Aranza Jordán murió atropellada cuando huía de un matrimonio arreglado... y de un amigo que la dejó desangrándose en plena calle.
Despierta en el cuerpo de Renata Anastasia Salvatierra, la nieta consentida de dos de las familias más poderosas del país. El problema: Renata es el personaje de relleno de una novela que Aranza nunca terminó de leer, la chica ingenua que, en la historia original, acaba muerta por culpa de su prima Selena.
Pero Aranza ya no está dispuesta a ser una víctima. Con una sonrisa dulce que no le llega a los ojos, una inteligencia afilada y un talento oculto para el hackeo, Renata se pone la máscara de la inocencia y juega con las cartas que la novela le dio. Ahora conoce el guion de todos: la prima que finge ser su amiga, la rival que la humilla, el protagonista que aún no sabe lo que se le viene encima.
Cinco primos que la adoran, abuelos que daría la vida por ella, un hacker de mirada fría que parece ver a través de su máscara... y enemigos que están a punto de descubrir que subestimar a la nueva Renata fue el peor error de sus vidas.
¿Astuta tú? Ella lo es más.
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¡Su hermanita consentida!
—Hola, linda —saludó Renata a Evelina, radiante.
Evelina, que un segundo antes estaba a punto de explotar, se quedó callada. La miró con el ceño todavía fruncido.
—Ah, mucho gusto. Soy Renata Anastasia Salvatierra, la hermana de Cami y de Andre —dijo con una voz tan clara que todos a su alrededor pudieron oírla.
Evelina parpadeó.
—¿No que la hermana de ustedes era Selena? —preguntó, intrigada.
Nunca había visto a Renata. A Selena la había visto un par de veces, y de lejos, porque no iban al mismo colegio.
Entrecerró los ojos, desconfiada.
Renata suspiró ante esa mirada.
—De verdad soy la hermana de Cami. Acabo de llegar de Inglaterra.
—¿Y Selena? —insistió Evelina, sin terminar de creerle.
—Ah, Selena es hija del tío Rodrigo, también es prima nuestra. Yo soy hija de mi papá, Arturo —explicó con una sonrisa.
Camilo resopló.
—No tienes que darle explicaciones —dijo, de mal humor.
Plaf...
Renata le dio una palmada en el brazo.
—¡No seas así! Evelina es tu prometida —lo regañó, muy seria.
Evelina esbozó una sonrisa leve. Era la primera vez que alguien la defendía de esa manera.
Andrés, de pie junto a Renata, le acarició el pelo.
—Tampoco confíes tanto en ella. Hace un momento Evelina empujó a Perla y la tiró al suelo —dijo Andrés, a quien todavía no le caía bien la actitud de Evelina.
Renata lo fulminó con la mirada.
—¡Y tú por qué acusas a la gente sin pruebas! Yo la vi caerse sola, Evelina ni la tocó. Si no me crees, pregúntales a mis tres amigas. Ellas también la vieron caerse sola —dijo, señalando a Perla, que se había quedado petrificada.
Clara, Caro e Isa, mencionadas de golpe, asintieron a coro. Llevaban un buen rato observando la escena.
Y era cierto: Perla se había caído sola, y Evelina no tenía nada que ver.
Evelina sonrió, contenta, y miró a Renata con los ojos brillantes. A partir de ahora la trataría como a una hermana menor.
Camilo y Andrés voltearon bruscamente hacia Perla, que se había puesto pálida. Con solo verla supieron que su hermana tenía razón.
—N-no. Camilo, créeme... ¿cómo iba a hacer yo algo así? —se defendió Perla. No pensaba permitir que todos la culparan a ella.
Camilo gruñó, furioso.
—¿O sea que mi hermana miente? —preguntó, con una voz completamente plana.
Perla bajó la cabeza. No fue capaz de contestar.
Andrés, que había visto todo, esbozó una sonrisa. No esperaba eso de Perla.
—Me equivoqué, perdóname —le dijo a Renata con suavidad.
Ella resopló.
—¿Por qué me lo dices a mí? Ve a pedirle perdón a Evelina. Y si no quieres, no me hables más —dijo, y se dispuso a irse.
Andrés se alarmó y la tomó de la mano.
—Sí, sí... Voy a pedirle perdón —prometió con firmeza.
Luego se volvió hacia Evelina.
—Perdona, Evelina. Me equivoqué al acusarte sin pruebas —dijo con sinceridad.
