Ella es la ley. Él es el pecado. Rose Smith quiere justicia; John Blake quiere poseerla. Un juego macabro de poder, mafia y deseo prohibido donde el odio es el mejor afrodisíaco.
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El Umbral del Depredador
La oficina de Rose Smith, en el piso 42 de un rascacielos que rascaba las nubes de Manhattan, era su santuario de cristal y acero. A sus treinta años, Rose no creía en monstruos, solo en pruebas, testimonios y la satisfacción de ver a los poderosos romperse bajo el peso de un veredicto. Pero esa noche, el aire acondicionado parecía expulsar una escarcha antinatural. El silencio era demasiado espeso, casi sólido.
Rose cerró el expediente de Marcel, su amiga de la infancia, cuyo despido injustificado era solo la punta del iceberg de una red de abusos en Blake Industries. Había firmado la citación judicial esa tarde. Sabía que John Blake era un hombre peligroso —un magnate con sombras de mafia en su historial—, pero Rose había crecido en las calles antes de conquistar los tribunales. El miedo era un lujo que no se permitía.
De pronto, un aroma a sándalo, cuero viejo y algo metálico —como el olor de la lluvia sobre el hierro— inundó la estancia. Rose no escuchó la puerta abrirse. Simplemente, la presencia de él se materializó en el rincón más oscuro del despacho.
—Tienes una caligrafía impecable, Rose Smith. Es una lástima que la uses para firmar tu propia sentencia —la voz era un barítono profundo, una vibración que Rose no escuchó con los oídos, sino con la boca del estómago.
Rose se tensó, pero no apartó la mirada. Se puso de pie con elegancia, ajustándose la falda de tubo que remarcaba sus curvas, una armadura de seda. Frente a ella, surgió la figura imponente de John Blake. Medía un metro noventa, una torre de músculo y sastrería italiana que parecía absorber la poca luz que quedaba. Su rostro era de una belleza ofensiva: pómulos tallados en mármol, ojos de un azul glacial que destellaban con una chispa roja casi imperceptible, y una boca que prometía tanto placer como agonía.
—Entrar sin permiso es allanamiento, señor Blake —dijo ella, con la voz firme, aunque el vello de sus brazos se erizaba—. Salga de mi oficina o llamaré a seguridad.
John soltó una carcajada seca, un sonido carente de humor. En un parpadeo, un movimiento que el ojo humano no pudo seguir, él estaba frente a ella. El escritorio de caoba era lo único que los separaba, pero la energía que emanaba de Blake era una presión física que le dificultaba respirar.
—Seguridad está durmiendo un sueño del que no despertarán en horas, abogada —susurró él, rodeando la mesa con una gracia felina. Se detuvo a escasos centímetros de ella. Rose podía sentir el frío que desprendía su cuerpo, una temperatura gélida que contrastaba con el calor que empezaba a arder en sus propias venas ante la cercanía del peligro.
Él la recorrió con la mirada, desde sus tacones de aguja hasta sus ojos desafiantes. Con una lentitud calculada, John levantó su mano derecha, enguantada en piel negra, y rozó la mejilla de Rose. El contacto fue eléctrico. Rose sintió una descarga que le humedeció los labios involuntariamente.
—He aplastado imperios, he visto caer civilizaciones y he enterrado a hombres más inteligentes que tú —dijo Blake, inclinándose hasta que su aliento frío golpeó la oreja de Rose—. Pero hay algo en tu insolencia... algo en el sabor de tu sangre que me dice que matarte sería un desperdicio de potencial.
John presionó sus dedos contra la mandíbula de ella, obligándola a echar la cabeza hacia atrás. El poder que emanaba de él era embriagador, una manipulación psicológica que hacía que Rose quisiera golpearlo y, al mismo tiempo, desear que sus manos bajaran más allá de su cuello.
—No te tengo miedo —logró articular ella, aunque sus pupilas estaban dilatadas por la mezcla de terror y una excitación prohibida.
—Mentira —murmuró él, bajando la mirada a los labios entreabiertos de la abogada—. Hueles a miedo, a adrenalina... y a una lujuria que te avergüenza reconocer. Te propongo un trato, Rose. Retira la demanda de Marcel, olvida lo que crees saber de mis negocios, y quizás te permita conservar tu cordura.
Rose sonrió con amargura, recuperando un poco de su rudeza característica.
—Nos vemos en la corte, Blake. Lleva tu mejor traje, porque voy a desnudarte frente al mundo.
El Rey de los Vampiros sonrió, revelando por un segundo la punta de sus colmillos, afilados y blancos. La tomó de la cintura con una fuerza brusca, pegando el cuerpo de ella al suyo. La dureza de su pecho contra sus pechos erguidos fue una bofetada de realidad carnal.
—Si quieres desnudarme, Rose, no necesitarás un estrado. Solo tendrás que pedirlo de rodillas —sentenció él antes de desaparecer en las sombras, dejando a Rose temblando, sola en la oscuridad, con el sabor del peligro impregnado en su piel.
La guerra no había hecho más que empezar, y Rose Smith acababa de invitar al diablo a su cama.