Dos príncipes gemelos unidos por el trono, pero separados por sus propias sombras. Entre secretos de palacio, guerras inminentes y mujeres invencibles que se niegan a ser dominadas, el amor se convertirá en su mayor fortaleza... o en su ruina. Una historia de lealtad, pasión y un destino escrito con sangre que ni el tiempo podrá borrar. Traiciones de corte, pasiones prohibidas y un imperio que renace del caos. Sigue la historia de dos hermanos y las mujeres que conquistaron sus corazones, sin imaginar que la profecía que los unió dejaría una huella imborrable que trascenderá a través de los siglos.
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Capítulo 15: El afecto del Rey 3
Alessia
El Gran Salón Imperial brillaba con una ostentación nauseabunda. Decenas de lámparas de araña iluminaban las túnicas de seda, las joyas pesadas y los rostros maquillados de las jóvenes nobles de la capital. La razón del banquete era la "milagrosa recuperación" del monarca tras el atentado con la flecha envenenada, pero la atmósfera real era la de un mercado de carne aristocrático.
Desde la posición que ocupaba cerca del gran ventanal, con la mano diestra descansando sobre el pomo de mi espada, observaba el espectáculo con un disgusto que apenas me molestaba en ocultar.
Las damas de las Grandes Casas estaban desatadas. Sabían que el rey había elevado a una bailarina de burdel al rango de Dama Favorecida tras su convalecencia, y la lógica de esas víboras era simple: si un soberano despiadado podía perder la cabeza por una mujer sin linaje, cualquiera de ellas, con títulos y dotes multimillonarias, podía seducirlo, desplazar a la favorita y asegurar la gloria de su clan.
Se agolpaban en el estrado ofreciendo miradas ardientes, risas agudas y escotes pronunciados mientras le servían vino, compitiendo con una audacia descarada por llamar su atención.
No entendían nada. Creían que el harén era un nido de amor, sin sospechar que era una trinchera.
Mi deber esa noche no era sonreír ni lucir vestidos incómodos. Mi único propósito era la seguridad de la puerta posterior del despacho real, el pasillo privado por donde transitaban los informes confidenciales de Felipe y los libros contables de Daría. Nadie debía cruzar esa línea.
Fue a mitad de la velada cuando la sedención de la nobleza tomó un matiz oscuro.
Una de las sirvientas de la Casa del nuevo Duque de Selia se me acercó ofreciéndome una copa de néctar de frutas reservado para la guardia. En un entorno normal, habría rechazado el gesto, pero la mujer alegó que era un mandato directo de la Reina Consorte para refrescar a la guardia. Confié. Di dos trincas profundas antes de volver a mi puesto en la puerta del despacho.
El error casi me cuesta la vida.
A los diez minutos, un calor extraño y abrasador comenzó a hervirme bajo la piel. No era el efecto del alcohol ni la fatiga de la armadura. Era un fuego viscoso que se extendía desde mi estómago hasta mis sienes, nublándome la vista y haciendo que los latidos de mi corazón martillearan contra mis oídos con una violencia aterradora. Mis piernas se sintieron pesadas, la respiración se volvió errática y una necesidad ajena y salvaje comenzó a apoderarse de mis pensamientos.
Afrodisíaco.
Las ratas del consejo habían usado una sustancia de acción rápida para incapacitar a la guardia de la puerta. Estaban buscando abrir el despacho a la fuerza o tenderme una trampa para desacreditar mi puesto. Apoyé la espalda contra la madera de la puerta, luchando con todas mis fuerzas por no desplomarme mientras el sudor frío me empapaba el cuello.
A lo lejos, vi la figura impecable de Amira. La Reina Consorte, cuya agudeza jamás fallaba, notó de inmediato la forma irregular en que mi pecho subía y bajaba y la pesadez de mis párpados. Sin levantar la mínima sospecha entre los nobles que la rodeaban, se acercó al estrado donde el rey repelía con frialdad los intentos de seducción de las damas y le susurró unas pocas palabras al oído.
La reacción del rey fue instantánea.
Se puso de pie bruscamente, dejando con la palabra en la boca a la hija del Conde de Selia, y avanzó a paso firme por la galería privada hacia donde yo estaba.
Cuando la figura del monarca cruzó el umbral, el veneno en mi sangre reaccionó de la peor manera posible. El calor sofocante exigía contacto, y mi mente, nublada por la droga, comenzó a traicionarme.
