NovelToon NovelToon
El Regreso De La Princesa

El Regreso De La Princesa

Status: En proceso
Genre:Hombre lobo / Matrimonio arreglado / Mitos y leyendas
Popularitas:5.3k
Nilai: 5
nombre de autor: vane sánchez

"Que la luna sea testigo de mi vida y de mi muerte. Que guarde mi nombre en su luz plateada hasta el final de los tiempos."
— Antiguo proverbio de Valdris

NovelToon tiene autorización de vane sánchez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2: El Latido del Principio

El frío de la noche, el hierro de la flecha, el sabor de la sangre en su boca... todo se desvaneció.

Lo primero que Lyra percibió fue el calor. No el calor húmedo y febril de la herida que se desangra, sino un calor suave, envolvente y profundamente conocido. Era un calor que venía de fuera y la envolvía por completo, como cuando era pequeña y su nodriza la arropaba con demasiadas mantas en las noches de invierno. Pero esto era diferente. Esto era un calor vivo, que subía y bajaba con un ritmo constante, acompasado por un latido profundo y reconfortante que retumbaba suavemente contra su oído.

Bum... Bum... Bum...

Un corazón. Estaba escuchando un corazón.

Y entonces llegó la voz.

—Vamos, pequeña mía. Vuelve a nosotros. Solo es una fiebre pasajera, ya lo verás. Los Valdris somos de sangre fuerte, ¿verdad? Tienes que despertar, Lyra. Tu hermano no deja de preguntar por ti.

Esa voz. La conoció al instante, como se reconoce la luz después de una larga noche en una mazmorra. Era una voz grave, pero tierna, acostumbrada a dar órdenes en las salas del trono pero que se volvía miel cuando se dirigía a sus hijos. Era la voz de su padre. Del rey Aldric Valdris. Del hombre que había muerto tres años antes de la noche del banquete, víctima de una "enfermedad repentina" que Lyra, años después, sospecharía que había sido obra de Varen Crain.

Pero su padre estaba muerto. Ella lo había visto en su féretro, con las manos cruzadas sobre el pecho y el rostro cerúneo. Había llorado sobre su tumba. ¿Cómo podía estar oyendo su voz?

Un impulso, más fuerte que el dolor que aún creía sentir en la espalda, la obligó a abrir los ojos.

La luz la cegó por un instante. No era la luz blanca y cruel de la luna sobre el bosque, sino una luz dorada y cálida que entraba a raudales por una ventana abierta. Parpadeó varias veces, y cuando sus ojos se acostumbraron, el mundo se recompuso a su alrededor.

Vio un techo de vigas de madera oscura que conocía perfectamente. Vio las cortinas de terciopelo verde que siempre odió porque hacían juego con el edredón. Vio la mecedora junto a la chimenea apagada donde su nodriza le leía cuentos. Vio los soldados de madera pintada alineados en la repisa de la ventana, regalos de su hermano Eryndor para que "protegieran sus sueños".

Y vio el rostro de su padre.

El rey Aldric la sostenía en brazos, meciéndola suavemente mientras paseaba por la habitación. No era el hombre avejentado y enfermo de sus últimos meses, sino el padre de su infancia temprana: fuerte, con la barba castaña bien recortada, los ojos azules llenos de vida y esa sonrisa tranquila que siempre le dedicaba a ella, su hija pequeña. Llevaba una camisa blanca de lino, sin la armadura ni la corona, y olía a madera y a hierba, como cuando volvía de cabalgar por los bosques reales.

—Ah, mira quién ha vuelto al mundo de los vivos —dijo Aldric con una sonrisa enorme al ver sus ojos abiertos—. Lyra, pequeña mía, nos has dado un susto de muerte con esas fiebres. ¿Cómo te encuentras?

Lyra no podía hablar. Su mente era un torbellino de imágenes contradictorias: la luna, la flecha, los gritos de Eryndor, el barro frío. Y de repente, esto. El calor, la luz, la voz de su padre. Tenía que ser un sueño. Un sueño hermoso y cruel del que despertaría en cualquier momento para encontrarse de nuevo en la oscuridad del bosque.

Con mano temblorosa, levantó el brazo para tocar el rostro de su padre, para confirmar que era real, que no era una aparición.

Y entonces lo vio.

La mano que se extendía hacia la mejilla barbuda de Aldric no era la mano de una joven de quince años, con los dedos manchados de tinta de escribir y las uñas mordidas por los nervios. Era una mano diminuta. regordeta, con hoyuelos en los nudillos y las uñas pequeñas y perfectas como diminutas conchas rosadas. Una mano de niña pequeña.

El aire se congeló en sus pulmones.

Retiró la mano como si hubiera tocado una brasa y la puso frente a sus ojos, girándola, observándola con una incredulidad absoluta. Esa mano no era la suya. O mejor dicho, era la suya, pero de muchos años atrás. Cuando tenía cinco, quizás seis años. Cuando aún le costaba alcanzar los estantes altos de la biblioteca. Cuando Eryndor la alzaba en brazos para que pudiera ver los desfiles desde las murallas.

