Nací entre lujos, rodeada de poder, creyendo que el amor sería el único territorio donde nadie podría obligarme.
Me equivoqué.
Mi padre decidió mi destino con una firma.
Mi esposo selló mi condena con su desprecio.
Y yo… yo aprendí demasiado tarde que no todos los cuentos de hadas comienzan con una boda.
y que incluso en jaulas doradas se puede morir lentamente.
NovelToon tiene autorización de Liose Tess para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 23 distancias
La casa estaba en silencio demasiado.
Ese tipo de silencio elegante que oculta tormentas.
Caminé hasta el ventanal sin saber exactamente por qué.
Quizás buscando aire quizás escapando, quizás intentando no sentir.
Antonio se había ido, pero su presencia seguía adherida a mi piel como una sombra incómoda como una amenaza suspendida controlaré cada gasto.
No olvides tu lugar.
Mis dedos se cerraron alrededor de la cortina no era rabia era agotamiento.
No escuché la puerta solo su reflejo Adrián. Detenido en el umbral observándome.
No habló de inmediato.
Y esa cautela me dijo todo.
Sabía o al menos intuía.
—¿Vas a seguir evitándome?
Mi voz sonó más firme de lo que me sentía.
Adrián no respondió.
Cerró la puerta lentamente.
—No te evito.
Mentira ambos lo sabíamos.
Giré para mirarlo.
—Desde anoche apenas me miras.
Sus ojos marrones vacilaron un segundo.
Solo uno.
—Es lo más prudente.
La respuesta cayó fría.
Y dolió más de lo que esperaba.
—¿Prudente?
Di un paso hacia él.
—¿Ahora soy un riesgo?
Adrián tensó la mandíbula.
—Siempre lo fuiste.
El aire se volvió denso.
—Qué curioso.
Mi risa fue amarga.
—Mi esposo jamás me ha mirado como algo peligroso solo como algo inútil.
—No digas eso.
Su voz descendió grave, tensa.
—¿Por qué?
Otro paso.
—¿No es verdad?
El silencio se estiró entre nosotros.
Adrián pasó una mano por su cabello.
Frustración pura.
—Renata…
—Déjame adivinar.
Lo interrumpí.
—También crees que no soy suficiente.
Sus ojos se clavaron en los míos.
Impacto inmediato.
—No tienes idea de lo que dices.
Pero ya no podía detenerme.
Porque cuando las inseguridades se rompen…arrasan con todo.
—Antonio nunca me quiso mi padre nunca me eligió, mi voz empezó a temblar.
—Y ahora tú…
Adrián cruzó la distancia en dos pasos.
Sus manos sujetaron mis brazos Firmes Intensas.
—No me metas en el mismo saco.
Su cercanía me desarmó.
—Entonces deja de alejarte.
el susurro escapó sin permiso.
La respiración de Adrián se volvió irregular.
—¿Sabes por qué lo hago?
Sus ojos descendieron a mis labios.
luego volvieron a los mís ojos.
—Porque cada vez que estoy cerca de ti…
olvido cosas que no debería olvidar.
Mi corazón tropezó.
—Mi madre, Antonio, Esta maldita casa.
Su voz era baja Ronca.
—Todo desaparece.
El silencio entre nosotros cambió ya no era distancia era algo infinitamente más peligroso.
—Adrián…
Su nombre salió apenas.
Un aliento.
Sus manos seguían en mis brazos.
Pero ahora…
sus dedos temblaban.
—Y eso es exactamente lo que no puede pasar.
El susurro fue casi una lucha.
—¿Por respeto?
Pregunté.
Sus ojos se endurecieron.
—Por supervivencia.
Porque si cruzo esa línea contigo…
Su pulgar rozó involuntariamente mi piel.
—Nada en esta casa volverá a ser controlable. El volverá y lo pagará contigo.
El aire ardió entre nosotros.
Nos quedamos así.
Demasiado cerca, Demasiado conscientes. Demasiado atrapados.
Hasta que…
Adrián cerró los ojos y dio un paso atrás.
La distancia volvió como un golpe.
—Necesito aire.
Su voz sonó tensa como forzada.
—Adrián…
—No.
La palabra fue suave pero definitiva.
—No hoy.
Y salió de la habitación dejándome nuevamente sola Con el corazón desbocado Y una certeza imposible de ignorar.
Adrián no se alejaba por indiferencia Se alejaba…porque estaba perdiendo la batalla.
*ADRIAN*
Un día antes, No había salido de esa casa por necesidad.
Salí porque si me quedaba… iba a cometer un error.
Conducía sin notar realmente el camino Solo necesitaba distancia Aire y silencio.
Cualquier cosa que no oliera a ella
A Renata.
Maldita sea.... necesitana sacarla un minuto de mi cabeza.