Evelina no respondió; se limitó a asentir.
—¡Ahora te toca a ti, Cami! —exigió Renata, y todos clavaron los ojos en ella.
—¿Está loca esa Renata? ¿Cómo va a pedir que Camilo haga eso?
—Tienes razón, Camilo jamás ha pedido perdón desde que estoy en este colegio.
—Ojalá Camilo no le haga daño a nuestra hermanita tan tierna —añadió otro.
Renata oía los cuchicheos, pero no le importaban. Quería comprobar cuánto quería Camilo a Renata.
Perla vio su oportunidad y se apresuró a tomar la palabra.
—Renata, sé que me equivoqué. Pero Camilo no tiene por qué pedirle perdón a Evelina. Al fin y al cabo, la que se equivocó aquí fui yo —dijo, con los ojos ya llenos de lágrimas.
Renata puso los ojos en blanco. ¿En qué novela había caído? ¿Por qué había tantas interesadas de falsa dulzura? Iba a volverse loca con tantas del mismo tipo.
Se moría de ganas de soltar groserías y armar un escándalo, pero no podía hacerlo todavía. Primero tenía que cumplir su misión.
Pam...
Se sobresaltó y miró a Camilo, que acababa de golpear la mesa que tenía al lado.
—Uy, Camilo se va a poner furioso.
—Seguro que a Renata le cae el regaño.
—Pero si es su hermana...
—Sí, ¿entonces con quién está enojado? —cuchicheaban los alumnos.
Perla esbozó una sonrisa triste.
—Camilo, no te enojes. Quizá Renata no quiso pedirte que te disculparas con Evelina... —dijo, con voz apenada.
Renata no entendía nada. ¿Qué le pasaba a Perla por la cabeza? ¿Por qué la protagonista femenina daba tantas vueltas para todo?
—Basta —dijo Camilo, con voz plana.
Clavó una mirada afilada en Perla.
—Será mejor que te largues ahora mismo, o te vas a arrepentir —la amenazó.
Perla se señaló a sí misma.
—¿Me estás echando, Camilo? —dijo, incrédula.
—Mm. No soporto que alguien acuse a mi hermana a su antojo —replicó, molesto.
Andrés asintió.
—Te pasaste de la raya, Perla. Mira que acusar a mi hermana —añadió.
Perla quiso defenderse, pero se quedó muda al ver a Renata sonrojada de vergüenza.
Camilo y Andrés se volvieron hacia ella.
—¿Tienes hambre? —preguntó Camilo, al oír el rugido de su estómago.
Renata se tapó la cara. Qué vergüenza. ¿Por qué su estómago no podía cooperar?
Andrés soltó una risita.
—Bueno, vamos a comer. Pobres lombrices, ya están protestando —dijo, y a ella le dio todavía más vergüenza.
Si hubiera habido un hoyo, se habría tirado dentro para esconderse.
—Ustedes sigan, yo voy a comer con mis nuevas amigas —dijo, y tiró de Clara mientras les hacía una seña a Caro e Isa para que la siguieran.
Camilo negó con la cabeza, divertido por las ocurrencias de su hermana.
—Se nota que quieres muchísimo a Renata. Muy distinto de cómo eres con Selena —comentó Evelina, mirando también a Renata y a sus amigas.
Camilo sonrió apenas.
—Es mi hermanita consentida —respondió sin pensarlo.
Evelina asintió. Lo veía con claridad. Al menos no tendría que ser enemiga de Renata.
Camilo se volvió hacia ella.
—Perdón por lo de hace un rato —dijo, y se fue sin esperar su respuesta.
—Voy a acercarme a Renata —murmuró Evelina, sonriendo. Por fin sabía cuál era el punto débil de Camilo.
Si Renata la apoyaba, Camilo ya no se lo pondría difícil como antes. Y así sus padres dejarían de regañarla.
Rafa y Bruno, que habían seguido el espectáculo con interés, se quedaron bastante sorprendidos. Aun así, a Renata la conocían de cuando iba a la secundaria.
Aunque no habían sido tan cercanos, los dos sabían de sobra lo unido que era Camilo a ella.
—Vamos para allá —les dijo Andrés.
Quería seguir hablando con Renata. Todavía le intrigaba por qué había vuelto al país, y encima a su mismo colegio.
Antes, Renata había preferido estudiar en el lugar donde vivía una prima de su madre.
—¿Qué habrá pasado en realidad? —murmuró, curioso.