Amelia entra a la mansión del temido Alfa Lian como niñera de su pequeño hijo, sin saber que el líder ha quedado ciego y amargado tras la traición de su propia manada. En un mundo donde la debilidad se paga con sangre, Lian oculta su ceguera con crueldad, rechazando a todos. Sin embargo, el aroma de Amelia calma a su bestia y despierta una obsesión peligrosa. Entre secretos oscuros, enemigos acechando en las sombras y una atracción prohibitiva que consume sus almas, Amelia descubrirá que sanar a la bestia puede costarle la vida... o convertirla en su Luna.
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capitulo 20
El frío de la noche envolvía la mansión Blackwood con un manto de hielo opaco. Tras la amenaza explícita de Marcos, Amelia apenas pudo conciliar el sueño.
La idea de traicionar a Lian o poner en peligro al pequeño Mateo le oprimía el pecho con la fuerza de una losa de piedra.
No había opción: rechazaría el chantaje y buscaría la forma de alertar al Alfa sin desencadenar una carnicería inmediata en la que Mateo pudiera salir perjudicado.
Al dar las doce en el reloj de pared del vestíbulo, Amelia decidió actuar.
Aprovechando que la guardia del ala oeste hacía el cambio de turno, caminó a pasos rápidos por el corredor hacia la biblioteca privada del Alfa, el lugar donde Lian guardaba los expedientes tácticos del perímetro.
Necesitaba comprobar si Marcos ya había manipulado los mapas antes de encarar la situación.
El pasillo estaba desierto, sumido en una penumbra pesada que solo interrumpía el parpadeo distante de los candelabros de pared.
Al llegar a la pesada puerta de roble de la biblioteca, Amelia notó algo extraño: la cerradura de hierro estaba entornada. Un hilo de luz tenue se filtraba desde el interior. Conteniendo el aliento, empujó la madera en silencio y se deslicó hacia el centro de la estancia.
El olor a pergamino viejo y madera pulida estaba impregnado de un rastro metálico y acre que no pertenecía al recinto.
El escritorio de caoba del Alfa estaba revuelto. Varios cajones permanecían abiertos y una docena de mapas estratégicos de la frontera norte se hallaban esparcidos sobre la mesa.
Justo en el centro del mueble descansaba un frasco de cristal oscuro desprovisto de tapón: el mismo recipiente de acónito negro refinado que había estado envenenando a Lian durante semanas.
Un escalofrío de pavor recorrió la espina dorsal de la joven.
—Es una trampa... —susurró para sí misma, dando un paso atrás con la intención de salir corriendo de la estancia.
En ese preciso instante, un crujido seco resonó detrás de un estante de libros.
Antes de que Amelia pudiera reaccionar o lanzar un grito de auxilio, una figura embozada surgió de las sombras y la golpeó con fuerza en el hombro herido.
El dolor lacerante hizo que la enfermera cayera de rodillas sobre la alfombra, soltando un gemido ahogado.
El atacante no la remató. En lugar de eso, le arrojó sobre el regazo un sobre de cuero sellado con la insignia de los renegados del norte y se desvaneció por la puerta secreta del pasadizo de servicio antes de que ella pudiera incorporarse.
Amelia intentó levantarse, pero la puerta principal de la biblioteca se abrió de par en par con un golpe retumbante que sacudió las paredes de la sala.
Una docena de guardias de la casa noble, encabezados por Marcos y escoltados por dos ancianos del consejo de la manada, irrumpieron en la estancia con las espadas desenvainadas y los ojos encendidos en un brillo dorado de combate.
—¡Nadie se mueva! —ordenó Marcos con una voz potente que resonó en todo el piso.
El Beta avanzó hacia el centro de la habitación con expresión triunfante, haciendo una pausa calculada al ver a Amelia de rodillas en el suelo, con las manos manchadas de la tinta de los mapas estratégicos y el sobre de los renegados tirado a sus pies.
