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Ámame, Esposo Mío

Ámame, Esposo Mío

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Matrimonio contratado / Aventura de una noche / Embarazo no planeado / Reencuentro / Completas
Popularitas:101
Nilai: 5
nombre de autor: ErKa

Camila era solo una joven de limpieza que cargaba con deudas, con una madre enferma y con la esperanza de sus hermanos menores sobre los hombros. Una noche, por una simple casualidad, se cruzó con el hombre que jamás debió mirar: Max Montenegro, el frío y poderoso director general de la empresa.

Un error cometido en la borrachera lo cambia todo. Max cree que un cheque cubre cualquier daño, pero semanas después descubre que la mujer a la que despreció lleva en su vientre a su hijo. Entre contratos firmados a la fuerza, una mansión llena de miradas de desprecio y una suegra que ya tiene elegida a la nuera perfecta, Camila tendrá que aprender a sobrevivir en un mundo que no es el suyo.

Mientras tanto, un rival encantador no deja de rondarla, la antigua prometida de Max regresa dispuesta a todo y el corazón de un hombre incapaz de pedir perdón empieza a latir donde nunca quiso.

Pero algunas heridas no se cierran con dinero, y algunos secretos pesan más que un apellido. Años después, el destino los obliga a cruzarse de nuevo, y esta vez hay un niño de ojos curiosos que tiene mucho que decir.

¿Puede un amor nacido del error ganarse una segunda oportunidad?

NovelToon tiene autorización de ErKa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cap. 21 - Quiero arroz frito

—¿Quieres que durmamos juntos? Yo encantado…

—¡C-claro que no! T-tú prometiste que íbamos a dormir separados.

—Es broma. Vas a dormir sola en este cuarto. Yo voy a dormir en el sofá o en el estudio. Voy por tus cosas para dejarlas aquí. Tu ropa ya la puse en el vestidor.

—¿Vestidor? —preguntó Camila, desconcertada.

—Sí. Ven, te enseño dónde está.

Max la llevó a recorrer el lugar, mostrándole cada espacio. El departamento tenía recibidor, sala familiar, comedor, cocina, estudio, vestidor, una sala multimedia, gimnasio, tres baños y una sola recámara.

Camila no salía de su asombro. ¿Por qué había tantos espacios en ese departamento y solo una recámara? ¿Nunca se le había ocurrido a ese hombre qué pasaría si algún pariente o amigo quisiera quedarse a dormir? ¿Dónde iban a dormir? (Pensamientos ingenuos de una muchacha de pueblo.) Como le ganó la curiosidad, terminó preguntando.

—Esta casa es enorme, ¿por qué nada más tiene una recámara?

—Porque vivo solo. No necesito más cuartos…

—¿Y si la señora o sus hermanos vienen y se quieren quedar a dormir?

—No se los permitiría —respondió Max con una sonrisa amarga—. Ya te enseñé todo. Mejor regresa al cuarto a descansar. Ah, por cierto, se me olvidaba decirte: mientras yo esté trabajando, va a venir una empleada doméstica todos los días.

—¿Para qué? Yo puedo limpiar la casa…

—Ni se te ocurra. Mientras vivas aquí, tienes prohibido hacer cualquier cosa. No te lo permito.

—P-pero ¿entonces qué voy a hacer?

—Lo que tienes que hacer es cuidarlo a él para que esté sano. Te voy a dar libros y películas sobre el embarazo. Tienes que estudiarlos. También te voy a inscribir en un curso prenatal.

—¿De verdad tengo que hacer todo eso? En mi pueblo las embarazadas no hacen nada de eso, y aun así los bebés nacen sanos… —trató de objetar Camila.

—Tú no eres esas mujeres. Y ese bebé es mío. Tengo todo el derecho de darle lo mejor. ¿Te acuerdas de nuestro acuerdo? Si le pasa algo, te demando.

Lo dijo con dureza, y Camila agachó la cabeza, impotente. Max se sintió un poco culpable al verla así.

—Ve a descansar. ¿O se te antoja algo de comer? —intentó suavizarlo.

Ella negó con la cabeza. Se fue hacia su cuarto (léase: el cuarto de Max) dispuesta a descansar. Max la siguió con la mirada, con un peso en la conciencia.

Eran las once de la noche cuando Camila despertó. Miró a su alrededor, desorientada, preguntándose dónde estaba. Un momento después recordó que ya no vivía en la casa grande, sino en la «vivienda popular» del padre de su bebé.

Como todas las noches, tenía un hambre feroz. Se bajó de la cama a toda prisa y salió a buscar a Max. Solo ese hombre podía quitarle el hambre; le conseguía cualquier cosa que ella pidiera.

