Bajo los gélidos e imponentes paisajes de Alaska, el amor inmortal de Adam y Bibiana se enfrenta a su prueba más difícil al verse presionados a contraer matrimonio por Marcelo, el despiadado padre de Adam; Una unión forzada que desentierra los peores dolores del pasado, llevando a Bibiana a tomar una decisión definitiva. Cargada de una indignación inquebrantable, la joven está decidida a confrontar cara a cara a su familia por haberle ocultado la verdad sobre el oscuro pacto secreto que su padre tejió en el ayer con su ahora suegro. Ella ya no será una pieza en el juego de nadie; luchará con valentía y con toda su fuerzas para romper de una vez por todas las cadenas del pasado y salvar su propio destino al lado del hombre que ama con el alma.
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T3 Capítulo 4 - El gran salón
Sala de la Mansión – En plena fiesta
El silencio cayó como una losa sobre la música y las risas. Marcelo caminó hacia el centro del salón, con los ojos echando chispas mientras señalaba a su hijo.
—¿Te volviste loco, Adam? —espetó Marcelo con voz atronadora—. ¿Cómo se te ocurre tratar así a uno de mis invitados de honor y, por si fuera poco, amenazarnos a todos frente a los presentes?
—Este "invitado" tuyo intentó llevarse a Bibiana —rugió Adam, su voz resonando en las paredes del salón—. En estos momentos, lo único que deseo es matarlo.
—¡Hijo, por favor, contrólate! —suplicó Estela, angustiada por el espectáculo ante la élite vampírica.
Marcelo soltó una carcajada cargada de desprecio, mirando a los invitados.
—Seguramente ella intentó escapar y Samuel solo cumplió con su deber de detenerla.
—Eso fue exactamente lo que pasó —confirmó Samuel, ajustándose el saco con una sonrisa cínica.
—¡Eso es mentira! —exclamó Bibiana, dando un paso al frente para que todos la escucharan—. Ese vampiro intentó arrastrarme con él a la fuerza.
—Por favor, eso es absurdo —dijo Samuel, dirigiéndose a la audiencia—. Jamás me llevaría a una humana que ya ha sido marcada por otro de nuestra especie.
La indignación de Bibiana estalló. Ante la mirada atónita de todos los invitados, cruzó el espacio y le propinó una sonora bofetada a Samuel. El golpe retumbó en el salón, dejando a los vampiros presentes en un estado de shock absoluto.
—¡Que hiciste! ¡Ahora mismo le pedirás disculpas a mi amigo! —ordenó Marcelo, dando un paso amenazante hacia ella.
—Jamás me voy a disculpar con un vampiro tan asqueroso y despreciable como él —replicó Bibiana, con la mirada encendida—. Ni con él, ni con ninguno de los que están en esta sala.
—Ya veremos si mantienes esa arrogancia... —amenazó Marcelo.
—No te atrevas a tocarla, papá —advirtió Adam, interponiéndose con una frialdad que detuvo a Marcelo en seco.
—Está bien —cedió el patriarca, señalando el desastre—. Pero que se disculpe. Por su culpa se ha arruinado esta noche.
—Bibi no tiene nada de qué disculparse —sentenció Adam—. Le creo a ella antes que a cualquiera de ustedes. Quedas advertido, Samuel. Vámonos, Bibi.
Adam tomó a Bibiana de la mano y cruzó el salón con paso firme, dejando a los invitados murmurando. Marcelo, tratando de salvar lo que quedaba de su reputación, se dirigió a la multitud.
—Les ofrezco mis más sinceras disculpas por este incidente —anunció con voz potente—. La fiesta ha terminado, pero los espero a todos en la boda de mi hijo en unos días. Gracias por su asistencia.
Mientras los invitados comenzaban a desfilar hacia la salida, Catalina se acercó a su padre, Samuel.
—Te conozco muy bien, papá. Sé perfectamente que intentaste llevártela.
—Esa joven humana me fascinó —admitió Samuel, acariciando su mejilla golpeada—. No sabes cuánto envidio a Adam por tenerla.
—Es solo una estúpida humana —escupió Catalina, con los ojos llenos de odio.
