Joana había aprendido a vivir sin esperar nada. Cerró puertas, apagó deseos y se acostumbró a la calma de un silencio elegido… o impuesto.Hasta que alguien irrumpió en su vida.Un hombre más jóven, con miradas que encendieron lo que ella creía, con un deseo tan puro como peligroso. Lo que empezó como un juego imposible pronto se volvió una verdad innegable: el amor no entiende de edades, ni de juicios, ni de prohibiciones. Esta antología es un viaje hacia lo inesperado, un homenaje a los amores que llegan tarde… o demasiado pronto. Porque a veces lo prohibido no es un error. Es el único acierto capaz de cambiarlo todo.
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El eco de lo prohibido
Dos días después, el sol de la tarde bañaba las paredes de la antigua biblioteca que el bufete estaba ayudando a restaurar para una fundación. Joana y Marco caminaban entre estanterías vacías, maderas nobles recién tratadas y el polvillo dorado que flotaba en el aire. El olor a barniz y a papel antiguo inundaba el ambiente, creando una atmósfera de intimidad forzada. Joana se esforzaba por concentrarse en los términos de la donación y la logística de la mudanza de los archivos, pero era imposible ignorar que, en ese espacio silencioso, Marco era el único sonido que sus sentidos querían registrar.
Él caminaba a su lado con una naturalidad exasperante, ajustando ocasionalmente los documentos que sostenía. Cada vez que ella se detenía para señalar una de las estancias, él acortaba la distancia, rozando sutilmente su hombro o su brazo al inclinarse para leer una anotación. Joana sentía un calor incómodo que le subía por el cuello, erizándole la piel, pero mantenía la mirada fija en los papeles, aferrándose a ellos como a un náufrago.
—Este anexo sobre la conservación —dijo él, inclinándose sobre ella hasta que su aliento le rozó la mejilla— podría ser más sólido si reforzamos la cláusula de responsabilidad.
Joana contuvo un escalofrío. Sus dedos apretaban la carpeta con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. No podía negar que la cercanía del muchacho la desestabilizaba, que cada gesto suyo provocaba una reacción física que su mente trataba de impugnar sin éxito.
—Correcto —respondió ella, con una voz más rígida de lo habitual, intentando imponer autoridad no solo sobre el proyecto, sino sobre la electricidad que él generaba—. Quedará más firme así.
Marco sonrió de lado, disfrutando de su victoria silenciosa. Se acercó un paso más, lo suficiente para que el roce de sus brazos fuera constante.
—¿Sabes? —murmuró él, con una voz cargada de una intención que no tenía nada que ver con el trabajo—. Si estuviéramos a solas, en otro lugar… te mostraría que no todo tiene que ser tan rígido para ser emocionante.
Ella tragó saliva, pero mantuvo su postura. Se sintió extrañamente aliviada cuando terminó la visita y pudo regresar al despacho sola, aunque la ausencia de él se sentía como un vacío frío.
El día siguiente comenzó con la rutina de siempre: el zumbido de los teléfonos, el aroma del café recién hecho y el murmullo de los colegas. Joana intentaba refugiarse en el trabajo, pero Marco lo complicaba todo con su mera existencia. Había aceptado reunirse con él para cerrar los últimos flecos del informe, convencida de que la luz del día y el ambiente público de la oficina le darían la distancia necesaria. Se equivocó.
Marco apareció con una carpeta y esa sonrisa que parecía un desafío personal.
—Buenos días, Joana —dijo, y la forma en que pronunció su nombre hizo que un escalofrío le recorriera la espalda—. Espero que tu día esté tan ordenado como tu escritorio… aunque apuesto a que tu mente es ahora mismo un caos absoluto.
Ella levantó la vista, ajustando sus gafas y los papeles sobre la mesa.
—Buenos días —respondió con voz neutra, aunque su corazón ya corría a una velocidad peligrosa.
Marco dejó la carpeta sobre la mesa y se inclinó para mirar los documentos junto a ella. Su torso rozó sutilmente el brazo de Joana, y ella contuvo un temblor.