Lo buscó por todas partes, sin saber bien dónde. Fue a la sala familiar, pero en el sofá no había nadie. Recorrió un espacio tras otro. El miedo empezó a rondarla; estar sola en una casa tan grande la asustaba un poco.

El último lugar que revisó fue el estudio. Tocó la puerta con cuidado, pero nadie respondió. Por curiosidad, la abrió despacio y asomó la cabeza.

Y entonces lo vio, profundamente dormido en la silla de su escritorio. Camila se acercó con sigilo y se quedó mirando aquel rostro tan apuesto, que se veía agotadísimo. Dormido, no parecía malo. Al contrario: parecía un príncipe encantado sumido en un largo sueño, esperando el beso de una princesa que lo despertara.

Se quedó embelesada contemplándolo un buen rato. Si se hubieran conocido de una manera normal, como cualquier otra pareja, tal vez se habría enamorado de él muy pronto. Pero su primer encuentro había sido horrible, y le había dejado una herida profunda en el corazón. Ojalá algún día esa herida y ese trauma se borraran de su memoria.

Soltó un suspiro hondo. Y, sin previo aviso, su estómago empezó a rugir con todo el escándalo del mundo. El príncipe abrió los ojos y la miró fijamente, con una mirada penetrante. Camila se sobresaltó al ver que despertaba de golpe y, sin darse cuenta, se echó hacia atrás. Lo hizo tan rápido que perdió el equilibrio y estuvo a punto de caerse. Antes de que tocara el suelo, Max la sujetó por la cintura, y ella cayó cómodamente en sus brazos.

—Cuidado —gruñó Max. Su respiración pesada le rozó la oreja y la hizo estremecerse. Camila intentó apartarse de él.

—S-suélteme… —pidió con voz débil.

—No te voy a soltar hasta que me digas a qué viniste —dijo él en voz baja. La respiración se le había vuelto un poco más pesada. El aroma del cuerpo de Camila entre sus brazos lo estaba afectando, despertándole el instinto de hombre.

—Yo… Yo…

¡Grrr! ¡Grrr!

Antes de que pudiera responder, el estómago volvió a sonarle, y Camila bajó la cabeza, muerta de vergüenza. Max hacía un esfuerzo enorme por no soltar la carcajada.

—¿Tienes hambre?

Ella asintió.

—¿Qué quieres comer? Le digo a Gerardo que vaya a comprarlo…

—N-no le pida al asistente otra vez…

—¿Por qué no? Su trabajo es obedecerme.

—P-pero el bebé no quiere…

Camila agachó la cara, tratando de esquivar su mirada. No quería que él se diera cuenta de que estaba mintiendo. Durante los días en el hospital, Gerardo le había comprado todo lo que ella pedía por órdenes de Max, y cada vez la miraba con unos ojos que daban miedo. No quería volver a ver esa mirada.

En cuanto oyó que el bebé tenía que ver, Max recuperó el juicio por completo. Con toda la atención del mundo, le preguntó:

—¿Qué quiere el bebé?

—S-suélteme primero…

—No te suelto hasta que me contestes.

—P-pero así estoy muy incómoda…

Camila empezaba a ponerse nerviosa. ¿Y cómo no, si estaba sentada en el regazo de Max, con los dos brazos de él rodeándole la cintura?

—Pues yo estoy muy cómodo así.

—E-el bebé no quiere estar cerca de ti. S-suéltame.

Volvió a mentir. Pero sus palabras hicieron que Max cediera. Por fin la liberó de sus brazos atléticos. La sentó en la silla del escritorio y él prefirió quedarse de pie.

—Dime, ¿qué quiere el bebé?

—¿E-está enojado?

—No estoy enojado.

—Pero parece enojado…

—No estoy enojado. Dime, ¿qué quiere comer el bebé?

—Q-quiero comer arroz frito…

—¿Algo más?

Camila negó con la cabeza.

—¿Segura que nada más quieres arroz frito?

—S-sí…

—¿Segura que con eso te vas a llenar?

—Sí…

—Está bien, aunque no se parece en nada a las porciones que te comes. Voy a ver cómo te lo consigo.

—P-pero…

—¿Pero qué? ¿Se te antoja algo más?

Ella volvió a negar con la cabeza, y a Max se le agotó la paciencia.

—¿Entonces qué?

—¡E-e-el bebé quiere arroz frito hecho por su papá!

En cuanto lo dijo, Camila se levantó de la silla y salió corriendo hacia la puerta, tapándose la cara, dejando a Max boquiabierto, mirándola irse.

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