Damián y su hijo Elían vivían felices y humildes, hasta que Damián se casó con el poderoso Zorán y su mundo cambió.
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— La sombra en la puerta
En cuanto la llamada terminó, Elían dejó caer el teléfono sobre la mesa y se hundió en el pequeño sofá de la sala. No pudo contenerse más: las lágrimas le brotaron a borbotones, quemándole las mejillas, y sollozó con un dolor profundo, silencioso, como nunca antes lo había hecho. Se quedó allí, encogido, sin moverse, sin comer, sin hablar. La mañana se le escapó entre lágrimas, la tarde también, y cuando la noche cayó suave sobre el pueblo, se levantó con el rostro hinchado y los ojos rojos.
Tomó la pequeña torta que había preparado con sus propias manos la noche anterior, decorada con esmero, con su letra torpe pero cariñosa escrita en el glaseado, y respiró hondo. Solo iré a verlos, pensó. Solo iré a desearle que esté bien a la pequeña y ver a mi papá.
Caminó hasta la mansión bajo la luz tenue de las farolas. Al llegar, se detuvo en el umbral, sin llamar. Y lo vio.
Allí estaban los tres, en el jardín iluminado por luces cálidas: su padre reía, abrazaba a Lía, la levantaba en brazos y la hacía girar, mientras Zorán los miraba con una sonrisa inmensa. Se veían tan felices, tan unidos, tan completos… que Elían sintió como si le clavaran algo frío en el pecho. Esa risa, esa ternura, esa alegría… era lo que él había esperado todo el día solo en su casa. Y ahora lo veía brillar para otros.
Elegieron esto, pensó, con el corazón desgarrado. Ese día que era solo nuestro… lo cambió por esto.
Apretó la torta contra el pecho, dio media vuelta y se dispuso a irse. Pero Damián lo vio. Sus ojos se iluminaron de inmediato, y corrió hacia él con paso rápido, lleno de esperanza y culpa a la vez.
—¡Elían! —lo llamó—. ¡Viniste!
Extendió los brazos para abrazarlo, necesitaba sentirlo cerca, pedirle perdón con el cuerpo, pero Lía se interpuso entre ellos de un salto, sonriendo con una dulzura que no llegaba a sus ojos.
—Hola, hermano —dijo con voz alegre—. ¡Feliz cumpleaños! ¿Trajiste torta? Qué lástima, pero yo ya comí muchísima. Mamá Damián preparó una riquísima torta para mí… me dolió la panza de tanto comerla... Pasó todo el día con migo jugando.
Elían miró a su padre, sosteniéndole la mirada un instante. No dijo nada. Solo sonrió, una sonrisa suave, triste, que no llegó a iluminar sus ojos. Luego le tendió la torta a su padre, lo soltó todo y se dio la vuelta.
—Elían, espera —lo llamó Damián, saliendo tras él—. Déjame explicarte. Ella estaba mal, no sabía qué hacer, yo…
Caminaba rápido, casi corriendo, pero Elían no se detuvo. No giró la cabeza ni una sola vez. Damián se quedó solo en el camino, viendo cómo la figura de su hijo se alejaba en la oscuridad, perdiéndose entre las sombras, llevándose consigo un pedazo de su corazón.
Se quedó allí mucho tiempo, inmóvil, con la torta en las manos y el alma hecha pedazos.
Dentro de la casa, Zorán lo había visto todo. Se acercó a su hija, que seguía sonriendo satisfecha.
—Has hecho un papel excelente —le dijo con voz suave pero seria—. Demasiado excelente.
Lía sonrió sin comprender y salió corriendo a jugar. Zorán suspiró, salió despacio y abrazó a Damián por la espalda, envolviéndolo con fuerza, intentando darle calor.
—Lo siento —le susurró—. Va a estar bien.
Pero Damián no respondió. No escuchaba. Su mente estaba lejos, en la casita pequeña, en el sofá donde su hijo había llorado solo todo el día, en la torta que él mismo había hecho y que nadie probó. Y supo, con un dolor profundo, que algo entre los dos se había roto y que no sabía cómo arreglarlo.