Un heredero, una esposa inesperada y un amor prohibido desafían un imperio.
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Capítulo 22: Primera cita como esposos
Sentí un nudo de emoción en la garganta.
—A veces no sé qué hice para merecerte.
Jonás sonrió y acercó su rostro al mío.
—No tienes que hacer nada para merecerme. Te elegí porque te amo, Oriana O'Neil.
—Te amo tanto.
—Y yo a ti, mucho más de lo que imaginas.
Me besó con ternura y, cuando se separó, se levantó del sofá.
—Por cierto, tengo algo para ti.
Lo miré intrigada mientras caminaba hacia la salida.
—Espera aquí.
Regresó unos minutos después con una caja grande entre las manos. La colocó sobre mis piernas y se sentó a mi lado.
—Ábrela.
Levanté la tapa con curiosidad y me quedé sorprendida al descubrir lo que había dentro. Era un vestido precioso, acompañado de unos zapatos, unas joyas delicadas y un bolso que combinaba perfectamente con el conjunto.
—¡Jonás! —exclamé, sacando cuidadosamente el vestido—. ¡Es precioso!
—Me alegra que te guste.
Pasé los dedos por la tela, todavía sorprendida.
—No debiste gastar dinero en todo esto.
Él soltó una pequeña carcajada.
—Pelirroja, tranquila. Puedo permitirme esto.
—Pero...
—Nada de peros. No tienes que preocuparte por cada cosa que compro. Quería darte un detalle y lo hice porque me nació.
Lo miré con una mezcla de emoción y curiosidad.
—¿En qué momento hiciste todo esto?
—Cuando salí de la reunión con Andrés. Me enteré de que esta noche hay una exposición de arte y conseguí entradas para los dos.
Mis ojos se iluminaron.
—¿Una exposición de arte?
—Sí. Pensé que te gustaría. Quiero que salgamos, que disfrutemos un poco y que te distraigas de todo lo que ha pasado últimamente.
Volví a mirar el vestido y después a él.
—No sabes cuánto me emociona que hayas pensado en algo así.
—Quería hacer algo que te hiciera feliz. Además, hace tiempo que no tenemos una cita como se debe.
Sonreí.
—Tienes razón.
Sin embargo, una preocupación apareció en mi mente.
—¿Y qué pasará si la prensa te reconoce?
Jonás se encogió de hombros con tranquilidad.
—Ojalá lo hagan.
Lo miré confundida.
—Sí. Así tendremos la oportunidad de aclarar todo lo que dijeron en las noticias. No pienso seguir permitiendo que inventen historias sobre mi esposa mientras nosotros nos escondemos.
—Pero podrían hacerte preguntas incómodas.
—Que pregunten lo que quieran. No tengo nada que ocultar cuando se trata de ti. Y si quieren conocer nuestra historia, podemos contarles la verdad.
Bajé la mirada hacia el vestido.
—No quiero que esto termine convirtiéndose en otro problema para nosotros.
Jonás tomó mi barbilla con suavidad para que lo mirara.
—No vamos a dejar que otras personas decidan cómo debemos vivir. Esta noche quiero que disfrutes de la exposición, que veas las obras y que pases un buen rato conmigo. Lo demás podemos enfrentarlo cuando llegue el momento.
Sonreí y dejé la caja a un lado antes de rodear su cuello con mis brazos.
—Gracias por pensar en mí.
—Siempre pienso en ti, pelirroja.
Lo besé y él correspondió, acercándome un poco más.
Por primera vez desde que habíamos llegado a aquel país, sentí que podía dejar de preocuparme por unos instantes. Teníamos problemas, sí, y seguramente todavía nos esperaban muchos más. Pero también teníamos planes, ilusiones y un futuro que podíamos construir juntos.
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Jonás.
Ver aquella sonrisa en el rostro de mi pelirroja hizo que todo el esfuerzo de la mañana valiera la pena.
No quería que nuestra vida se convirtiera en una sucesión de discusiones con mis padres, titulares malintencionados y preocupaciones. Ella merecía disfrutar de su talento y de todo lo que todavía tenía por delante.
La exposición era una buena oportunidad para recordarle que no todo tenía que girar alrededor de los problemas de mi familia.
Además, quería comenzar a mostrarle que mi nueva vida no estaría definida por el imperio de los O’Neil. Tenía algunos recursos, conocimientos y personas con las que podía trabajar. La asociación con Andrés era apenas el comienzo.
Y, sobre todo, tenía a Oriana.
—Ve a prepararte —le dije, dándole un beso en la frente—. Quiero que estés lista para cuando llegue la hora.
Ella tomó la caja y se levantó.
—Espero que no te arrepientas de haberme comprado tantas cosas.
—Lo único de lo que podría arrepentirme es de no haberte llevado antes a una exposición.
Se rio y comenzó a subir las escaleras.
La observé hasta que desapareció y luego miré mi teléfono. Sabía que aquella salida podía llamar la atención, especialmente después de las noticias de la noche anterior. Pero no pensaba esconder a mi esposa.
Si alguien tenía algo que decir sobre ella, tendría que hacerlo frente a mí.
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Subí a la habitación después de terminar unos minutos después. Al entrar, me detuve junto a la puerta.
Oriana estaba frente al espejo, contemplando su reflejo después de salir de la ducha. Su cabello pelirrojo todavía estaba húmedo y unas pequeñas gotas de agua recorrían sus hombros. Al escucharme, giró la cabeza y nuestras miradas se encontraron a través del espejo.
—Pense que esperarás abajo—comentó con una sonrisa.
No respondí inmediatamente. Me acerqué despacio, incapaz de disimular cuánto me gustaba contemplarla.
—Creo que acabo de encontrar una razón para cancelar todo lo que tenía pendiente.
Soltó una carcajada.
—¿Y cuál sería esa razón?
Me coloqué detrás de ella y apoyé las manos en su cintura, encontrando su mirada en el espejo.
—Mi esposa.
Oriana sonrió, pero cuando me incliné para besar su hombro, su expresión cambió. Giró entre mis brazos y rodeó mi cuello.
—Eres un hombre muy distraído, O'Neil.
—Y tú tienes bastante culpa de eso, pelirroja.
La besé. Primero suavemente, disfrutando de sus labios todavía húmedos por la ducha. Después, cuando sus manos se deslizaron hasta mi nuca y me atrajo hacia ella, el beso adquirió una intensidad que me hizo olvidarme por completo de todo.
—Jonás… —susurró contra mi boca.
—Dime que quieres que me detenga.
En lugar de responder, volvió a besarme.
Sonreí antes de estrecharla entre mis brazos. La llevé conmigo hasta la cama, donde continuamos besándonos entre risas, caricias y palabras que apenas conseguíamos terminar.
No había prisa. Tampoco necesitábamos decir demasiado. Nos conocíamos cada vez mejor y aquella complicidad hacía que estar juntos resultara todavía más especial.
Cuando finalmente nos entregamos a nuestra intimidad, el resto del mundo dejó de importar.
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Más tarde, Oriana descansaba sobre mi pecho mientras yo acariciaba distraídamente su cabello húmedo.
—¿Y nuestra cita? —preguntó con una sonrisa traviesa.
Solté una carcajada.
—Que espere. Aún tenemos tiempo.