas parpadeantes que aún resistían el final de la noche, su propia sombra proyectada en el asfalto no guardaba ninguna correspondencia con su cuerpo. La silueta reflejada en el suelo pertenecía a una mujer de época, vestida con un traje largo y estructurado, con la mano firmemente levantada en un claro gesto de advertencia hacia el peligro que la acechaba.
—Si la luz se apaga, la memoria se pierde —murmuró la voz de la mujer desde la superficie del espejo, esta vez con una claridad cristalina y serena que contrastaba de manera brutal con el pánico absoluto que sacudía cada fibra del ser de Alana.
Apretando los dientes con fuerza, con los ojos ardiendo por el esfuerzo y el terror, Alana dio media vuelta y corrió los últimos metros hacia la avenida principal. Allí, los primeros autobuses de ruta urbana y algunos transeúntes madrugadores comenzaban a dar vida a la rutina diaria de la ciudad. Era un refugio caótico pero real; entre el gentío, las sombras perderían su ventaja o al menos se verían obligadas a retroceder ante la presencia de la vida cotidiana.
Se mezcló entre un grupo de personas que esperaba el transporte, intentando regular su respiración y alisarse un poco la chaqueta para no llamar la atención. Sin embargo, sabía que esto era solo una tregua temporal. El verdadero misterio seguía latente dentro de su morral, pesando como una lápida invisible sobre su espalda.
Minutos después, tras un trayecto silencioso y tenso a bordo de un autobús que la alejó unas cuantas cuadras de su casa, Alana logró refugiarse en un pequeño local de la zona que abría antes del amanecer, un rincón apartado donde el aroma a café recién colado intentaba disipar la atmósfera pesada que la perseguía. Buscó una mesa al fondo, contra la pared, donde la luz tenue de una bombilla colgante le permitiera examinar lo que había robado del desván familiar sin levantar sospechas.
Con manos temblorosas, abrió la cremallera del morral y sacó el reloj de arena de bronce forjado.
Al colocarlo sobre la pequeña mesa de fórmica, la realidad pareció distorsionarse por un segundo. El cristal fino resguardaba una arena de un tono violeta tan intenso que parecía brillar con luz propia, absorbiendo los reflejos del entorno. Pero lo verdaderamente perturbador no era su color, sino su comportamiento. Los granos microscópicos no caían de arriba a abajo de manera uniforme y predecible; flotaban levemente, ascendían y descendían a saltos irregulares, marcando un tiempo que no pertenecía al reloj biológico del mundo exterior, sino al compás de su propio linaje.
Alana acercó el rostro, fascinada y aterrorizada a partes iguales, y pudo notar que en la base de bronce del reloj había una inscripción grabada en una filigrana casi imperceptible: «El tiempo de Elena es el despertar de Alana; el círculo se cierra cuando la arena toca el origen.»
—¿Qué significa esto? —susurró para sí misma, sintiendo que las piezas de un rompecabezas imposible comenzaban a unirse a la fuerza en su cabeza—. No soy una simple estudiante intentando escribir una historia de ficción. Todo esto... lo que escribí en los capítulos, lo que el diario cuenta, lo que veo en el espejo... está ocurriendo de verdad. Yo soy la pieza que faltaba en este tablero.
El calor en los tres lunares de su cuello experimentó una nueva pulsación, esta vez más cálida, como una caricia reconfortante que disipaba parte del miedo acumulado. Alana comprendió, con una mezcla de vértigo y una terca determinación, que ya no había marcha atrás. Podía intentar regresar a su vida ordinaria, a sus cuadernos de universidad, a las tareas rutinarias y a las preocupaciones cotidianas.
Tomó el espejo de plata con firmeza, guardó el reloj de arena con sumo cuidado dentro de su morral y levantó la mirada hacia la ventana del local, donde el sol finalmente comenzaba a romper el horizonte, tiñendo el cielo de un tono dorado y violeta.