Un heredero, una esposa inesperada y un amor prohibido desafían un imperio.
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Capítulo 7: Un día inolvidable
Oriana.
Los meses habían pasado mucho más rápido de lo que imaginé.
Desde que Jonás y yo comenzamos nuestra relación, mi vida había cambiado de una manera que jamás habría podido anticipar. Seguía trabajando en la cafetería de la universidad, dedicaba largas horas a mis pinturas y continuaba esforzándome por terminar mis estudios, pero ahora tenía a alguien con quien compartir mis alegrías, mis preocupaciones y hasta mis pequeños logros.
Jonás se había convertido en una parte importante de mis días. Siempre encontraba la manera de sorprenderme, incluso cuando sus obligaciones académicas lo mantenían ocupado. A veces aparecía en la cafetería y tomábamos un café; otras, me esperaba a la salida para acompañarme hasta la residencia. También había aprendido a reconocer cuándo necesitaba un abrazo sin tener que pedirlo.
Sin embargo, había algo que comenzaba a inquietarme: el tiempo.
Cada vez faltaba menos para que terminara su segundo máster y regresara a su país. Aunque habíamos hablado de ello, todavía no sabía qué sucedería con nosotros cuando llegara ese momento. Jonás siempre me decía que encontraríamos la manera de seguir juntos, pero yo no podía evitar preguntarme si la distancia terminaría cambiándolo todo.
Aun así, no quería permitir que el miedo arruinara los momentos que teníamos.
Y finalmente llegó uno de los días más importantes de mi vida: mi graduación.
Había trabajado muchísimo para conseguirlo. No fueron años sencillos, pero cada sacrificio había valido la pena. Cuando escuché mi nombre y anunciaron que había obtenido el mayor de los honores, sentí que las lágrimas amenazaban con escaparse de mis ojos.
Miré hacia el público y encontré a Jonás.
Estaba sentado entre los invitados, con una sonrisa orgullosa y la mirada fija en mí. Al verlo, comprendí que, aunque aquel logro me pertenecía, quería compartirlo con él.
Cuando llegó el momento de pronunciar el discurso de graduación, respiré profundamente y me acerqué al micrófono.
—Hoy no solamente celebramos el final de una etapa académica. También celebramos cada esfuerzo, cada noche sin dormir, cada duda que conseguimos superar y cada persona que nos ayudó a llegar hasta aquí.
Hice una pequeña pausa, tratando de controlar la emoción.
—Quiero agradecer a nuestros maestros por su paciencia, dedicación y por compartir con nosotros sus conocimientos. Gracias por exigirnos lo mejor y enseñarnos que siempre podemos dar un poco más de nosotros mismos.
Escuché algunos aplausos y continué.
—También quiero agradecer a quienes estuvieron presentes durante este camino, incluso cuando las cosas no fueron fáciles. Y, especialmente, quiero agradecer a una persona que llegó a mi vida de manera inesperada y que, sin proponérselo, se convirtió en una de mis mayores motivaciones. Gracias por creer en mí, por acompañarme y por recordarme que no tengo que enfrentar todos mis miedos sola.
Mis ojos buscaron nuevamente los de Jonás.
—Este logro también tiene un poquito de ti.
Los aplausos llenaron el auditorio. Sonreí, emocionada, mientras regresaba a mi asiento. Jonás no apartó la mirada de mí y pude notar que estaba especialmente orgulloso.
Cuando terminó la ceremonia, se acercó entre los demás invitados y me rodeó la cintura.
—Estoy muy orgulloso de ti, pelirroja.
—¿De verdad?
—No tienes idea de cuánto. —Me apartó un mechón de cabello del rostro—. Sabía que lo conseguirías.
Sonreí y lo abracé con fuerza.
—Gracias por estar aquí.
—No me habría perdido esto por nada del mundo.
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Jonás.
Verla sobre aquel escenario había sido una de las experiencias más bonitas que había vivido.
Oriana no tenía idea de lo orgulloso que me sentía. Había conseguido graduarse con los máximos honores después de esforzarse durante años, y verla recibir aquel reconocimiento me hizo admirarla todavía más.
Cuando mencionó a una persona especial en su discurso, supe inmediatamente que hablaba de mí.
Había algo que no podía dejar de pensar: pronto tendría que regresar a casa.
Mi padre no dejaba de recordarme que el momento de asumir mis responsabilidades estaba cada vez más cerca. Las conversaciones sobre la empresa y el matrimonio que pretendían organizar para mí se habían vuelto más frecuentes. Sin embargo, ahora tenía algo que antes no existía en mis planes: Oriana.
Y no estaba dispuesto a perderla.
—Ven, tengo una sorpresa para ti —le dije, tomando su mano.
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Al llegar, Oriana se detuvo frente al auto. Sabía que llamaría su atención, pero no tenía otra opción. Quería llevarla a un restaurante especial para celebrar su graduación.
—Jonás... —murmuró, observándolo—. ¿De dónde sacaste este auto?
Abrí la puerta del copiloto.
—Lisandro me lo prestó.
—¿Lisandro tiene un automóvil así?
—Al parecer, sí.
Ella me miró con cierta desconfianza, pero finalmente sonrió.
—Bueno, entonces dale las gracias de mi parte.
—Se las daré.
Me senté al volante y puse el motor en marcha. Mientras conducía, la observé de reojo. Llevaba un vestido precioso que resaltaba su cabello rojizo y una sonrisa que parecía iluminarlo todo.
—¿Qué? —preguntó al notar que la miraba.
—Nada. Solo estoy pensando que tengo la novia más hermosa del mundo.
Ella soltó una carcajada y apoyó su mano sobre la mía.
Llegamos a un restaurante elegante, con una iluminación cálida y una vista maravillosa. Había reservado una mesa para nosotros, lejos del ruido, porque quería que aquella noche fuera especial.
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Oriana.
Me quedé maravillada al entrar.
El lugar era precioso. Las mesas estaban cuidadosamente decoradas, la música era suave y las enormes ventanas permitían contemplar las luces de la ciudad.
—Jonás, esto es demasiado bonito.
—Te mereces algo bonito, pelirroja.
Nos sentamos y pedimos la cena. Durante un buen rato hablamos de mi graduación, de mis planes y de las posibilidades que tenía para comenzar a trabajar en el área.
—Ahora eres toda una profesional —comentó, levantando su copa.
—Y tú todavía tienes que terminar tu máster.
—No me lo recuerdes.
Lo dijo en tono de broma, pero percibí algo diferente en su expresión.
—¿Te preocupa regresar a casa?
Jonás dejó su copa sobre la mesa.
—Hay muchas cosas que debo resolver cuando vuelva.
—¿Y nosotros?
Su mirada se suavizó.
—Nosotros también encontraremos la manera de resolverlo.
—No quiero que te sientas obligado a quedarte por mí.
—Y yo no quiero que pienses que estar contigo es una obligación.
Extendió su mano sobre la mesa y entrelazó sus dedos con los míos.
—Te quiero en mi vida, Oriana. Eso no va a cambiar porque tenga que regresar a casa.
Sentí un nudo en la garganta.
—Yo también te quiero en mi vida.
Jonás sonrió y llevó mi mano hasta sus labios para besar mis nudillos.