Sandra Bautista tiene un plan perfecto para su vida: sobrevivir a su primer año como abogada junior en el prestigioso Bufete Galvis, beber su propio café (porque el de la oficina sabe a tiza) y evitar el romance a toda costa. ¿Por qué? Porque Sandra está convencida de que los hombres guapos solo la ven como "la amiga", "la colega" o "la roomie".
Su radar romántico está tan roto que es incapaz de notar que su supervisor, Julián García (un español encantador, impecable y peligrosamente sexy), está intentando conquistarla a toda costa. Y mucho menos se da cuenta de que Diego Sosa, su mejor amigo de la infancia y compañero de departamento (un diseñador gráfico con brazos de infarto y un corazón de oro), está celoso hasta la médula.
Entre sabotajes de oficina, mudanzas, cenas de tacos y casi-besos. Sandra tendrá que descubrir que el amor no siempre llega en el paquete que uno espera...
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El estrado, la libreta y el sonido de la justicia
La Sala 4 del Palacio de Justicia olía a madera vieja, a papel rancio y a tensión pura. Era una de esas salas antiguas que parecían haber visto pasar décadas de dramas humanos, con sus bancas de madera oscura pulida por miles de manos nerviosas, sus candelabros de bronce que ya no funcionaban, pero seguían ahí como testigos mudos, y sus ventanas altas que dejaban entrar rayos de luz polvorienta que iluminaban las partículas flotando en el aire como pequeños fantasmas.
Sandra Bautista se sentó en la mesa de la defensa, con la espalda recta y las manos entrelazadas sobre el maletín de cuero. Sus dedos estaban fríos, pero su respiración era controlada. A su izquierda, Julián revisaba sus notas con una calma metódica, aunque sus nudillos vendados delataban la violencia de la mañana. Cada vez que pasaba una página, Sandra notaba cómo sus ojos color miel se movían con precisión, analizando cada detalle. A su derecha, en las gradas públicas, Diego estaba sentado con el brazo izquierdo en un cabestrillo improvisado que le había puesto la enfermera del juzgado. Tenía el labio partido, el cabello despeinado y la mirada fija en la nuca de Sandra, como un guardián que no parpadea, que no se distrae, que no permite que nada ni nadie la lastime.
Frente a ellos, en la mesa de la fiscalía, el Ministerio Público parecía aburrido, seguro de su victoria. Revisaba su teléfono con una mano mientras con la otra sostenía una taza de café. No los miraba. Para él, este caso ya estaba cerrado; era solo un trámite más en su agenda de martes. Y en la mesa del acusado, Lucía Méndez lloraba en silencio, con la cabeza gacha y las manos esposadas sobre la mesa. Se veía tan pequeña, tan rota, que a Sandra le dolió el pecho. Hoy, pensó. Hoy va a salir de aquí.
Pero la atención de Sandra no estaba en ellos. Estaba en la mesa de los testigos, donde el licenciado Rivas, el socio del esposo muerto, se había sentado con una arrogancia insultante. Rivas llevaba un traje italiano de tres mil dólares que le quedaba como si lo hubieran cosido sobre su cuerpo; se había peinado perfectamente con gomina cara y sonreía con la seguridad de un hombre que cree que el mundo le pertenece y que las reglas no aplican para él. Total, pensaba Rivas mientras miraba a Sandra con desdén, es solo una abogada junior defendiendo a una viuda negra. ¿Qué puede hacer una chica con blazer de talla grande contra un hombre como yo?
—La defensa puede presentar sus pruebas —anunció el juez, un hombre mayor con lentes gruesos, cabello blanco peinado hacia atrás y voz de trueno que resonó en toda la sala.
Sandra se puso de pie. El corazón le latía en las sienes, pero sus piernas no temblaron. Respiró hondo, miró a Lucía, luego a Diego y, finalmente, al juez. Sintió el peso de todos los ojos sobre ella: los del juez, los del Ministerio Público, los de Rivas, los de las pocas personas en las gradas. Pero también sintió algo más: la presencia de Julián a su lado, sólida y calmada, y la mirada de Diego en su espalda, cálida y protectora.
—Su señoría —comenzó Sandra, su voz clara y firme resonando en la sala como una campana—. La fiscalía ha construido su caso sobre una premisa simple y conveniente: que mi clienta, Lucía Méndez, envenenó a su esposo por celos, por despecho, por la herida de una mujer traicionada. Es una narrativa fácil. Es una narrativa que vende periódicos. Pero la defensa presentará hoy evidencia física y digital que demuestra que Lucía Méndez no es una asesina. Es el chivo expiatorio de un crimen corporativo diseñado para silenciar a un hombre que estaba a punto de exponer la verdad.
Rivas soltó una risita suave, cubriéndose la boca con la mano enguantada. El juez lo miró con severidad, y la risa murió en su garganta.
Sandra abrió el maletín. Sus manos, que hace un minuto estaban frías, ahora estaban firmes. Sacó la libreta de cuero negro y el teléfono viejo, colocándolos sobre la mesa con cuidado, como si fueran reliquias sagradas.
