Angelo murió cuando estaba a punto de triunfar. Un accidente absurdo y su sueño de poseer un hotel de lujo se desvaneció.
Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Reencarnó en Kael, un omega hombre olvidado en el harén del Emperador Ethan. El más bajo de los bajos. Un regalo que nadie mira. Invisible.
Kael tiene un objetivo: convertirse en Emperatriz. Tiene las armas: una mente fría y años de experiencia seduciendo a hombres poderosos en su vida anterior. Y tiene un plan: hacer que el Emperador, el Alfa más poderoso del imperio, se vuelva loco por él.
Pero el harén es un campo de batalla de secretos y traiciones. La Emperatriz, la favorita, las concubinas... todas lo aplastarían si pudieran verlo. Y el Emperador ni siquiera sabe que existe.
Kael solo necesita una oportunidad para ser visto.
Lo que no sabe es que en el juego más peligroso de su vida, algunas piezas se mueven solas. Y que el hombre al que juró conquistar podría convertirse en algo que nunca esperó
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PRÓLOGO
El último latido de Angelo
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El viento olía a cemento húmedo y a promesas.
Angello levantó la vista hacia la estructura de vidrio y acero que se elevaba contra el cielo de la ciudad. Veintitrés pisos. Su hotel. Bueno, casi suyo. Faltaban los últimos flecos, la firma definitiva, el dinero del idiota de turno que estaba encantado de poner la guinda al pastel a cambio de unas cuantas noches de compañía bien administrada.
—Queda perfecto, ¿verdad? —dijo una voz a su espalda.
Angelo se giró. Rodrigo. Cuarenta años, traje de miles de euros, una cadena de concesionarios y una esposa en algún lugar de las afueras que seguramente ya había dejado de preguntarse dónde pasaba las noches su marido.
—Perfecto —sonrió Angelo, y la sonrisa era tan impecable como el edificio.
Llevaba años practicando esa sonrisa. La había perfeccionado en la universidad, cuando descubrió que los hijos de papá miraban su rostro con hambre y sus bolsillos con suficiencia. La había pulido en bares de copas, en cenas de negocios, en habitaciones de hotel donde aprendió que el poder no se pide, se seduce. Que un hombre rico no suelta su cartera por un polvo, sino por la ilusión de que alguien lo entiende, lo desea, lo necesita.
Él nunca necesitó a ninguno. Los necesitó a todos.
Su madre había muerto sin verlo triunfar. Su padre, si es que seguía vivo en algún bar, probablemente ni recordaba su nombre. Había pagado sus estudios trabajando en turnos dobles, había dormido en pensiones infectas, había visto cómo otros nacían con todo mientras él tenía que arrancarlo a pedazos. Y luego aprendió que no hacía falta arrancar nada. Bastaba con sonreír, con escuchar, con dejar que manos equivocadas recorrieran su cuerpo sin ir demasiado lejos. Con saber cuándo decir "no" para que el "sí" valiera el doble.
El apartamento llegó primero. Luego el coche. Luego las inversiones. Y ahora, el hotel. Todo suyo. Casi.
Rodrigo puso una mano en su cintura, familiar, posesiva. Angelo dejó que se quedara allí. Veintinueve años. A punto de cumplir treinta. A punto de tenerlo todo.
—Subamos a ver las obras —dijo Rodrigo—. Quiero que me enseñes la terraza.
—Claro.
Subieron en el montacargas de obra. El andamio exterior aún estaba montado en la fachada, esperando los últimos retoques de los operarios. La terraza del ático era un sueño de piscina infinita y vistas panorámicas. Angelo ya podía imaginarse allí, con una copa en la mano, mirando la ciudad a sus pies.
—Es increíble —murmuró Rodrigo—. Tú eres increíble.
Angelo sonrió de nuevo. La misma sonrisa.
Rodrigo se acercó para besarlo. Él cerró los ojos un segundo, solo un segundo, el tiempo justo para no tener que ver la cara de su amante mientras lo hacía.
Y entonces el mundo se rompió.
Un chirrido metálico. Un golpe sordo. Algo que caía.
Angelo abrió los ojos justo a tiempo para ver la sombra que se abalanzaba sobre él. La cuerda del andamio. La pieza metálica. El peso del hierro y el destino.
No tuvo tiempo de gritar. Solo de pensar.
Claro. Justo ahora. La vida tiene un puto sentido del humor.
El impacto partió su cuerpo en dos. Literalmente. Sintió el aplastamiento, el crujido de huesos, el calor de su propia sangre antes de que el dolor se volviera demasiado inmenso para sentirlo.
Rodrigo gritaba. Alguien más gritaba. Pasos, carreras, voces de emergencia.
Anhelo, tirado entre los escombros, miró el cielo gris de la ciudad. Vio la silueta de su hotel, casi terminado, casi suyo.
Sonrió.
Una última sonrisa. Irónica, amarga. Casi divertida. Tanto esfuerzo, tanto tiempo. Para esto. Cerró los ojos y todo se apagó.
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