Cuando mi madre abrió la puerta, supe que algo en mí ya estaba demasiado expuesto.
Las madres siempre lo saben.
—Adrián…
Su voz cargaba esa preocupación suave que detesto provocar.
—¿Qué pasó?
Negué con la cabeza.
Como si pudiera resumirse en algo simple.
—¿Puedo entrar?
Me serví un trago que no necesitaba.
Pero mis manos requerían algo que sostener.
Algo que no fuera mi propia desesperación.
—No puedes seguir huyendo de lo que sea que te esté pasando.
La frase fue tranquila y certera.
Mi risa salió amarga.
—No estoy huyendo.
Mentira Ambos lo sabíamos.
—Te crié, Adrián.
no puedes mentirme y pretender que me lo crea.
—Sé cuándo estás cargando algo que te está rompiendo por dentro. ¡sabía que esa herencia sería mucho para ti!
Cerré los ojos Solo un segundo Pero fue suficiente.
—no es por los Villavicencio mamá, es por... Por ese maldito animal.
-¿de quién hablas Adrián?
-de Antonio... ese maldito.
Las palabras salieron antes de que pudiera filtrarlas.
Ásperas, rabiosas.
Mi madre se tensó.
—Adrián…
—No, mamá.
Abrí los ojos, La miré por fin.
—No tienes idea de lo que pasa en esa casa.
Las imágenes volvieron como golpes Renata en silencio, soportando.
Renata fingiendo dignidad frente a un imbécil que no la merecía.
—el, La humilla. La trata como si fuera un adorno caro.
Como si su única función fuera existir para su apellido.
Mi respiración empezó a romperse.
—La agarra con una violencia donde ni siquiera necesita fuerza, y lo hace solo por placer...la destruye con palabras con desprecio, con frialdad.
Mi madre me observaba sin interrumpir.
Y eso lo hizo peor Porque me obligó a seguir.
—Y ella lo soporta.
La frase salió rota.
—Como si creyera que eso es normal.
Como si no esperara nada mejor de la vida.
—¿Renata?
Asentí lentamente.
Solo decir su nombre ya me tensaba el pecho.
El silencio se alargó.
Hasta que mi madre habló con una calma que me atravesó.
—No estás así solo por indignación.
Tragué saliva
—Hay algo más.
Desvié la mirada, porque en ese instante…
dejé de tener escapatoria.
—No debería estar sintiendo esto.
mi propia voz me sonó ajena.
—Pero no puedo evitarlo.
Sentí su mirada clavada en mí.
Comprendiendo demasiado.
—Cada vez que la veo…cada vez que él la mira como si no existiera…
Mis manos se cerraron en puños.
—Algo en mí pierde el control.
El aire se volvió espeso.
—Estoy enamorado de la esposa de Antonio, mamá.
El silencio fue brutal y Absoluto.
Y por primera vez desde que todo comenzó…
la verdad existió fuera de mi cabeza.
Mi madre no reaccionó con escándalo.
Ni con reproche inmediato.
Eso fue peor.
Porque vi en sus ojos…dolor.
—Oh, Adrián…
Negué con la cabeza frustrado.
Rabioso conmigo mismo.
—No me mires así.
No soy un adolescente confundido.
La miré de frente.
Con la crudeza que ya no podía esconder.
—Sé perfectamente lo que siento y sé perfectamente lo mal que está.
después de unos minutos su voz se dejó oír.
—Esto no puede pasar.
—Lo sé.
Mi respuesta salió inmediata.
Desesperada.
—Por eso estoy aquí.
Me acerqué.
Vulnerable como hacía años no me sentía.
—Necesito que me digas qué hacer como apagar esto que siento mamá.
Cómo seguir viviendo bajo ese mismo techo sin destruirlo todo... Por qué... No creo que me puedo resistir.
Mi madre me miró como solo una madre puede mirar a un hijo que se está rompiendo.
—No hay forma de que esto no duela Adrián. No debí... No debí pedirte que vinieras.
Sentí el golpe en el pecho.
Porque era verdad, pero no quería que me dijera que me marchara, porque no lo iba a a hacer, no dejaría a Renata ahora que se todo lo que está viviendo.
—Solo puedes hacer una cosa.
Esperé aguantando la respiración.
—Mantener distancia.
La rabia subió como fuego.
—¿Y verla ser destruida?
—No puedes convertirte en su refugio. Porque después será imposible que no seas algo más.
Apreté la mandíbula.
—Llegaste tarde con ese consejo.
Mi madre me miró, alarmada.
—Adrián…
La miré roto Sin defensas.
—Ya es demasiado tarde Porque desde el primer día…Renata Soler ya vivía bajo mi piel.
Y ahora…
no sabía cómo arrancarla sin arrancarme algo vital en el proceso.