Tenía cinco años, el estómago vacío y un don que nadie le creía: Lula entiende lo que dicen los gatos, las plantas y hasta los peces del estanque. También ve lo que los demás no ven: una niebla negra que se enrosca en el cuello de quien está a punto de morir.
Cuando una desconocida se desploma frente a ella en plena avenida, la niña hace lo imposible para salvarla... y, sin saberlo, cambia su destino. De dormir sobre cartones pasa a una mansión de mármol, vestidos de seda y una familia que no se parece a nada de lo que conoció.
Los Valderrama no son una familia cualquiera. Adrián, el mayor, es un CEO helado que jura no ablandarse por una mocosa parlanchina (y ya le está sirviendo el desayuno en la boca). Sebastián, médico en ciernes, lo analiza todo con lógica y gafas. Cristóbal arma escándalos de payaso con tal de verla reír. Y Dante, el más gruñón, esconde las orejas rojas detrás de un «yo no hice nada».
Pero el mundo de los ricos es cruel, y una niña recogida de la calle tiene demasiados enemigos: socios traidores, maestras clasistas, compañeras que susurran «niña de mala suerte» y rivales dispuestos a todo por el negocio. Que se atrevan a tocarle un solo cabello a la pequeña Lula... y los cuatro hermanos les harán pagar mil veces.
Mientras tanto, el don de Lula guarda un secreto que alguien, desde muy lejos, lleva tiempo buscando.
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Capítulo 9
Aquella mañana, un grito de Bernardo sacudió la casa desde la sala.
El hombre se había quedado plantado frente a la mesa de cristal, con los ojos desorbitados. Sobre la mesa descansaba una maceta de cerámica con un bonsái de ficus. El árbol, muerto desde hacía cinco años, lucía ahora un follaje denso y de un verde intenso.
—¡Marina! ¿Qué le pasó al árbol de mi padre? —gritó, llamando a su esposa.
Marina salió de la cocina con una sonrisa de oreja a oreja. Dejó sobre la mesa dos tazas de té caliente y miró a su marido, todavía pasmado.
—Lo encontré ayer por la tarde en el invernadero, querido. Lula estaba dormida a su lado, y de repente el árbol revivió.
Bernardo tocó una de las hojas verdes con la mano temblorosa. Era el último recuerdo que le quedaba de su padre antes de que falleciera. En su día había gastado decenas de miles de dólares en contratar a expertos en plantas, y no sirvió de nada.
—Esa niña es un verdadero milagro que Dios envió a nuestra familia —murmuró, conmovido.
Ya no tenía duda alguna de que adoptar a Lula había sido lo mejor que había hecho en la vida.
Tap, tap, tap.
Unos pasitos bajaron por la escalera. Lula descendía con un vestido amarillo brillante, que Marina le había comprado el día anterior, y un pasador de conejito rosa en su pelo negro.
—Buenos días, Papá. Buenos días, Mamá —saludó, alegre.
Bernardo se agachó de inmediato y abrió los brazos. Ella se echó a reír y corrió a abrazar a su padre adoptivo.
—Buenos días, mi hermosa princesa. ¿Dormiste bien anoche? —le preguntó con ternura.
Lula asintió con tanto brío que el conejito se bamboleó.
—Muy bien, Papá. La cama es blandita como el pan.
Por el fondo de la casa, Adrián se dirigía a la puerta principal acomodándose la corbata. Sus pasos se detuvieron al ver el pasador en el pelo de Lula, y las comisuras de los labios le temblaron, conteniendo una sonrisa satisfecha.
—¡Qué bonito pasador, Lula! —la elogió Marina, que acababa de notarlo—. ¿De dónde lo sacaste, cariño? Creo que yo no te compré uno así.
Lula se volvió y señaló a Adrián, que seguía rígido en su sitio.
—Me lo regaló el hermano Adrián anoche —respondió con inocencia.
Bernardo y Marina giraron a la vez hacia su hijo mayor, con una mirada burlona. A Adrián se le puso roja hasta las orejas la cara siempre fría. Corrió a agarrar su maletín de encima de la silla.
—Es una cosa cualquiera que me dieron. No exageren —se defendió con aspereza—. Me voy a trabajar, hay muchas cosas pendientes en la oficina.
¡Blam!
La puerta se cerró de un golpe algo fuerte.
Bernardo soltó una carcajada ante el orgullo de su hijo.
—Es un terco de manual. Idéntico a ti cuando eras joven, querido —bromeó Marina.
Bernardo se limitó a sonreír y volvió a mirar su querido bonsái.
Al mediodía, el sol no picaba demasiado, tapado por nubes blancas. Cristóbal, que ese día había salido temprano del colegio, se llevó a Lula a dar una vuelta. Fueron a pie hasta el parque infantil dentro del exclusivo conjunto residencial.
—¿Quieres columpio o tobogán, Lula? —preguntó, llevándola de la mano.
Ella señaló el columpio de hierro que estaba libre en un rincón.
—El columpio, hermano Cristóbal. Y bien alto, ¿sí?
Él la sentó y la empujó con suavidad desde atrás. Lula reía con ganas, disfrutando del viento en la cara. Hacía muchísimo que no sentía una libertad así.
¡Ring, ring!
Sonó con fuerza el celular en el bolsillo del pantalón de Cristóbal. Sacó el teléfono y vio en la pantalla el nombre de un compañero de su equipo de baloncesto.
—Lula, espérame aquí un momento. Voy a contestar una llamada de un amigo. Quédate aquí y no te vayas a ningún lado, ¿ok? —le encargó muy serio.
Ella asintió. Cristóbal se alejó un poco hacia una banca del parque para oír bien.
Lula balanceaba las piernas, tarareando bajito. De pronto, tres niños de edad de primaria se acercaron al columpio. Llevaban ropa cara y empujaban bicicletas plegables de aspecto lujoso. El más grande se detuvo frente a ella y la miró con desprecio.
—Eh, mugrosa, bájate de ese columpio —ordenó el niño gordo, con malos modos—. Nosotros vamos a jugar ahí. Búscate otro lugar.
Lula detuvo el balanceo y los miró desconcertada.
—Pero yo me senté primero —respondió con educación.
El flaco dio un paso adelante y le apuntó a la cara con el dedo.
—Tú eres la niña recogida que la señora Marina trajo de la calle, ¿verdad? —se burló—. Mi mamá dice que eres basura con suerte, así que no te hagas la importante en este conjunto.
Lula bajó la cabeza al oír la palabra «basura». Le dolió, pero ya estaba acostumbrada a esas burlas de cuando vivía en la calle. Decidió callar y bajarse del columpio para ceder el sitio.
Pero al mirar la cara del niño gordo vio algo: un humo gris, tenue, flotaba sobre su cabeza y descendía poco a poco hacia su rodilla izquierda.
Humo gris, pensó.
Sabía que era señal de una desgracia a punto de ocurrir.
—Oye, gordito, si te portas mal, la rodilla izquierda te va a sangrar —le advirtió con candidez.
El niño la fulminó con la mirada.
—¿Te atreves a decirme gordo y a desearme que sangre? —bramó.
Dio un paso al frente y levantó la mano para empujarle el hombro. Lula cerró los ojos, aterrada.
¡Fium! ¡Zas!
Una botella plástica de bebida voló desde atrás con fuerza y le dio al niño gordo en la cabeza.
—¡Ay! ¿Quién tiró esta botella? —chilló él, agarrándose la cabeza.
Lula abrió los ojos y vio acercarse una figura conocida. Era Dante, con su uniforme de secundaria, que avanzaba con aire despreocupado y las manos en los bolsillos.