NovelToon NovelToon
LA HEREDERA OCULTA. EL ECO DE MI TIEMPO ROBADO

LA HEREDERA OCULTA. EL ECO DE MI TIEMPO ROBADO

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Romance de oficina / CEO / Romance / Completas
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: SIKEVALEN

Christine tiene 26 años, trabaja como contable en una importante corporación alimentaria y cree ser una hoja al viento tras haber crecido en un orfanato. Su vida transcurre en calma hasta que un inesperado ascenso la lleva al último piso de la empresa, directo al despacho de Rubén, el frío y estricto CEO. Él vive atrapado en una jaula de oro, obligado a cumplir una promesa familiar y casarse con Clarisa, la caprichosa y superficial hija del socio de su padre.
Entre balances financieros y reuniones compartidas, una atracción prohibida e inevitable surge entre la contable y el director ejecutivo. Sin embargo, un trágico accidente y una inesperada emergencia médica en el hospital lo cambiarán todo, sacando a la luz una anomalía biológica que desatará las sospechas del pasado.
Nadie es quien dice ser. En un mundo de lujos falsos y secretos de alcoba, ¿qué misterio se esconde detrás de la cuna de la verdadera heredera? El altar de la verdad está listo para que caigan las máscaras.

NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 6. PRETEXTOS E IMPREVISTOS

Pasé toda la noche dando vueltas en la cama, incapaz de conciliar el sueño. La desastrosa cena con Clarisa había dejado un sabor amargo en mi boca, pero lo que realmente me impedía pegar ojo era la persistente imagen de unos ojos almendrados que no salían de mi cabeza. Al llegar a la fábrica el martes por la mañana, mi cuerpo acusaba el cansancio físico, pero mi mente estaba inusualmente alerta. Me senté detrás de mi escritorio de roble, abrí mi ordenador y traté de concentrarme en la agenda del día. Tenía una reunión con el comité de exportación a las once, la revisión de los contratos de logística a las dos y una videollamada con los asesores legales a última hora de la tarde. Una rutina perfectamente estructurada. Sin embargo, ninguna de esas tareas lograba capturar mi atención. Mis ojos no dejaban de desviarse hacia el teléfono de la oficina, de donde salían las líneas internas que conectaban con los pisos inferiores. Específicamente, con el departamento de contabilidad.

Me pasé las dos primeras horas de la jornada buscando de manera ridícula una justificación válida para bajar a la planta administrativa. Como director ejecutivo de la corporación, yo no solía descender a discutir detalles menores con los jefes de departamento; para eso existían los canales oficiales, los correos electrónicos y los asistentes. Si bajaba sin un motivo de peso aparente, mi secretaria y el resto del personal notarían que algo extraño estaba sucediendo, y lo último que deseaba era levantar rumores malintencionados en los pasillos de la empresa.

—Piensa, Rubén, piensa —me repetí a mí mismo en un susurro, tamborileando los dedos sobre el cristal del escritorio—. Tiene que haber algo que requiera la atención directa de la nueva jefa.

Fue entonces cuando la iluminación me llegó al revisar la carpeta de auditorías del año pasado. Encontré un informe menor sobre las mermas de inventario en la sección de envasado al vacío. Era una desviación insignificante, apenas un cero coma cinco por ciento que se encontraba dentro de los márgenes de error tolerables por la compañía, algo que en condiciones normales habría ignorado o archivado sin más. Pero en ese momento, aquel papel arrugado se convirtió en mi boleto de oro. Era el pretexto perfecto. Podía argumentar que, al ser Christine la nueva encargada del área, quería revisar personalmente con ella las proyecciones de pérdidas para el nuevo ciclo para asegurar una política de "tolerancia cero" al desperdicio.

Sin pensarlo dos veces, para no darme tiempo a arrepentirme de mi impulsividad, me levanté de la silla, me acomodé la chaqueta del traje gris y salí de mi despacho.

—Señor Rubén, ¿necesita que le programe la sala de juntas para la reunión de las once? —me preguntó mi secretaria al verme pasar a paso veloz.

—No, gracias, Marta. Voy a bajar un momento a la planta de administración a revisar unos detalles del balance con la señorita Christine. Si entra alguna llamada importante, desvíala a mi móvil —respondí con una naturalidad ensayada, tratando de que mi voz no delatara la extraña agitación que sentía en el pecho.

Subí al ascensor y presioné el botón del piso de contabilidad. Mientras el cubículo metálico descendía, me miré en el espejo de la cabina y me reajusté el nudo de la corbata. Sentí una punzada de incredulidad hacia mí mismo. Yo, un hombre de treinta años, CEO de la empresa más grande del sector alimentario del país, comportándome como un adolescente nervioso que busca una excusa barata para cruzarse con la chica que le gusta en el instituto. Era ridículo, pero la necesidad de volver a verla y de comprobar si la química del día anterior había sido real o una mera ilusión de mi cansancio era mucho más fuerte que mi orgullo ejecutivo.

Las puertas del ascensor se abrieron y el bullicio característico del área financiera me recibió de golpe. El sonido de los teléfonos sonando, el tecleo rápido en los ordenadores y el murmullo de los empleados llenaban el espacio. Caminé por el pasillo central con paso firme, manteniendo mi habitual expresión seria y autoritaria. A mi paso, varios empleados levantaban la mirada de sus pantallas y me saludaban con respeto, sorprendidos de ver al director general caminando por sus oficinas a esas horas de la mañana. Yo me limité a asentir con la cabeza hasta llegar a la puerta del despacho del fondo, la que hasta el viernes había pertenecido al señor Martínez y que ahora ostentaba un nuevo cartel provisional con el nombre de Christine.