—Es mucho más que eso —murmuró Samuel—. Estoy convencido de que cuando sea convertida, su belleza no tendrá igual.
—Yo la odio. Los tiene a todos hechizados —sentenció ella antes de que Marcelo se les uniera.
—Samuel, ¿podemos hablar en privado? —pidió Marcelo.
—Catalina, déjanos solos —ordenó Samuel.
—Como quieras, papá —respondió ella antes de retirarse.
Marcelo suspiró, mirando a su amigo con una mezcla de vergüenza y complicidad.
—Quiero pedirte perdón por mi hijo y la violencia con la que te trató.
—No te preocupes —respondió Samuel con calma—. Reaccionó como lo haría cualquier vampiro posesivo. Lo entiendo perfectamente.
—Gracias por tu comprensión —asintió Marcelo con una sonrisa gélida—. ¿Vendrás a la boda?
—Por supuesto. No me perdería esa boda por nada del mundo.
Marcelo le devolvió la mirada con una sonrisa malvada, sellando un pacto silencioso que no auguraba nada bueno para los novios
En el jardín de la Mansión
El aire fresco de la noche y el silencio del jardín envolvieron a la pareja, alejándolos del ambiente tóxico de la fiesta. Caminaban despacio, con los dedos entrelazados, tratando de recuperar la paz.
—Nunca te había visto así... —rompió el silencio Bibiana, mirando a Adam de reojo—. Esa forma tan violenta de reaccionar me sorprendió.
Adam se detuvo y la miró a los ojos; sus pupilas aún guardaban un rastro de la intensidad de hace unos momentos.
—No pude evitarlo, Bibi. Sentí una rabia ciega al ver que ese vampiro se atrevía a ponerte las manos encima. La idea de que intentara alejarte de mí... me volvió loco.
Bibiana le dedicó una sonrisa dulce, apretando su mano con cariño.
—Lo sé. Y te agradezco tanto que me hayas marcado... si no fuera por eso, probablemente no estaría viva para contarlo ahora mismo.
Adam negó con la cabeza y la atrajo hacia sí, rodeándola con sus brazos.
—No digas eso, Bibi. Estuvieras marcada o no, jamás habría permitido que te hicieran daño. Tu vida es lo más importante que tengo en este mundo —dijo, acariciando su mejilla con una ternura que contrastaba con su furia anterior.
—No hace falta que lo digas —susurró ella, perdiéndose en su mirada—. Puedo verlo a través de ti, puedo sentirlo en cada uno de tus gestos.
—Te amo, Bibi —declaró Adam con una devoción absoluta.
Se fundieron en un beso apasionado, un beso que servía como refugio contra el odio de Marcelo y las amenazas de Samuel. Bibiana lo abrazó con fuerza, refugiándose en su pecho mientras el mundo exterior desaparecía, dejándolos solos bajo la luz de la luna.
(Una semana después)
En los exteriores de la Mansión Soler
Una figura solitaria se detuvo frente a las imponentes puertas de hierro de la propiedad. Melissa observó la majestuosidad de la mansión con una mezcla de ansiedad y determinación.
—Aquí es donde debe estar Bibiana —murmuró para sí misma, recorriendo con la mirada los muros que mantenían a su amiga cautiva en un mundo que no le pertenecía.
Dentro de la Mansión – El Estudio de Marcelo
Mientras tanto, en la penumbra del estudio, el aire seguía cargado de reproches. Marcelo observaba a su hijo desde detrás de su escritorio, con una expresión de severa autoridad.
—Lo que hiciste en la fiesta de compromiso no puede volver a repetirse, Adam —sentenció Marcelo—. No permitiré otro espectáculo así.
—Eso dependerá de que ningún otro vampiro intente ponerle una mano encima a Bibiana —replicó Adam, sosteniéndole la mirada sin parpadear.
—Está bien, pero tienes que controlar esa posesividad irracional. Terminarás arruinándolo todo.
Adam soltó una risa amarga y se encogió de hombros con indiferencia.
—¿Y qué importa si lo arruino? Sabes perfectamente que nunca me ha importado lo que piensen los demás.
—A mí sí me importa —bramó Marcelo, perdiendo la paciencia—. Así que necesito que tanto tú como tu futura esposa se comporten como es debido.
