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Desafiando Al Sistema

Desafiando Al Sistema

Status: En proceso
Genre:Aventura / Romance
Popularitas:749
Nilai: 5
nombre de autor: Annyaeliza

Abandonado en una raid urbana, Cael fue dado por muerto.
En las profundidades de una mazmorra oculta, despertó un Sistema prohibido que el mundo jamás debió conocer.
Mientras la ciudad sigue sus reglas…
él aprende a romperlas.
Y cuando regrese, no cambiará el ranking.
Cambiará el sistema.

NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7 — Entre Dos Paredes

El correo de la Asociación no tenía tono agresivo.

Eso era lo inquietante.

Cael lo leyó sentado en el borde de la cama, con el mate enfriándose entre sus manos. El documento adjunto hablaba de cooperación, acompañamiento médico, revisión técnica. Un lenguaje suave para algo mucho más simple: queremos ver qué eres.

No había fechas límite.

No había exigencias directas.

Solo la certeza de que su nombre ya estaba en una lista.

Guardó el teléfono en el bolsillo antes de releerlo por tercera vez. Si seguía mirándolo, iba a empezar a imaginar amenazas que todavía no existían.

Salió a la calle sin rumbo fijo.

La mañana estaba gris, sin decisión. Ni lluvia ni sol. La ciudad respiraba con normalidad: un colectivo frenando con brusquedad, una madre regañando a su hijo por no abrigarse, un vendedor armando su puesto de diarios. Nada parecía inestable.

Y, sin embargo, él sentía que algo lo estaba midiendo.

El Equipo Gris lo esperaba en el estacionamiento subterráneo.

Lara apoyada en una columna, humo de cigarro escapando en espirales lentas.

Ivo sentado sobre el capó de la camioneta, limpiando su arma con paciencia metódica.

Maira de pie, dispositivo apagado, como si hubiera decidido no adelantarse al día.

—Llegas tarde —dijo Lara.

No había reproche.

—Llegué pensando —respondió Cael.

Ivo alzó la vista.

—Eso explica la cara.

Cael apoyó la espalda en el concreto. El frío atravesó la camiseta y lo centró un poco.

Las manos le temblaban levemente. No por peligro inmediato. Por acumulación.

—La Asociación me escribió.

Lara dejó caer la colilla y la aplastó con la suela.

—Eso no es escribir. Eso es empezar a dibujar un círculo.

—O varios —añadió Ivo.

Maira finalmente lo miró directo.

—¿Qué quieren?

—Entrevista. Cooperación. “Apoyo”.

La palabra quedó flotando.

—¿Te preocupa? —preguntó ella.

Cael pensó antes de responder.

—Me cansa.

Los tres lo miraron.

—Me cansa que algo que apenas estoy entendiendo ya tenga que volverse asunto de otros. Yo solo quería trabajar. Y no volver a ser el que queda adentro cuando se cierra la puerta.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Fue consciente.

Lara dio un paso más cerca. No lo tocó. No hizo falta.

—Aquí nadie cierra la puerta —dijo.

Cael sostuvo su mirada.

—No quiero que ustedes paguen por algo que todavía no comprendo.

Ivo guardó la navaja con un clic firme.

—En este trabajo siempre pagas por cosas que no empezaste. Lo único que cambia es si estás solo o no.

Cael bajó la vista.

—No sé hacerlo distinto.

Maira se encogió de hombros.

—Nadie sabe. Se intenta.

El encargo del día fue una fábrica abandonada con actividad residual.

Adentro, el aire estaba espeso. Óxido. Aceite viejo. Polvo acumulado durante años.

Cael sentía el costado latir con cada paso.

No dolor.

Advertencia.

Las anomalías emergieron entre maquinaria oxidada. Dos formas rápidas, bajas, buscando flancos.

Cael activó el Filo de Energía con discreción. La luz azul fue tenue, concentrada en el filo. No quería convertir cada combate en espectáculo.

El primer ataque lo obligó a retroceder. El segundo le rozó el hombro.

Ivo bloqueó uno de los movimientos. Lara disparó un cartucho de contención que obligó a la criatura a cambiar trayectoria.

Cael cerró el ángulo.

El segundo corte fue más preciso.

No espectacular.

Eficiente.

Cuando todo terminó, la fábrica volvió a ser solo un edificio vacío.

—Eso fue feo —dijo Lara.

No peligroso.

Feo.

Cael apoyó la mano un momento en una baranda oxidada. Nadie lo presionó.

Ese gesto pequeño —no apurarlo— pesó más que cualquier discurso.

Esa noche, el corte de luz lo encontró solo.

Encendió una vela. La llama dibujaba sombras irregulares en la cocina.

Pensó en lo fácil que empezaba a ser activar la energía azul.

Pensó en lo fácil que sería depender de eso.

Eso sí le dio miedo.

Cuando volvió la electricidad, abrió el correo de la Asociación.

Escribió:

Acepto entrevista técnica.

Sin monitoreo permanente.

Sin geolocalización.

Evaluación médica externa.

Lo leyó una vez.

Lo envió antes de poder suavizarlo.

La sala de entrevista era pequeña. Demasiado neutra.

Dos personas.

Un técnico que observaba con curiosidad contenida.

Una funcionaria que parecía saber más de lo que decía.

Cael activó el Filo apenas lo suficiente para que la hoja vibrara con luz azul.

El técnico tomó notas.

—Tu firma no encaja en nuestros parámetros.

—No soy el único que no encaja —respondió Cael.

La funcionaria sostuvo su mirada.

—No planeamos reclasificarte. Pero vamos a observar patrones.

—Mientras no sea desde mi cocina.

Ella sonrió. No completamente.

—No somos tan invasivos.

Cael no discutió.

Tampoco confió.

Salió con la sensación de caminar entre dos paredes que podían cerrarse si alguien decidía empujarlas.

Al día siguiente volvió con el Equipo Gris.

Encargos pequeños. Sin titulares. Sin luces azules innecesarias.

En una pausa, sentados en la vereda, Lara lo miró.

—No te veo tranquilo.

—No estoy intranquilo.

Ella levantó una ceja.

—Eso es peor.

Cael miró a la gente pasar. Un niño pateando una botella. Una mujer cargando bolsas. Una ciudad que no sabía lo que ocurría bajo sus cimientos.

—Estoy atento —dijo.

—Eso se parece mucho al miedo.

—Se parece —admitió—. Pero no es lo mismo.

El teléfono vibró.

Incidente mayor en el sur.

Solicitud de apoyo voluntario.

Cael lo sostuvo unos segundos.

Podía ignorarlo.

Podía fingir que no lo había visto.

Miró el cielo hacia el sur.

Más oscuro de lo que el clima justificaba.

—No quiero que esto se vuelva costumbre —dijo en voz baja.

—Nada se vuelve costumbre si decides cuándo entrar —respondió Lara.

Ivo habló sin levantar la vista:

—No seas héroe.

Maira añadió:

—Sé alguien que vuelve.

Cael respiró hondo.

No prometió nada grande.

—Voy.

Pero esta vez no como el primero en entrar.

Ni como el último en importar.

El cielo al sur se oscurecía más.

Y, por primera vez, no estaba caminando solo hacia él.

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