Me vendieron para pagar una deuda. Damián Grey dice que ahora soy suya. Tiene tres reglas: no escapar, no mentir, no dejar que otro me toque. Rompí las tres el primer día.
NovelToon tiene autorización de Natalia Moreno Sajonero para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 24- LA NOCHE QUE SE OLVIDÓ
Un año de casada y Anastasia nunca había olvidado una pastilla.
Ni una.
Tenía alarma con nombre: PASTILLA 22:00 NO OLVIDAR. Sonaba aunque estuviera tatuándose, entrenando o discutiendo con Damián por la empresa.
Hasta esa noche.
Luna se había ido de la mansión esa misma mañana. Con abrazo largo, casco en mano y su moto nueva rugiendo.
—Me voy porque ya estoy bien, saco —le dijo en la puerta—. No porque no te quiera. Mi cuarto queda con la L en la pared. Si me necesitas, vengo sin casco si hace falta.
—Sin casco no —dijo Anastasia—. Con casco y rápido.
Se fue. La casa quedó vacía otra vez. Irina ya no estaba tampoco. Se había despedido hacía un mes con un golpe al saco y una frase: ahora sola.
Anastasia llevaba dos semanas entrenando sola en el sótano. Sin gritos. Solo su respiración y el recuerdo de la voz de Irina: codo arriba, no avises el golpe, muerde si hace falta.
Esa noche no bajó. Damián llegó a las ocho, no a las once. Con la camisa desabrochada, lluvia en los hombros, con esa cara que ponía cuando había tenido que sonreírle a gente que odiaba.
—Hoy casi le parto la cara a uno —dijo, tirando el saco al sofá—. Me contuve porque pensé en ti.
—Hazlo la próxima —dijo ella, acercándose—. Yo te defiendo después.
Lo besó. Él la cargó contra la pared del pasillo, sin llegar a la habitación. Como si no aguantara subir escaleras.
Fue descontrol total. De esos que no planean. Ropa que estorba, risa que se corta, un año de contenerse jugando a ser matrimonio perfecto que se rompe en una noche.
—Damián —dijo ella, agarrada a su espalda—. Despacio no.
—Nunca despacio contigo —contestó él.
Terminaron en el suelo de la habitación, sobre la alfombra, sin aire, con el cabello de ella pegado a la frente. Ella se rió, por primera vez en días sin motivo.
—Hace un año no hacíamos esto en el suelo —dijo.
—Hace un año no me dejabas ni tocarte sin permiso —dijo él, besándole la L de la muñeca.
A las 22:00 sonó el celular. Lejísimos. Debajo de jeans y de una camisa blanca arrugada.
Los dos lo oyeron. Ninguno se movió.
—Pastilla —susurró ella, con la boca en su cuello.
—Mañana doble —dijo él—. Hoy quédate aquí.
—Una no pasa nada —dijo ella, convenciéndose sola, y se quedó dormida encima de él, desnuda, con la ventana abierta y la lluvia entrando.
Error.
A la mañana siguiente no la tomó doble. Se le olvidó de nuevo. Se fue directo al sótano, vendó sus manos sola y golpeó el saco hasta que le temblaron las piernas. Se mareó a mitad del segundo round.
—Mierda —dijo, sentada en el suelo, sola—. Respira, Sterling.
Pero no era falta de aire.
Días después, el cuerpo empezó a avisar y ella a ignorarlo a propósito.
No soportaba el olor a cuero del saco de boxeo. Vomito al abrir la nevera por el olor a salmón. Se quedó dormida en plena reunión con el contador de la librería, cosa que nunca le había pasado ni cuando Vonn la amenazó.
Luna apareció sin avisar en la librería, con dos cafés. Le puso uno en frente.
Anastasia lo olió y se levantó corriendo al baño.
Luna no dijo nada. Tiró el café a la basura. Sacó del bolso una cajita blanca pequeña y la puso sobre la caja registradora. Sin decir marca.
Anastasia salió del baño, pálida, con la boca amarga.
—¿Qué es eso? —preguntó, aunque sabía.
—La última vez que te vi vomitar así fue cuando tu mamá te hizo comer hígado —dijo Luna—. Y no estabas entrenando sola. Hazte la prueba. Ahora. Aquí no hay guardaespaldas tuyos, solo yo.
Anastasia miró la cajita. La miró como si fuera una pistola.
—No —dijo—. No puede ser. Fue una noche. Una sola. Tomé pastilla todo el año.
—Una sola noche basta, saco —dijo Luna, seria por primera vez en mucho tiempo—. Te lo digo yo que tengo una tienda de tatuajes y he visto de todo. Hazla.
Anastasia agarró la caja. Le temblaba la mano donde tenía la L.
—No quiero saber —dijo en voz baja—. Si me hago eso y sale algo, todo cambia. Mi sótano, mi librería, mi cuerpo. Todo.
—Todo ya cambió —dijo Luna—. Solo falta que lo mires.
Anastasia no la abrió. La guardó en su bolso de cuero, al lado de su pistola chiquita. Como si escondiendo la caja escondiera la respuesta.
Esa noche llegó a la mansión. Damián la esperaba despierto, en la cama, con el torso descubierto, leyendo papeles de la empresa.
La vio entrar. Vio su cara.
—¿Qué pasó? —preguntó, dejando todo—. Estás blanca.
—Nada —mintió ella, abrazándolo fuerte, con el bolso colgado aún, con la cajita dentro golpeándole la cadera—. Solo entrené mucho sola. Irina me dejó muy dura.
Él la besó en la frente. Con la mano grande le acarició el vientre bajo, sin querer, sin saber que ahí dentro, tal vez, ya había algo que ninguno de los dos había planeado.
Y ella cerró los ojos. No por sueño. Por miedo.