Una exsoldado llamada Jessica Greys, es contratada para proteger a un genio informático que acaba de hackear al gobierno de Estados Unidos.
¿Qué sucederá en este trayecto tan peligroso?
Hola, espero que disfruten mi nueva novela🤗
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CAPÍTULO 16: Grietas en la Armadura
El sol de la mañana se coló por la ventana de la habitación, dibujando un rectángulo dorado en el suelo de madera. Kaeil despertó lentamente, confuso por un momento sobre dónde estaba. Luego sintió el peso de Jessica a su lado, su respiración acompasada, el calor de su cuerpo contra el suyo.
No se atrevió a moverse. No quería romper aquel momento.
La noche había sido tranquila, sin pesadillas, sin sobresaltos. Por primera vez desde que empezó todo, había dormido profundamente, arropado por la presencia de ella. Ahora, con la luz del día, podía observar sus rasgos en reposo: la suavidad de sus párpados cerrados, la curva de sus labios, el cabello rubio desparramado sobre la almohada.
Parecía otra persona. No la soldado letal, no la máquina de matar. Solo una mujer. Una mujer hermosa y vulnerable.
Jessica abrió los ojos de repente, como si hubiera sentido su mirada.
—¿Me estabas mirando? —preguntó, con voz ronca por el sueño.
—Sí.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé. Un rato.
Ella sonrió, una sonrisa lenta que iluminó su rostro.
—Eres raro.
—Ya lo sé.
Se miraron en silencio. Luego, muy despacio, Jessica acercó su mano a la de él y entrelazó sus dedos.
—¿Cómo te sientes? —preguntó.
—Mejor. Mucho mejor que ayer.
—¿La herida?
—Duele, pero menos. Creo que sobreviviré.
—Claro que sobrevivirás. No te he dado permiso para morir.
Kaeil sonrió y se incorporó lentamente, haciendo una mueca. Jessica se sentó a su lado, apoyándolo.
—Tranquilo. No tengas prisa.
—Tenemos que publicar los archivos. No podemos esperar para siempre.
—Un par de días más no harán diferencia. Y prefiero que estés en condiciones de hacerlo bien a que te equivques por las prisas.
Kaeil asintió, aunque la impaciencia le quemaba por dentro. Cada día que pasaba, Crawford tenía más tiempo para cubrir sus huellas, para eliminar pruebas, para asegurarse de que la verdad nunca saliera a la luz.
Pero Jessica tenía razón. Si se equivocaba, si cometía un error en la publicación, todo podría perderse.
—De acuerdo —dijo—. Un par de días más. Pero luego lo hacemos.
—Luego lo hacemos.
Se levantaron y fueron al salón. Mateo ya estaba despierto, sentado junto a la ventana con un catalejo, vigilando el bosque. Elena preparaba el desayuno en la cocina, con Daniel ayudándole a revolver algo en un bol.
—Buenos días —dijo Mateo sin volverse—. Todo tranquilo. No hay movimiento.
—Mejor —respondió Jessica—. ¿Has dormido?
—Un poco. Elena me relevó a medianoche.
—Esta noche vigilo yo. Vosotros descansad.
Desayunaron en la mesa de roble: café, pan con mermelada, fruta enlatada. Parecía casi normal, casi familiar. Kaeil observaba a Daniel, tan ajeno al peligro, y pensaba en lo injusto que era todo. Un niño de tres años, atrapado en una pesadilla que no había elegido.
—¿Qué piensas? —preguntó Jessica, notando su mirada.
—Pienso en él. En lo que vendrá después.
—Después estará bien. Su padre es fuerte, su madre también. Sobrevivirán.
—¿Tú crees?
—Lo sé. La gente como ellos, los que han sufrido y siguen adelante, esos sobreviven siempre.
Kaeil la miró.
—Como tú.
Jessica sostuvo su mirada un instante, luego desvió la vista.
—Como yo.
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Después de desayunar, Kaeil insistió en ver el sistema de internet por satélite. Jessica lo llevó a un pequeño cuarto en el sótano, lleno de equipos electrónicos que su amigo había instalado años atrás. Había servidores, routers, un generador de respaldo, y una conexión cifrada que parecía sacada de una película de espías.
—Impressionante —murmuró Kaeil, recorriendo con la mirada las luces parpadeantes de los equipos.
—Mi amigo era un poco obsesivo. Trabajaba para una agencia de inteligencia europea. Cuando se jubiló, se llevó todo esto.
—¿Y confiaba en ti?
—Suficiente. Le salvé la vida una vez. Eso crea vínculos.
