León es un Omega dominante que odia a los alfas debido a su niñes donde muchos abusaron de el y lo maltrataron, el se niega a ser el Omega de un alfa pero se le hará difícil cuando encuentra su alfa destino Mateo que es una ternura El buscará conquistar a su Omega a como de lugar
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Capitulo 20
A la mañana siguiente, León despertó antes que el sol terminara de asomarse por las ventanas de la mansión.
Lo primero que percibió fue ese aroma.
Ese dulce e inconfundible olor a melón que solo pertenecía a una persona.
Sonrió sin abrir los ojos, dejando que el perfume de su alfa lo envolviera por completo, acunándolo en una sensación de seguridad que todavía le costaba creer que era real.
Cuando finalmente abrió los párpados, se encontró con el rostro dormido de Mateo. Las vendas ya habían sido retiradas, dejando al descubierto las pequeñas cicatrices que el café hirviendo había grabado en su piel. Pero para León, no eran defectos. Eran marcas de amor. Pruebas de que este alfa daría todo por él.
Con una ternura infinita, levantó la mano y acarició suavemente su mejilla, recorriendo con la yema de los dedos esas nuevas líneas en su piel. Con cuidado de no despertarlo.
Pero Mateo, incluso dormido, percibía a su omega. Una sonrisa se dibujó lentamente en sus labios sin necesidad de abrir los ojos.
—Perdón —susurró León, sonrojándose—. No quería despertarte.
Mateo abrió los ojos, y la primera imagen que vio fue a León. Siempre León. Su luz. Su vida.
—Está bien, mi amor —respondió, llevando su propia mano al rostro de León, cubriendo la que ya estaba allí—. No te preocupes.
Se quedaron así unos segundos, simplemente mirándose, respirando el aire que compartían, existiendo el uno para el otro.
—¿Desayunamos? —preguntó Mateo finalmente.
—Sí —respondió León con una sonrisa.
...
Bajaron juntos a la cocina, como ya era rutina. Y como cada mañana, la hermanita pequeña de Mateo ya estaba allí, saltando en su silla con el delantal de ositos puesto.
—¡Hermano León! ¡Hermano Mateo! —gritó al verlos—. ¡Vamos a hacer panqueques!
Y los tres se pusieron manos a la obra. Mateo se encargaba de la masa, León de vigilar que no se quemaran, y la pequeña de "decorar" con chispas de colores que terminaban más en el suelo que en los panqueques.
Pero reían. Siempre reían.
Mientras desayunaban, Mateo aprovechó para hablar.
—Ya hablé con mis padres —dijo, con una sonrisa nerviosa—. Ellos estarán de viaje de negocios un tiempo, pero están totalmente de acuerdo con que te quedes a vivir con nosotros.
León sintió un calor extraño en el pecho. ¿Eso era... esperanza?
—Espero no ser una molestia —murmuró, bajando la mirada.
—No digas eso, mi amor —Mateo le levantó la barbilla con suavidad—. No eres una molestia. Eres parte de la familia.
—¡Es verdad! —interrumpió la pequeña con la boca llena de panqueque—. Hermano León, yo te amo.
León sintió que los ojos se le humedecían. Miró a esa niña que lo había aceptado sin condiciones, que lo llamaba "hermano", que le había devuelto la fe en que las familias podían ser así.
Luego miró a Mateo, que lo observaba con una ternura infinita.
—¿Lo ves? —dijo Mateo, con esa sonrisa que iluminaba habitaciones.
León asintió, sin poder hablar.
...
Después de llevar a la pequeña a la escuela, caminaron hacia la universidad. De la mano. Como siempre.
—Espérame un momento —dijo Mateo, soltando su mano suavemente—. Voy a comprar unos dulces.
León asintió y se quedó apoyado contra una pared, observando a su alfa alejarse.
Fue entonces cuando lo vio.
Un omega, que había estado merodeando cerca, se encaminó directo hacia Mateo con una expresión estudiada de casualidad.
León reconoció esa mirada. La había visto demasiadas veces en los últimos días. Era otro contratado de Cala.
El omega fingió un tropiezo justo cuando Mateo pasaba junto a él, lanzándose hacia su cuerpo con la esperanza de caer en sus brazos.
Pero Mateo, con esos reflejos de alfa que solo tenía para esquivar peligros (o pretendientes), se hizo a un lado con una agilidad sorprendente.
El omega cayó al suelo. Contra el suelo duro. Sin amortiguación. Sin brazos que lo atraparan.
—Perdón —dijo Mateo, y sin más, PASÓ POR ENCIMA DE ÉL y siguió caminando hacia el puesto de dulces.
León, que había visto toda la escena, sintió que los ojos se le abrían como platos.
Y entonces, no pudo evitarlo.
La carcajada estalló desde lo más profundo de su pecho. Una risa genuina, sonora, libre. Se dobló sobre sí mismo, agarrándose el estómago, mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas.
Mateo, que ya volvía con los dulces en la mano, escuchó esa risa y sintió que el corazón se le llenaba.
—¿De qué te ríes, mi amor? —preguntó, acercándose con una sonrisa que se ampliaba al escucharlo.
Porque la risa de León era contagiosa. Era luz. Era música.
—¡Acabas de pasar por encima de un omega en el suelo! —logró decir León entre carcajadas—. ¡Literalmente PASÓ POR ENCIMA!
Mateo miró hacia atrás, donde el omega aún estaba en el suelo, mirándolos con una mezcla de incredulidad y vergüenza.
—Ah, ¿esa persona? —dijo Mateo con total naturalidad—. Pues estaba en el suelo y yo tenía que pasar. No iba a rodearlo solo porque está tirado.
León rió más fuerte, aferrándose al brazo de Mateo para no caerse.
—¡Eres increíble!
—Solo tengo prisa por llegar a donde estás tú —respondió Mateo, con esa ternura que desarmaba—. El resto no existe.
El omega en el suelo finalmente se levantó y se alejó, derrotado, con el teléfono sonándole (probablemente Cala reclamando otro fracaso).
León, ya más calmado pero todavía sonriendo, tomó la mano de Mateo.
—Te amo —dijo, con una sinceridad que iluminaba su rostro.
—Y yo a ti —respondió Mateo, besando su frente—. Más que ayer, menos que mañana. Siempre.
Y siguieron caminando, dejando atrás al omega derrotado, a Cala y sus planes ridículos, a todos los que intentaban separarlos.
Porque mientras pudieran reír juntos, mientras pudieran amarse así, nada ni nadie podría con ellos.
Nada
espero el siguiente capítulo