Lucy creía que su vida era una sucesión de días predecibles: clases en la universidad, el mismo camino de regreso a casa, libros bajo el brazo y la certeza de que nada extraordinario podría sucederle en una tarde gris de otoño.
Hasta que choca con él.
Wonho aparece de la nada, con sus ojos oscuros que parecen guardar secretos de siglos, su abrigo impecable y ese libro de cuero marrón que lleva siempre consigo, cerrado con un cierre de latón que brilla tenuemente en la penumbra. Es un enigma con forma de persona, alguien que no pertenece a su mundo de rutinas y certezas.
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Dos mundos
A la mañana siguiente, Lucy despertó en su cama, con la luz grisácea filtrándose entre las cortinas y el sonido lejano del tráfico en la calle. Por un instante, todo pareció exactamente igual que siempre: su habitación, sus libros apilados en el escritorio, la ropa doblada en la silla. Podría haber creído que lo del refugio, los Recolectores, la confesión de Wonho… había sido solo un sueño vívido, producto del estrés y el cansancio.
Pero al moverse, sintió la textura del cuero marrón bajo su almohada.
Lo sacó despacio. El libro. El que había comprado en la librería. El símbolo del árbol grabado en la tapa brilló tenuemente bajo la luz de la mañana, como saludándola. Y en su pecho, al lado del corazón, una pequeña marca —idéntica al mismo dibujo— latía suavemente, caliente y viva. No era un sueño. Nada de lo que había vivido era una invención.
Se levantó, se vistió con su ropa habitual —jeans, suéter, zapatillas— y se miró en el espejo. La misma chica de siempre. Cabello suelto, ojos oscuros, sin nada que revelara que dentro de ella vivía un poder antiguo, que su alma llevaba siglos caminando por este mundo. Su madre la llamó desde la cocina, su voz sonando normal, cotidiana, y Lucy tuvo que hacer un esfuerzo inmenso para responder con tono natural.
—¡Buenos días, mamá! —dijo bajando las escaleras, guardando el libro en la mochila como si fuera un cuaderno cualquiera.
—Te ves agotada —comentó ella, sirviéndole el café—. ¿Estás segura de que no estás durmiendo poco? Con los exámenes y todo…
—Estoy bien, de verdad —respondió Lucy, tomando la taza con manos que intentaban no temblar—. Solo tuve sueños muy intensos, nada más.
Su madre la miró un instante, con esa mirada que las madres tienen cuando saben que algo ocurre pero respetan el silencio de sus hijos.
—Recuerda que eres primero tú —dijo simplemente—. No dejes que nada te consuma por completo. Ni siquiera tus sueños.
Lucy asintió, sintiendo un nudo en la garganta. Si supiera… si supiera que su hija ya no era solo una estudiante preparando exámenes, sino alguien que ahora cargaba con una historia de siglos y una lucha que no elegió. Pero no podía decírselo. Eso también formaba parte de la carga: mantener ambos mundos separados para proteger a quienes amaba.
Caminó hacia la universidad con paso más lento de lo habitual. Cada rostro que pasaba a su lado lo observaba con otros ojos ahora: ¿sería alguien común? ¿O habría algo más detrás? ¿Alguno de ellos podría ser un Recolector disfrazado? Pero a la vez, intentaba recuperar la sensación de su vida de siempre: el olor a pan recién horneado en la panadería de la esquina, los estudiantes que se reían en la parada del autobús, el viento moviendo las hojas de los árboles. Todo seguía ahí, igual que siempre, y sin embargo para ella ya nada era igual.
Llegó al aula justo cuando empezaba la clase. Se sentó en su lugar de siempre, cerca de la ventana, abrió sus apuntes… y por un momento, realmente intentó concentrarse. El profesor hablaba de fechas, de teorías, de hechos que debía memorizar, y Lucy asentía, tomaba notas, repetía mentalmente los conceptos. Pero cada pocos minutos, su mente se le escapaba. Se encontraba mirando por la ventana y preguntándose dónde estaría Wonho en ese instante. ¿Estaría cerca? ¿La estaría cuidando desde lejos, como había hecho tantas veces antes?
