«La única mujer capaz de ponerlo de rodillas era también la única a la que no tenía derecho a tocar». Nikolai Veyron tiene una regla: nunca desea lo suficiente a una mujer como para perder el control por ella. Hasta que una desconocida aparece en un club privado y convierte sus propias reglas en un juego. Ella elige la música, marca la distancia y decide cuándo termina cada encuentro. No le teme a su sonrisa, no se deja impresionar por su arrogancia y no parece interesada en descubrir quién se esconde detrás de su máscara. Nikolai quiere volver a verla. Pero cuando sus caminos se cruzan de nuevo, descubre que la mujer que le hizo olvidar todas sus reglas está comprometida con Alexander, su hermano. Vittoria Moreau es inteligente, elegante y demasiado consciente de lo que se espera de ella. Sin embargo, detrás de su compromiso hay una mujer que también tiene deseos, dudas y decisiones que nadie puede tomar en su lugar. Nikolai está acostumbrado a conquistar. Esta vez tendrá que aprender a esperar. Porque Vittoria puede romper su compromiso, elegir otro camino e incluso reconocer que siente algo por él. Pero no lo hará para convertirse en el siguiente capricho de un hombre que nunca ha sabido amar sin querer ganar. Nikolai puede desafiar a su familia, enfrentarse a su hermano y arriesgar su reputación. Lo único que no puede hacer es decidir por ella.
NovelToon tiene autorización de maleramram para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El mensaje de las dos de la mañana
Vittoria estaba a punto de dormirse cuando su teléfono vibró sobre la mesita.
Nikolai: Perdón por lo de esta tarde.
Leyó el mensaje dos veces.
No era una declaración apasionada ni una excusa disfrazada de disculpa. Solo cuatro palabras que jamás habría esperado recibir de él.
Escribió una respuesta, la borró y volvió a escribir.
Vittoria: Acepto tus disculpas. Pero no vuelvas a hacerlo.
Dejó el teléfono a un lado y apagó la luz.
La respuesta llegó unos segundos después.
Nikolai: Entendido.
Vittoria sonrió ligeramente.
Al menos sabía comportarse cuando quería.
...⸻...
A la mañana siguiente, Nikolai apareció en el comedor a una hora razonable, vestido para trabajar y con las llaves del automóvil en la mano.
Su madre lo observó con sospecha.
—¿Vas a salir?
—Tengo reuniones.
—¿Reuniones de verdad o vas a desaparecer durante tres días y después decirnos que estabas ocupado?
—Mamá, tengo treinta años.
—Y sigues comportándote como si tuvieras diecisiete.
Alexander soltó una carcajada mientras se servía café.
Nikolai lo ignoró y se sentó frente a Vittoria.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Dormiste bien?
—Sí, gracias.
La conversación terminó allí.
Sin provocaciones, sin comentarios incómodos y sin intentos de llamar su atención.
Vittoria comenzó a sospechar que su mensaje había surtido efecto.
Y, curiosamente, la ausencia de sus provocaciones la hizo notar cuánto se había acostumbrado a ellas.
Aquello no le gustó en absoluto.
Por la tarde, Alexander tuvo que salir nuevamente, esta vez para reunirse con el organizador de la boda.
Vittoria decidió acompañarlo hasta el vestíbulo.
—¿Quieres venir conmigo? —le preguntó él—. Así podrás opinar sobre algunos detalles.
Ella sonrió.
—Claro.
Pero antes de salir, recordó que había dejado su bolso en la biblioteca.
—Espérame un momento. Voy a buscarlo.
Cuando entró, encontró a Nikolai trabajando frente a su computadora.
—¿Has visto mi bolso? Es pequeño, color beige.
Él señaló el sofá.
—Ahí.
—Gracias.
Vittoria lo recogió y se disponía a marcharse cuando notó que Nikolai la observaba.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—Nikolai.
Él cerró la computadora.
—Solo quería preguntarte algo.
Vittoria esperó.
—¿Estás bien con mi hermano?
La pregunta la tomó desprevenida.
—Sí. ¿Por qué?
—Por nada. Quería saberlo.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—Alexander es bueno conmigo. Me respeta y se preocupa por mí. No tengo motivos para quejarme.
—Me alegra.
Lo dijo con tanta seriedad que Vittoria no encontró ninguna respuesta ingeniosa.
—¿Eso es todo?
—Sí.
Ella asintió y se marchó.
Nikolai volvió a abrir la computadora, aunque ya había perdido el hilo de sus pensamientos.
Había querido preguntarle si estaba enamorada de Alexander.
No se había atrevido.
Porque temía escuchar la respuesta.
La reunión para organizar la boda se prolongó más de lo previsto.
Cuando Vittoria regresó a casa, encontró a Alexander en el salón, hablando por teléfono.
Le hizo una señal para que se acercara y, al terminar la llamada, le sonrió.
—Tengo buenas noticias. Mis padres quieren organizar una pequeña escapada para nosotros el próximo fin de semana.
—¿Una escapada?
—Dos días fuera de la ciudad. Sin reuniones ni compromisos. Solo nosotros.
Vittoria sintió una mezcla de sorpresa y nerviosismo.
—Me parece una buena idea.
Alexander le tomó la mano.
—Quiero que tengamos tiempo para conocernos de verdad. No quiero que nuestra relación sea solamente una obligación familiar.
Aquellas palabras le llegaron al corazón.
—Yo también quiero eso.
Y lo decía sinceramente.
Alexander merecía la oportunidad de construir algo real con ella.
No podía permitir que la presencia de Nikolai confundiera sus sentimientos o convirtiera su compromiso en algo que nunca había querido que fuera.
Desde el pasillo, Nikolai escuchó las últimas palabras.
No vio sus rostros, pero sí sus manos entrelazadas.
Se quedó inmóvil durante un instante antes de continuar caminando.
Dos días fuera de la ciudad.
Dos días en los que Alexander y Vittoria estarían solos.
Nikolai se obligó a seguir adelante.
No tenía derecho a sentirse decepcionado.
Mucho menos a interferir.
Sin embargo, aquella noche, cuando recibió un mensaje de su hermano confirmándole las fechas de la escapada, respondió con una sola palabra.
Nikolai: Perfecto.
Después dejó el teléfono sobre la mesa y se sirvió una copa.
Por primera vez desde que había regresado a la residencia, empezó a considerar seriamente la posibilidad de volver a su penthouse.
Quizá alejarse de Vittoria fuera la única manera de recuperar el control de su vida.
Lo que todavía no sabía era que, al día siguiente, una conversación inesperada pondría a prueba esa decisión.
y la de los futuros reyes también