La cercanía del rey, su aroma a cuero y cedro, y la firmeza de su porte se convirtieron en una tentación abrumadora. Mi cuerpo quiso ceder; quise dar un paso hacia él, buscar su piel, perder la razón en sus brazos para sofocar el fuego que me estaba quemando por dentro.
Pero yo soy una guerrera del Norte. Hija de soldados. No nací para ser esclava de una droga ni para arruinar la causa por un impulso miserable.
Antes de que mis manos tocaran su túnica o mi voz traicionara mi dignidad intentando seducirlo, tomé la daga corta de mi cinturón. Con un movimiento rápido y a ciegas, clavé el filo de la hoja en la palma de mi mano izquierda.
El dolor fue puro, helado y desgarrador.
La sangre brotó a borbotones, tiñendo el cuero de mi guantelete, pero el impacto del dolor cortó la bruma del afrodisíaco como una espada afilada. Recuperé el control de mi mente en un segundo. Me quedé de rodillas sobre la piedra, jadeando, apretando el puño herido contra mi pecho para contener el temblor.
—Prefiero desangrarme aquí mismo antes que dejar que una maldita droga me obligue a faltarle al respeto o a perder la razón, majestad —logré articular con la voz rasposa, sosteniéndole la mirada con feroz orgullo.
El rey se detuvo a un paso de mí. No vi asco ni ira en sus ojos oscuros; vi algo mucho más profundo. Sorpresa, una satisfacción enorme y un respeto absoluto hacia la fuerza de mi voluntad.
Sin importarle la sangre que manchaba el suelo, el monarca se inclinó, me tomó del brazo sano con una firmeza impecable y me levantó.
—Suficiente, Alessia. Has demostrado más lealtad que todo este salón junto —murmuró con una gravedad profunda.
Pasó mi brazo sobre su hombro y, a la vista de los guardias del pasillo y las sirvientas que atisbaban desde la recepción, me llevó personalmente a sus aposentos privados.
Para la corte que observaba desde lejos, la escena fue incriminatoria y definitiva: el rey, preocupado y sofocado por el deseo, se había llevado a la guerrera a solas a su habitación a mitad del banquete.
La noticia corrió como reguero de pólvora entre los nobles: «Alessia no resistió la tentación; usó su posición para caer en la cama de su alteza y asegurar el favor real».
Al día siguiente, el monarca emitiría un decreto nombrándome oficialmente Concubina Destacada, elevando mi rango por encima de la alta nobleza, confirmando ante el imperio entero la mentira de que había pasado la noche en sus brazos.
Pero la realidad dentro de esa habitación fue completamente distinta.
En cuanto la puerta pesada se cerró tras nosotros, el rey me depositó en un sillón con extremo cuidado. No hubo toques indecorosos, no hubo pasión ni reclamos. Hizo llamar en secreto a la médica imperial de su entera confianza para que purgara el veneno de mi cuerpo y suturara la herida de mi mano. Durante las tres horas que duró el tratamiento, el monarca permaneció sentado a unos metros, velando en silencio, asegurándose personalmente de que los temblores cesaran y mi respiración se estabilizara.
Mientras la médica cosía la palma de mi mano, observaba al rey de reojo desde la penumbra.
Aquel hombre al que todo el reino temía, el soberano que había decapitado al Ministro de Guerra sin pestañear y que mantenía una fachada de tirano sanguinario, me miraba con una preocupación sincera y humana. No era la mirada de un amo cuidando una propiedad, ni la de un hombre codiciando a una mujer. Era la mirada de alguien que conocía el dolor, alguien que cuidaba a sus aliados con un celo silencioso y profundo.
Por primera vez desde que ingresé a este palacio de mentiras, una duda punzante me oprimió el pecho.
¿Quién era realmente el hombre detrás de la corona de hierro? Mirando la firmeza de sus facciones y el cuidado absoluto con el que nos protegía a las cuatro, me descubrí preguntándome en silencio si ese rey aparentemente despiadado verdaderamente tenía la mente y el corazón capaces de enamorarse... y de quién era la sombra que habitaba en el fondo de sus ojos cuando creía que nadie lo estaba mirando.
lo siento, me quedo con el rey y el príncipe 😅😅
yo creo que el rey ama a la reina, y que ella es su amada. por eso la reina sueña con ese enmascarado