Luke Evans pasó su infancia protegiendo a su hermana de un hombre violento. Ahora, a los veintisiete años, tiene un taller mecánico en Grecia y una oportunidad de empezar de cero. Solo hay algo que amenaza su tranquilidad:
Aria Greco.
La hija consentida de un poderoso mafioso es todo lo que Luke cree que debe evitar. Sin embargo, un solo beso basta para hacerle perder el control y despertar miedos que lleva años escondiendo. Asustado, se aleja y comete el peor error: decirle que besarla fue una equivocación.
Aria ha crecido rodeada de amor, pero jamás había sentido algo tan intenso como lo que Luke despierta en ella. Herida en su orgullo, decide mantener las distancias. El problema es que ninguno consigue olvidar aquella tarde.
Él teme convertirse en el hombre que más odia. Ella se niega a mendigar amor.
Pero algunas tentaciones son imposibles de resistir.
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Confesión
Aria
Mi madre permanece completamente inmóvil.
Lo que dura un par de segundos antes de que parpadee en mi dirección.
—¿Crees?
Me cubro la cara.
—Mamá.
—Cariño, llevas tres semanas comportándote como una protagonista de tragedia griega. Me parece que podemos eliminar el «creo».
Suelto una risa involuntaria.
—Está bien. Me gusta.
—¿Cuánto?
La miro.
—¿Qué?
—¿Cuánto te gusta?
Abro la boca, dispuesta a contestar, pero la cierro cuando las palabras no llegan.
Mi madre levanta las cejas.
—Ah.
—¿Ah, qué?
—Mucho.
Aparto la mirada.
—Sí. —La palabra sale apenas como un susurro—. Mucho —repito.
Mamá no se ríe. No hace ningún comentario. Simplemente espera.
Y eso termina de desarmarme.
—No sé cuándo pasó —confieso—. Al principio era simplemente Luke. El hermano de Cassidy. El hombre serio que siempre parecía estar preocupado por algo.
Mi madre sonríe ligeramente.
—Lo recuerdo.
—Y después empezamos a hablar. Mucho. De cualquier cosa. Me preguntaba por la universidad, yo le preguntaba por los motores, aunque generalmente no entendía la mitad de lo que me explicaba.
—Eso me sucede con tu padre cuando empieza a hablar de sus negocios.
Sonrío.
—Me hacía reír.
—¿Luke?
—Sí.
—Vaya.
La miro.
—Es divertido, mamá.
—No he dicho que no lo sea.
—Lo estás pensando.
—Estoy pensando que ese muchacho tiene una expresión tan seria que probablemente hasta sus herramientas le piden permiso antes de caerse.
Me río.
—No es así cuando lo conoces.
Mi madre sonríe.
—Entonces sigue.
Respiro profundamente.
—En Idaho pasábamos bastante tiempo juntos. A veces nos quedábamos conversando cuando los demás se iban. O salíamos a comprar algo. Cosas normales.
—Ajá.
—Y empezó a gustarme.
—Eso ya lo establecimos.
—Mamá.
—Continúa, cariño.
Me muerdo el labio.
—Creo que yo también le gustaba.
Mi madre inclina ligeramente la cabeza.
—¿Por qué lo crees?
—Por cómo me miraba.
Sonríe.
—Las miradas pueden decir muchas cosas.
—Y por cómo me trataba. Siempre estaba pendiente de mí. No de esa manera exagerada de Adamo, que cree que voy a morir si cruzo una calle sin supervisión.
—Tu hermano heredó demasiadas cosas de tu padre.
—Demasiadas. —Ambas sonreímos—. Luke era diferente —continúo—. Me escuchaba. Recordaba cosas que yo le había contado. A veces me miraba cuando creía que no estaba prestando atención. —Trago saliva—. Y un día nos quedamos solos.
La sonrisa de mi madre cambia lentamente.
Oh, Dios.
—¿Solos?
Cierro los ojos.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Estás poniendo esa cara.
—Es mi cara, Aria. Llevo toda la vida con ella.
Me río.
Es imposible hablar seriamente con esta mujer.
—Estábamos conversando —continúo—. No recuerdo exactamente cómo empezamos a coquetear. Dijimos algunas tonterías, nos acercamos y... —Me detengo. Mi madre espera—. Nos besamos.
Su sonrisa desaparece.
No porque esté disgustada. Sino porque comprende que acabamos de llegar a la parte importante.
—¿Quién besó a quién?
—Él a mí.
Mamá asiente.
—Bien.
La miro.
—¿Bien?