Adam guardó silencio un momento, tratando de contener su propio temperamento antes de hacer la pregunta clave.
—¿Cuándo es la boda con Bibi, papá?
—Pasado mañana —respondió Marcelo, suavizando el tono pero manteniendo la advertencia—. Esta vez quiero que todo salga perfecto. Sin escándalos, sin peleas.
—Trataré de no arruinar tu preciado evento frente a tus amigos de la alta sociedad —ironizó Adam mientras se dirigía a la puerta—. No te preocupes por eso, papá.
—Eso espero, Adam —concluyó Marcelo, viéndolo salir mientras una sombra de duda cruzaba su rostro—. Realmente eso espero.
Habitación de Bibiana
El silencio de la habitación se veía interrumpido únicamente por el brillo del encaje y la seda. Sobre la cama, el vestido de novia se extendía como una obra de arte, capturando la escasa luz que entraba por la ventana.
—Es realmente hermoso, Bibi —susurró Giselle, rompiendo el trance mientras contemplaba la prenda—. Te vas a ver preciosa con él puesto.
—Gracias, Giselle —respondió Bibiana, aunque su voz carecía del entusiasmo que se esperaría de una novia.
Giselle la observó con atención, notando la sombra de tristeza en su mirada.
—Bibi... ¿no estás feliz por casarte con mi hermano?
—Claro que lo estoy —se apresuró a decir Bibiana, forzando una pequeña sonrisa—. Es solo que... me hubiera gustado que las cosas fueran distintas. Me hubiera gustado casarme con él de otra forma.
Giselle se acercó y le tomó la mano con comprensión.
—Te entiendo perfectamente. Hubieras preferido una boda sin la presión de mi padre, sin sentirte obligada y, sobre todo, sin un salón lleno de vampiros vigilándote.
—Exacto —admitió Bibiana con un suspiro—. Adam también deseaba lo mismo. Queríamos algo que fuera solo nuestro, no un espectáculo para su especie.
—Lo lamento tanto —dijo Giselle con sinceridad—. Pero intenta pensar que, a pesar de todo el ruido externo, al final se está cumpliendo lo que ambos tanto deseaban: estar juntos para siempre.
Bibiana volvió a mirar el vestido, esta vez con una luz diferente en sus ojos.
—Tienes razón. Eso es lo único que me da un poco de felicidad en medio de tanta oscuridad
Exteriores de la Mansión Soler
Melissa observó desde la distancia a los guardias que custodiaban la entrada principal. Sus ojos no eran normales; la frialdad y la rigidez de sus posturas delataban su naturaleza vampírica.
—"Tengo que decirles que soy amiga de Adam... es la única forma de que me dejen entrar" —pensó Melissa, armándose de valor.
Se obligó a caminar con paso firme hacia ellos.
—Hola —saludó, tratando de que su voz no temblara.
—¿Qué se le ofrece, señorita? —preguntó uno de los vampiros, escaneándola con una mirada que parecía atravesarle el alma.
—Soy Melissa. Soy una vieja amiga de Adam y he venido a visitarlo.
Los guardias se intercambiaron una mirada de escepticismo.
—El joven Adam nunca ha mencionado que tenga una amiga de nuestra misma especie —replicó el otro guardia con tono gélido.
—Adam y yo nos conocimos en Finlandia —insistió ella, manteniendo el contacto visual—. Él mismo me invitó para que viniera a conocer su casa.
—Lo sentimos, pero las órdenes son claras. No podemos dejarla pasar —sentenció el guardia, bloqueándole el camino.
Justo cuando Melissa empezaba a perder la esperanza, una voz autoritaria resonó desde el otro lado de la reja.
—Déjenla pasar —ordenó Adam, apareciendo entre las sombras del sendero—. Melissa es mi amiga.
Los guardias se tensaron de inmediato y guardaron un silencio sepulcral, agachando la cabeza ante la orden directa del heredero de los Soler. La puerta comenzó a abrirse lentamente.
Melissa esbozó una sonrisa triunfal mientras cruzaba el umbral, entrando finalmente en el oscuro dominio de los vampiros.