Kaeil se sentó frente a la pantalla principal y comenzó a explorar el sistema. Era más avanzado de lo que esperaba, con capas de cifrado que rivalizaban con las de los servidores gubernamentales.
—Con esto podemos hacerlo —dijo, con una sonrisa—. Podemos publicar los archivos desde aquí sin que nos rastreen. Y si lo hacemos bien, podemos asegurarnos de que se repliquen en cientos de servidores antes de que alguien pueda eliminarlos.
—¿Como un virus?
—Como una verdad. Una verdad que no se puede matar.
Jessica puso una mano en su hombro.
—Entonces hazlo. Cuando estés listo.
Subieron de nuevo al salón. Mateo seguía en su puesto de vigilancia, pero ahora tenía una expresión tensa.
—Algo pasa —dijo—. He visto movimiento. Algo alejado, pero creo que hay gente ahí fuera.
Jessica se tensó y cogió el catalejo. Miró hacia la dirección que Mateo señalaba, durante largos minutos.
—No veo nada.
—Hace un rato. No estoy seguro.
—Puede ser un animal. Hay ciervos en estos bosques.
—Puede. Pero no creo.
Jessica lo miró.
—¿Tu instinto?
—Mi instinto.
Ella asintió lentamente.
—De acuerdo. Vamos a prepararnos. Kaeil, tú quédate aquí con Elena y Daniel. Mateo, conmigo. Vamos a echar un vistazo.
—¿Estás segura? —preguntó Kaeil—. Si hay alguien...
—Si hay alguien, prefiero saberlo antes de que nos sorprendan. No te preocupes. Volvemos.
Salieron al bosque, Jessica con su pistola, Mateo con el arma que ella le había enseñado a usar. Kaeil los vio desaparecer entre los árboles y sintió un nudo en el estómago.
—Volverán —dijo Elena, sentándose a su lado con Daniel en brazos—. Son fuertes.
—Lo sé. Pero tengo miedo.
—El miedo es normal. Lo importante es no dejarse vencer por él.
Kaeil asintió, pero no podía apartar la mirada de la ventana, del bosque, de la incertidumbre.
Pasaron veinte minutos. Treinta. Cuando empezaba a desesperarse, las figuras de Jessica y Mateo emergieron de entre los árboles.
—Nada —dijo Jessica al entrar—. No hay rastro de nadie. Probablemente era un ciervo.
—¿Seguro? —preguntó Kaeil.
—Suficientemente seguro. Pero por si acaso, esta noche vigilaremos por turnos. No podemos bajar la guardia.
Mateo asintió, pero su expresión seguía tensa. Kaeil notó que miraba hacia el bosque una vez más antes de cerrar la puerta.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Nada. Solo... no sé. Una sensación.
—Yo también la tengo —dijo Jessica—. Pero a veces las sensaciones son solo eso. Miedo. Paranoia. No podemos dejar que nos paralice.
La tarde transcurrió con una calma tensa. Kaeil pasó horas en el sótano, familiarizándose con el sistema, preparando los archivos para la publicación. Jessica y Mateo se turnaban en la vigilancia. Elena cuidaba de Daniel, leyéndole cuentos en voz baja.
Al caer la noche, cenaron todos juntos. La conversación fue escasa, cada uno perdido en sus pensamientos.
—Mañana —dijo Kaeil de repente—. Mañana publico los archivos.
Todos lo miraron.
—¿Estás seguro? —preguntó Jessica—. ¿No quieres esperar un día más?
—No. Cuanto antes lo hagamos, antes termina esto. Y cuanto antes podamos... seguir con nuestras vidas.
Jessica sostuvo su mirada y asintió.
—De acuerdo. Mañana.
—Yo quiero estar presente —dijo Mateo—. Ver cómo ese hijo de puta se hunde.
—Yo también —dijo Elena en voz baja.
—Todos estaremos —confirmó Jessica—. Juntos.
Esa noche, cuando se acostaron, Kaeil sintió que algo había cambiado. La tensión seguía ahí, pero también una especie de calma, de aceptación. Pase lo que pase, estaban juntos.
—¿Tienes miedo? —preguntó Jessica en la oscuridad.
—Sí. ¿Tú?
—También. Pero no de morir. De perderte.
Kaeil la abrazó con cuidado, evitando su herida.
—No me perderás. Estoy aquí. Estaré aquí.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Y en la oscuridad de la cabaña, entre las montañas, se abrazaron fuerte, como si el mundo exterior no existiera. Como si solo existieran ellos.
Afuera, el viento soplaba entre los robles, y en la distancia, algo se movía entre las sombras.
Pero dentro, había paz.
Por un momento, al menos, había paz.