La puerta estaba entreabierta. Me detuve a un palmo de la entrada y miré hacia el interior sin que ella se percatara de mi presencia. Christine estaba de espaldas a mí, subida a una pequeña escalera de madera de tres peldaños, intentando alcanzar un pesado archivador azul que se encontraba en la balda más alta de la estantería de la pared. Llevaba una falda de tubo oscura que estilizaba su figura y una blusa blanca de manga corta. Se sostenía con una mano en la madera mientras estiraba todo su cuerpo con esfuerzo, de puntillas, tratando de alcanzar el documento con los dedos de la otra mano.

—Un poco más... solo un poco más... —la escuché murmurar para sí misma, con un tono de frustración adorable.

Vi cómo el archivador cedía de golpe, balanceándose peligrosamente hacia adelante debido al peso acumulado de los papeles de años anteriores. El rostro de Christine se transformó en una expresión de absoluto susto al darse cuenta de que el pesado bloque de cartón y metal se le venía encima, perdiendo el equilibrio sobre el escalón.

Mi instinto de protección reaccionó mucho antes que mi capacidad de razonar. Di un paso al frente, crucé el umbral de la oficina a toda velocidad y estiré los brazos justo en el momento en que ella caía hacia atrás, soltando un pequeño grito ahogado.

El impacto de su cuerpo contra el mío me obligó a retroceder un paso para afianzar los pies en el suelo, pero logré sostenerla firmemente entre mis brazos antes de que tocara el suelo. El archivador azul cayó a un lado con un ruido sordo, desparramando varias hojas sueltas por la alfombra, pero a ninguno de los dos nos importó en absoluto lo que acababa de suceder con la oficina.

Christine tenía los ojos muy abiertos, fijos en los míos, mientras respiraba de manera agitada por el susto de la caída. Una de mis manos se había posado firmemente en su cintura para sostener su peso, sintiendo la calidez y la delgadez de su silueta a través de la tela de su ropa, mientras que la otra la rodeaba por la espalda. Su rostro se encontraba a escasos centímetros del mío, tanto que podía sentir el sutil calor de su respiración golpeando mis labios y percibir ese aroma tan suyo, una mezcla limpia de jabón y flores frescas que me embriagó los sentidos al instante.

El tiempo pareció detenerse por completo en ese despacho de contabilidad. El ruidoso entorno de la fábrica desapareció del mapa, transformándose en un silencio absoluto donde lo único que resonaba con fuerza era el latido desbocado de nuestros corazones, que golpeaban con fuerza en nuestros pechos tan unidos. La corriente eléctrica que había experimentado el día anterior regresó con una intensidad multiplicada por mil, recorriéndome la columna vertebral y dejándome completamente paralizado, atrapado en la profundidad de su mirada almendrada.

—¿Se... señor Rubén? —tartamudó ella finalmente con un hilo de voz, rompiendo el hechizo mientras un tierno y visible rubor comenzaba a extenderse rápidamente por sus mejillas y su cuello.

Recuperé la compostura a regañadientes, dándome cuenta de la posición tan íntima en la que nos encontrábamos. La ayudé a ponerse de pie con cuidado, asegurándome de que sus tacones se asentaran bien en el suelo antes de retirar lentamente mis manos de su cuerpo, experimentando una repentina sensación de frío al perder el contacto con su piel.

—¿Te encuentras bien, Christine? ¿No te has hecho daño? —le pregunté, forzando a que mi voz sonara lo más calmada y profesional posible, aunque por dentro mis emociones eran un auténtico caos.

—Sí... sí, estoy perfectamente. Muchas gracias, señor Rubén. Si no llega a entrar usted, habría tenido un accidente terrible —respondió ella, agachándose de inmediato para recoger las hojas sueltas del suelo, en un claro intento de ocultar su vergüenza y recuperar el control de la situación—. Disculpe el desorden. ¿Qué... qué lo trae por el departamento de contabilidad a estas horas?

Tragué saliva, recordando de repente el pretexto del inventario que me había traído hasta allí, un motivo que ahora me parecía la cosa más insignificante del universo en comparación con la intensidad del momento que acabábamos de compartir.

1
Monica Cobos
Una tierna y hermosa historia de vida y amor 💕💕💕🍀🙋🇦🇷🇦🇷
Mirna Lobo
espectacularmente buena 👏👏😊 felicidades escritora, espero que sus problemas se resuelvan con bien y gran abrazo 🤗 y bendiciones 😊😊😊
Mirna Lobo
que bonito y que gran corazón el de Cristine , todo lo que es , se lo debe a las enseñanzas de esa gran mujer 😊👏👏👏❤️❤️
Mirna Lobo
❤️❤️❤️la corriente vuelve a su cause 👏👏😊😊
Mirna Lobo
me pregunto de dónde sacó esa señora cincuenta mil dólares para pagarle al médico ❓❓❓
Mirna Lobo
resultó que la insufrible no es hija de ella 🫢 fueron cambiadas, espero que se le bajen los humos a la lagartona de la Clarisa😠😠
Mirna Lobo
no me digas que Cristine es hermana de la insufrible 🤔😠 eso sí es tener mala suerte en la vida 😤 o al menos que las hayan intercambiado 🤔
Mirna Lobo
que maravilla que tenga sentimientos tan bonitos para la persona que la cuidó en el orfanato 😊😊
Andrea Nardelli
extraordinaria exelelentemente escrita
Perla Arbos
Hermosa historia!!!. Felicitaciones!!!
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play