—¿Lucy? —la llamó el profesor.
Ella dio un salto, devolviendo bruscamente la atención al aula. Varios compañeros la miraron de reojo.
—Sí… perdón, ¿qué decía?
El profesor repitió la pregunta con amabilidad, pero Lucy apenas pudo balbucear una respuesta. Al salir de clase, su amiga Mara se acercó a ella con expresión preocupada.
—Oye, ¿qué te pasa? Estás en las nubes hoy más que nunca —le dijo, tomándola del brazo mientras caminaban por el pasillo—. ¿Es por el examen? ¿O hay algo más?
Lucy forzó una sonrisa. Mara era su mejor amiga desde que empezaron la universidad. Le contaba todo… o casi todo. Y ahora se sentía extraña, culpable por tener un secreto tan grande que la separaba de ella.
—Solo estoy cansada —respondió Lucy, evitando su mirada—. Mucho que estudiar, poco dormir… ya sabes cómo es esto.
Mara se detuvo en medio del pasillo y la miró a los ojos con seriedad.
—No te conozco desde hace tres años para no saber cuándo me mientes —dijo en voz baja—. Tienes la mirada distinta. Como si hubieras visto algo que te cambió. ¿Estás bien? ¿Alguien te hizo algo?
Lucy sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Quería decírselo. Quería contarle todo, que había conocido a un chico increíble que vivía en un refugio oculto, que había luchado contra seres de sombra, que tenía un poder que no entendía… pero sabía que no podía. No solo porque sonaría a locura, sino porque involucrar a Mara sería ponerla en peligro también.
—Estoy bien —dijo Lucy, apretándole la mano—. De verdad. Solo… han pasado cosas. Cosas grandes. Pero te prometo que cuando todo esté más claro, te lo contaré todo. ¿Me prometes esperarme?
Mara la abrazó con fuerza, sin hacer preguntas.
—Siempre seré tu amiga, Lucy. Pase lo que pase. Pero recuerda que no tienes que cargar con todo tú sola.
Esas palabras le dolieron en el pecho. No tienes que cargar con todo tú sola. Pero ahora mismo, ¿quién más podía compartirlo? Solo Wonho.
Esa tarde, después de las clases, caminó hacia casa dando un rodeo, buscando esa sensación familiar de ser observada. Quería verlo. Necesitaba verlo. Pero las calles estaban llenas de gente común, de vidas corrientes que transcurrían ajenas a todo lo que se ocultaba entre sombras y páginas antiguas. Y entonces, al pasar frente a una cafetería que solía frecuentar, lo vio.
Estaba sentado en una mesa cerca del ventanal, vestido con ropa sencilla —camisa gris, pantalón oscuro— de manera que pasaba prácticamente desapercibido entre los demás clientes. Solo sus ojos seguían siendo los mismos: profundos, atentos, fijos en ella como si hubiera estado esperando que apareciera.
Lucy entró sin dudar. El olor a café tostado y leche caliente la envolvió, y por un momento se sintió como cualquier otra chica que se reúne con alguien. Como si no hubiera mundos en juego ni peligros acechando.
—¿Cómo encontraste este lugar? —le preguntó al sentarse frente a él, con una sonrisa que le nació sola al verlo.
Wonho le devolvió la sonrisa, esa que ahora ya no se veía tan melancólica.
—He aprendido a conocerte —respondió él suavemente—. Sé dónde estudias, qué caminos tomas, en qué cafeterías te detienes a leer. Te he estado observando durante mucho tiempo, Lucy. Asegurándome de que estuvieras a salvo.
—¿Y no te cansabas? —preguntó ella, bajando la mirada hacia sus manos sobre la mesa.