—Me gusta saber que mi hija no tuvo que hacer absolutamente todo el trabajo.
—¡Mamá!
Se ríe.
—Continúa.
Bajo los ojos hacia mis manos.
El recuerdo llega con una claridad que todavía me sorprende.
La luz de aquella tarde.
El silencio.
Luke mirándome.
Sus ojos verdes descendiendo hacia mi boca.
—Fue...
Me detengo.
Busco las palabras.
No las encuentro.
—Fue increíble —susurro finalmente.
Mi madre deja de sonreír.
—¿Sí?
Asiento.
—Nunca me habían besado así.
Siento que las mejillas empiezan a calentárseme. Lo cual es ridículo, porque estoy hablando con mi madre. La mujer que me explicó cómo funcionaba mi cuerpo antes de que siquiera empezara a hacerme preguntas. La misma que una vez interrumpió una conversación familiar para recordarle a Adamo que utilizar protección no era una sugerencia.
Papá casi se atragantó.
Mi hermano quiso desaparecer.
Yo me reí durante veinte minutos.
Y ahora resulta que me da vergüenza hablar de un beso.
—Aria —dice mamá suavemente—, puedes contarme lo que quieras.
Levanto los ojos.
—Lo sé.
—Entonces deja de mirar tus manos como si estuvieran a punto de darte un examen.
Suelto una pequeña risa.
Después respiro.
—Fue como si todo lo que había imaginado se quedara corto. —Mamá me observa en silencio—. Al principio fue suave. Y pensé que iba a morirme de felicidad, porque era Luke y llevaba tanto tiempo queriendo que me besara... —Me muerdo el labio—. Pero después me acerqué más.
Recuerdo mis manos aferrándose a su camiseta.
Su respiración.
La manera en que sus dedos se cerraron sobre mi cintura.
—Y él también —continúo. La voz me tiembla ligeramente—. Me tomó por la cintura y me acercó a su cuerpo. Me besó otra vez. Más fuerte. Como si ya no quisiera detenerse. —Cierro los ojos un instante—. Nunca me había sentido así con un hombre.
Mi madre no aparta la mirada.
—¿Así cómo?
Trago saliva.
—Excitada.
La palabra queda suspendida entre nosotras.
Y, para mi sorpresa, no siento vergüenza después de decirla.
Solo tristeza.
—Muchísimo —añado—. Sentía que todo mi cuerpo estaba respondiendo a él. Que quería acercarme más, tocarlo, seguir besándolo. —Me paso una mano por el cabello—. No quería que terminara, mamá. Quería que el tiempo se detuviera para poder quedarme allí con él.
Mi madre sonríe suavemente.
—Eso suena bastante bonito, cariño.
—Lo fue… Hasta que dejó de serlo.
Miro hacia las ventanas.
El sol empieza a descender sobre el mar Egeo y las sombras se alargan por el salón.
Nuestra casa siempre me ha parecido uno de los lugares más hermosos del mundo.
Ahora mismo apenas puedo verla.
—He escuchado toda mi vida las historias de ustedes —continúo—. De ti y papá. De mis tíos. De mis primos. Todos hablan de esa sensación de encontrar a alguien y saber que las cosas nunca volverán a ser iguales. —Mi madre me observa con atención—. Pensé que exageraban. —Una sonrisa triste aparece en mis labios—. Especialmente tú y papá.
Mamá se ríe.
—Tu padre y yo jamás hemos exagerado nada en nuestra vida.
La miro y levanto una ceja.
—Mamá.
—Está bien. Quizá un poquito.
—Te interpusiste delante de una bala estando embarazada.
Su expresión cambia ligeramente.
—Eso no fue una exageración, cariño.
—Lo sé.
Y lo sé perfectamente.
He crecido escuchando aquella historia.
Mi madre, embarazada de mi hermano y de mí, colocándose delante de nuestro padre para protegerlo.
La bala.
La caída.
Las semanas de miedo que vinieron después.
Siempre me ha parecido una locura… Una locura extraordinaria.
—Pero también sé que lo hiciste porque lo amas —murmuro.
Mamá asiente.
—Lo hice porque, en aquel segundo, no podía imaginar un mundo en el que tu padre dejara de existir. —Me mira—. Y porque, a veces, el amor te hace reaccionar antes de pensar. Eso no significa que haya sido una decisión inteligente.
Sonrío.
—Papá todavía se enfada cuando alguien lo menciona.
—Tu padre lleva más de veinte años enfadado por eso.
—Dice que casi los pierde a los tres.
Su sonrisa se suaviza.
—Lo sé.