—¿Qué significa esto? —exclamó uno de los ancianos del consejo, un hombre de cabellos blancos y rostro surcado por cicatrices de guerra—. ¡Esa es la enfermera humana!
—Parece que hemos encontrado a la topo que filtraba las posiciones del perímetro a los renegados —declaró Marcos, señalando con la punta de su espada el frasco de acónito negro sobre el escritorio—. Y no solo eso... estaba extrayendo los mapas de la frontera mientras el Alfa descansa.
Amelia se puso en pie a duras penas, apoyándose contra el borde de la mesa mientras el dolor de su hombro le hacía sudar frío.
—¡Eso es mentira! —gritó Amelia, mirando fijamente a Marcos con rabia y desprecio—. Él me tendió una emboscada. Marcos es el traidor que dejó pasar a los invasores por el perímetro este. ¡Él me amenazó ayer para que le entregara los mapas!
Los guardias murmuraron entre sí, desorientados por la acusación directa contra el Beta de la manada. Marcos no perdió la compostura; dejó escapar una carcajada amarga y llena de falsa indignación.
—¿Apretando acusaciones absurdas para salvar la piel, sirvienta? —siseó Marcos—. Registren sus aposentos inmediatos.
Dos guardias salieron a toda prisa hacia la habitación de Amelia y regresaron en menos de tres minutos llevando una pequeña caja de madera que pertenecía a los enseres de la joven.
Al abrirla frente a los ancianos del consejo, cayeron sobre la mesa varias monedas de plata con la marca de las tribus rebeldes del norte y dos viales adicionales con el resto del veneno concentrado.
—Pruebas irrefutables —sentenció el anciano del consejo, apretando el bastón de mando con rabia—. La humana no solo ha estado envenenando a nuestro Alfa, sino que planeaba entregar la mansión entera esta misma noche.
—¡Es un montaje! —insistió Amelia, sintiendo que las lágrimas de impotencia quemaban sus ojos—. ¡Pido hablar con el señor Lian! ¡Exijo que el Alfa me escuche!
—El Alfa no está en condiciones de atender a una espina traidora —sentenció Marcos con una sonrisa helada que solo Amelia pudo percibir—. Bajo la ley marcial de la manada Blackwood, quedas bajo custodia en los calabozos subterráneos hasta que el consejo decida tu ejecución al amanecer.
Los guardias se abalanzaron sobre ella. Dos hombres Corpulentos la sujetaron por los brazos con brusquedad, retorciéndole el hombro lastimado mientras le colocaban grilletes de hierro pesado en las muñecas. Amelia luchó con todas sus fuerzas, pero la fuerza física de los lobos la sometió en segundos.
Mientras la arrastraban fuera de la biblioteca hacia las escaleras que descendían a las mazmorras frías de la mansión, el eco de los pasos acelerados de Lian resonó a lo lejos, en la galería superior.
El Alfa, alertado por el alboroto y el olor a tensión que invadía la casa, avanzaba a ciegas por el pasillo.
—¡Lian! —gritó Amelia con desesperación antes de que uno de los guardias le cubriera la boca con un guante de cuero—. ¡Lian, no creas en nada de esto!
Lian se detuvo en seco en medio del corredor. Sus orejas captaron el grito ahogado de Amelia y el sonido metálico de los grilletes acelerando su pulso. Las venas oscuras de sus sienes comenzaron a latir de nuevo con violencia.
—¿Qué está pasando ahí abajo? —demandó el Alfa con un rugido que hizo temblar las lámparas del techo.
—Señor, hemos capturado a la traidora en el acto —respondió Marcos desde la puerta de la biblioteca, alzando la voz para que resonara con autoridad—. La humana Amelia estaba robando los planos de la frontera y guardaba el veneno en su propia habitación. Las pruebas son definitivas.
Lian se quedó inmóvil en la penumbra. Sus ojos ciegos apuntaron hacia la dirección por donde se llevaban a Amelia, atrapado entre la evidencia irrefutable presentadas por su consejo y la memoria indeleble de la mujer que le había devuelto la vida.