—Sabes... si estuviéramos solos aquí… —susurró él, tan bajo que el sonido se perdió entre los ruidos de la oficina para todos menos para ella—, te enseñaría que cada pausa y cada roce accidental podrían convertirse en algo mucho más intenso. Mis manos recorrerían tu cuerpo mientras te inclinas sobre estos papeles, y tus gemidos… nadie los escucharía, porque me los bebería todos.
Joana apartó la vista, apretando las manos para contener la agitación en su pecho. Cada palabra de Marco estaba grabando memorias que ella no sabía cómo borrar.
—Te aseguro, muñeca —murmuró él, inclinando la cabeza hasta que su mejilla rozó apenas la de ella—, que tu cuerpo me respondería mucho antes que tu mente. Y tu mente acabaría entendiendo que cada uno de tus suspiros me pertenece.
Joana tragó saliva, ajustándose la blusa que de pronto sentía demasiado estrecha, como si le faltara el aire. Marco aprovechó su indecisión y se inclinó un poco más, dejando su aliento cálido sobre su oído:
—Imagínate que estamos solos. Mis manos recorriendo tus hombros, bajando por tu espalda hasta tus caderas, mis labios rozando tu cuello mientras desciendo lentamente por tu piel…
Joana cerró los ojos un instante. La tensión se volvió insoportable. Sus dedos temblaban y su respiración se aceleró. Cada frase de Marco despertaba sensaciones que ella había enterrado bajo capas de disciplina y luto.
—Si alguna vez te atrevieras a venir a mi departamento —susurró él mientras se apoyaba junto a su mesa—, sentirías cómo mis labios trazan cada curva de tu piel, y cómo tu cuerpo responde sin que puedas evitarlo.
Ella se mordió el labio, conteniendo un estremecimiento que subía desde su pelvis. Marco lo notó y su sonrisa se volvió más profunda.
—Lo sé —continuó él—. Sientes cada palabra, aunque intentes negarlo. Tus gemidos serían suaves al principio, hasta que cada beso te hiciera perder el control. Y yo estaría allí, esperando para recibir cada uno de tus temblores.
Joana se aferró al borde de la mesa. Su mente ya estaba atrapada en las imágenes que él evocaba. Era increíble cómo Marco podía ser tan atrevido y hacerla reaccionar de esa manera sin siquiera tocarla de verdad. Cada frase era una promesa de un fuego que ella no sabía cómo apagar.
Cuando finalmente terminaron la revisión, Joana se dirigió al despacho del socio director. Una vez frente a la puerta, tomó aire profundamente para calmar la agitación que recorría su cuerpo. Tocó y entró. La charla comenzó siendo profesional, pero pronto ella soltó lo que necesitaba.
—Necesito unos días de descanso —dijo con voz tranquila pero decidida—. Necesito tiempo para ordenar algunas cosas personales.
Su jefe la miró sorprendido. Joana nunca pedía días libres, ni siquiera cuando murió su esposo. No dudó en dárselos. Minutos más tarde, cuando se corrió la voz de que Joana se ausentaría unos días, Marco no tardó en aparecer en su puerta.
—¿De verdad piensas que alejarte va a dar resultado? —preguntó él con un tono divertido—. No creas que la distancia va a enfriar tu mente… ni lo que piensas cuando cierras los ojos.
Joana apartó la mirada, fingiendo revisar unos archivos, aunque sus mejillas encendidas la delataban. No respondió.
—Está bien —murmuró él, suavizando la voz—. Descansa. Pero recuerda esto: ninguna distancia podrá hacer que lo que siento por ti desaparezca. Ni que tu cuerpo lo ignore cuando vuelvas.
Ella sintió un último escalofrío. No dijo nada, pero esas palabras quedaron grabadas como un eco que sabía que la perseguiría durante todas sus vacaciones.
Más tarde, al salir del edificio, el viento fresco de la tarde la envolvió, mezclándose con el recuerdo del calor de Marco y su cercanía eléctrica. Joana respiró profundo, intentando recuperar la calma. Sabía que necesitaba alejarse para pensar con claridad, pero en el fondo de su alma, sospechaba que el incendio que él había provocado no se apagaría con unos días de silencio.