—¿Lyra? —la voz de su padre la devolvió al momento—. ¿Te duele algo? ¿Quieres que llame a la curandera?

Lyra abrió la boca para hablar, pero lo que salió de su garganta fue la voz aguda y melodiosa de una niña pequeña.

—¿Pa... papá?

La palabra sonó extraña en su lengua, tan pequeña, tan frágil. Pero al pronunciarla, algo se rompió dentro de ella. El nudo de dolor, miedo y desesperación que había estado conteniendo desde la noche del bosque se deshizo de golpe.

—¡Papá!

Se aferró a su cuello con sus diminutos brazos, enterrando el rostro en su hombro, empapando la camisa de lino con un torrente de lágrimas que no podía controlar. No eran lágrimas de tristeza solamente. Eran lágrimas de alivio, de incredulidad, de alegría desbordada por volver a tenerlo entre sus brazos, por sentir su calor, su olor, su vida.

—Pero... pero ¿qué es esto, pequeña? —Aldric la abrazó con fuerza, claramente desconcertado por la reacción de su hija, pero meciéndola suavemente como siempre hacía cuando ella lloraba—. Tranquila, ya pasó. Solo fueron unas fiebres, ya estás bien. No llores, mi valiente. Mira, si no, vas a poner tristes a tus soldaditos.

Lyra no podía parar. Su cuerpo de cinco años temblaba entre los brazos de su padre mientras su mente de quince procesaba lo impensable.

Había rezado. En sus últimos momentos, había mirado a la luna y había pedido una oportunidad. Una oportunidad para salvar a su hermano, para salvar a su familia. Y ahora estaba aquí. En el pasado. En su propio cuerpo de niña. Con su padre vivo. Con todo por delante.

Poco a poco, los sollozos fueron amainando. Se separó ligeramente del hombro de su padre y lo miró a los ojos, esos ojos azules que tanto había extrañado. Con su manita regordeta, esta vez sí, acarició su mejilla, sintiendo la aspereza de la barba incipiente bajo sus dedos.

—Te he extrañado tanto —susurró con su vocecilla infantil.

Aldric frunció el ceño con ternura, sin entender del todo, pero acunándola contra su pecho.

—Solo fueron tres días, pequeña. Tres días de fiebre. Pero ya estoy aquí. Tu hermano también. ¿Quieres que vaya a buscarlo? Está en el jardín, peleando con su instructor. Dice que quiere ser el mejor caballero del reino para protegerte a ti.

Eryndor. Su hermano. Vivo. Con diez años, si ella tenía cinco. Jugando en el jardín, sin saber aún las traiciones que le esperaban, sin la corona pesando sobre su frente, sin la sombra de Varen Crain acechando en los pasillos del palacio.

Lyra asintió, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Una determinación feroz, imposible para un cuerpo tan pequeño, comenzó a arder en su pecho. No era la misma niña que había sido. Dentro de aquel cuerpo de cinco años latía el corazón de una princesa que ya había muerto una vez.

—Sí, papá —dijo, con una firmeza que hizo que Aldric la mirara con una chispa de sorpresa en los ojos—. Quiero ver a Eryndor.

Mientras su padre la acurrucaba en sus brazos en vez de bajarla al suelo para llevarla al jardín, Lyra observó la habitación con nuevos ojos. Cada detalle, cada objeto, cada rayo de sol que entraba por la ventana eran un regalo. Una segunda oportunidad. Un lienzo en blanco donde podría reescribir la historia.

Varen Crain aún era un joven oficial de la guardia, leal (o al menos eso parecía) a la corona. Los verdaderos traidores aún no habían mostrado sus garras. Su padre viviría. Su hermano no había sido coronado. Y ella... ella lo sabía todo.

Apretó la pequeña mano de su padre con una fuerza inusitada para una niña de cinco años. Mientras caminaban hacia el jardín bañado por el sol de la mañana, Lyra alzó la vista hacia el cielo. Las nubes blancas navegaban perezosas, y aunque la noche estaba lejos, ella supo que en algún lugar, detrás de ese azul, la luna esperaba.

La misma luna que había escuchado su ruego.

—Te lo prometo —susurró para sí misma, tan bajito que su padre no pudo oírla—. Esta vez no fallaré. Te salvaré a ti, papá. Salvaré a Eryndor. Salvaré el reino. Aunque tenga que crecer otra vez, aunque tenga que esperar, aunque tenga que enfrentarme a todos los traidores yo sola.

El viento jugueteó con sus cabellos castaños, mucho más cortos de lo que recordaba, y Lyra sonrió.

Por primera vez desde aquella noche en el bosque, la sonrisa llegó a sus ojos.

Había vuelto al principio.

1
Karen Xochipa León
Es una historia que te atrapa en el momento que quieres leer algo diferente algo nuevo /Smile//Smile//CoolGuy/ algo más, espero con ansias los demás capitulos.
Karen Xochipa León
ahhh ☺️👏🥰🥰 me gustó la ame mucho espero con ansias los demás capitulos es una historia diferente que allá leído te atrapa desde el primer capítulo ☺️👏👏
Mónica Aulet
Muy buen comienzo!!!!
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play