—Nunca me cansé de cuidarte —dijo él, y la sinceridad en su voz le hizo levantar la vista—. Pero verte en tu mundo… en tu vida real… me recuerda por qué luchamos. Por preservar todo esto. Las clases, las risas con tu amiga, el café por la mañana. Todo lo que es ordinario y hermoso. Eso es lo que los Recolectores quieren destruir.
Lucy asintió. Lo miró a su alrededor: estudiantes estudiando, parejas charlando, gente leyendo el periódico. Ninguno sabía que existía otra realidad oculta tras la suya. Ninguno sabía que su vida cotidiana era algo valioso que debía protegerse.
—A veces me siento dividida —confesó ella en voz baja—. Como si viviera dos vidas. Una donde debo estudiar, aprobar exámenes, ayudar en casa… y otra donde soy algo más, donde debo luchar. Tengo miedo de perder la primera. De que todo esto desaparezca.
Wonho extendió la mano sobre la mesa y tomó la suya, entrelazando sus dedos con los de ella con suavidad.
—No perderás nada —le aseguró—. Tú sigues siendo tú. La misma chica que se preocupa por sus notas y que se detiene a mirar los libros en los escaparates. Esa es la persona de la que me enamoré. No tienes que dejar nada de ti atrás para cumplir tu destino. Al contrario: tu vida ordinaria es lo que te da fuerza.
Lucy sintió cómo la tranquilidad regresaba a ella. No tenía que elegir. No tenía que renunciar a ser quien era para aceptar lo que llevaba dentro. Podía ser ambas cosas. Estudiante y guardiana. Hija y amiga y algo más. Completa.
—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó ella—. ¿Cómo seguimos adelante sin dejar de lado mi vida?
Wonho le acarició los nudillos con el pulgar, con ese gesto tierno que ya empezaba a reconocer como suyo.
—Seguimos como hasta ahora —dijo—. Cumples con tus días, estudias, vives tu vida. Y mientras tanto, nos preparamos. Nos vemos cuando puedas, hablamos cuando estés sola. No vamos a apresurarnos ni a aislarte. Tu mundo también es mi hogar ahora. Y lo protegeré tanto como te protejo a ti.
Lucy sonrió, sintiendo que por primera vez todo encajaba. No tenía que romper con su vida para vivir la verdad. Podían coexistir. Podía caminar entre ambos mundos sin perderse en ninguno.
Se levantó para irse, porque sabía que su madre pronto empezaría a preguntarse dónde estaba. Pero antes de salir, se detuvo y lo miró una vez más.
—Gracias —le dijo, y no necesitó explicar por qué. Él lo entendió todo.
Al salir de la cafetería, retomó su camino hacia casa con el corazón ligero y la mente clara. El cielo empezaba a teñirse de naranja y violeta al atardecer, y la calle se llenaba de gente regresando de sus trabajos y clases. Su gente. Su mundo. Su vida.
Y aunque sabía que la lucha seguía, que los Recolectores no se habían ido, que todavía había mucho por descubrir y enfrentar, también sabía algo más: no tenía que renunciar a ninguna parte de sí misma para hacerlo. Era Lucy, la estudiante, la hija, la amiga… y también era la guardiana que despertaba. Y ambas eran igualmente importantes.
Al llegar a casa, guardó el libro en un lugar seguro de su estantería, entre otros libros de historia que parecían idénticos a simple vista. Abrió sus apuntes, encendió la lámpara y se puso a estudiar. Y mientras repasaba fechas y conceptos, lo hizo con una nueva serenidad: estaba cumpliendo con su realidad, sí, pero ahora lo hacía sabiendo que era mucho más grande de lo que nunca imaginó.
Esa noche, al acostarse, no tuvo miedo de cerrar los ojos. Sabía que al día siguiente volvería a caminar por las calles de siempre, a sentarse en las aulas de siempre… pero ya no lo haría con la mirada baja ni con la mente limitada. Porque ahora conocía ambos lados. Y pertenecía a los dos.