—Su señoría, esta libreta fue encontrada en un compartimento oculto en el humidor de cedro de la víctima, Roberto Méndez. Contiene registros meticulosos de transferencias a cuentas en paraísos fiscales, vinculadas directamente a Construcciones Rivas y a entidades vinculadas al crimen organizado.
El Ministerio Público se puso de pie, dejando su café sobre la mesa con un golpe seco. —¡Objeción, su señoría! Esa evidencia fue obtenida de manera irregular, sin la cadena de custodia apropiada, y su relevancia para este caso de homicidio es, en el mejor de los casos, tangencial.
Sandra sintió un pinchazo de ansiedad, pero antes de que pudiera responder, Julián se puso de pie con una elegancia que parecía coreografiada.
—Su señoría, la evidencia fue obtenida con una orden de registro firmada por el juez Tercero de Distrito, con número de expediente 458/2024, que la defensa tiene el gusto de poner a disposición del tribunal —dijo Julián, entregando el documento al actuario con una sonrisa cortés pero letal—. La cadena de custodia es impecable, desde el momento del hallazgo hasta su traslado a la policía científica. Cada paso está documentado, firmado y sellado.
El juez revisó el documento con atención, ajustándose los lentes. El silencio en la sala era absoluto. Finalmente, asintió.
—Objeción denegada. La evidencia es admisible. Continúe, licenciada Bautista.
Sandra sonrió. Era su momento. El momento por el que había estudiado cinco años, por el que había perdido noches de sueño, por el que había soportado las burlas de Valeria y sus amigas.
—Pero la libreta no es todo, su señoría —continuó Sandra, caminando hacia el centro de la sala con confianza—. La fiscalía basó su teoría en una foto de la escena del crimen que mostraba a mi clienta junto al arma homicida. Sin embargo, un análisis forense digital, realizado por un experto en gráficos computacionales con más de diez años de experiencia, demuestra que la iluminación de la foto es físicamente imposible.
Sandra activó el proyector de la sala. En la pantalla apareció la foto de la escena del crimen, con flechas rojas y gráficos claros que Diego había preparado con su precisión habitual.
—Como pueden observar, la luz de la lámpara del escritorio proviene del lado izquierdo de la imagen. Sin embargo, la sombra de la copa de whisky cae hacia el lado izquierdo también. Esto es físicamente imposible. Si la fuente de luz está a la izquierda, la sombra debe proyectarse hacia la derecha.
Sandra se giró hacia el jurado, hacia el juez, hacia todos los presentes.
—Esto prueba, más allá de toda duda razonable, que la escena fue montada. Alguien colocó el arma en la mano de mi clienta después de que la policía tomara la foto original. Alguien quería que la encontraran ahí, en esa posición, en ese momento. Alguien quería que Lucía Méndez fuera la asesina perfecta.
En las gradas, Diego se enderezó, con una sonrisa orgullosa curvando su labio partido. Sus ojos oscuros brillaban con un orgullo que no podía disimular. Esa es mi abogada, pensó. Esa es mi Sandra.
—¿Y quién tenía el acceso, el motivo y el conocimiento para montar esa escena? —preguntó Sandra, girándose lentamente hacia la mesa de los testigos. Rivas dejó de sonreír. Su rostro palideció, y sus manos, que antes estaban relajadas sobre la mesa, ahora apretaban los bordes de la madera—. El licenciado Arturo Rivas. La libreta demuestra que Roberto Méndez iba a entregar esta información a las autoridades federales sobre el lavado de dinero de su socio. Rivas lo envenenó con cianuro en su whisky de las noches, montó la escena para culpar a la esposa y esperaba que el caso se cerrara rápido, que la prensa condenara a Lucía y que nadie mirara más allá de la superficie.
El silencio en la sala era sepulcral. Se podía escuchar el tictac del reloj de pared, el roce de la pluma del actuario, la respiración agitada de Lucía. Rivas se puso de pie, nervioso, ajustándose la corbata de seda con manos temblorosas.
—¡Esto es ridículo! —exclamó Rivas, con la voz un poco más aguda de lo que pretendía—. ¡Son conjeturas de una abogada novata que necesita hacer nombre! ¡Exijo que se retiren estos cargos infundados y que se me permita salir de esta sala!
—Siéntese, licenciado Rivas —ordenó el juez, con la voz helada, cortante como un bisturí.
Rivas se sentó, pero sus ojos seguían fijos en Sandra con una mezcla de odio y pánico.
El juez se quitó los lentes, limpiándolos con un paño de seda, y miró a Rivas con desprecio. Cuando volvió a hablar, su voz resonó en cada rincón de la sala.
—Licenciada Bautista, su evidencia es contundente, coherente y devastadora para la teoría de la fiscalía. En nombre del Estado, y basándome en las pruebas presentadas, declaro a Lucía Méndez inocente de todos los cargos en su contra. Es libre de irse.
Lucía soltó un sollozo desgarrador, cubriéndose la cara con las manos esposadas. Sus hombros temblaban, y el sonido de su llanto llenó la sala. Sandra sintió que los ojos le picaban, pero sonrió, asintiendo hacia su clienta. Lo logramos, pensó. Lo logramos, Lucía.
—Sin embargo —continuó el juez, y su tono cambió, volviéndose más grave, más peligroso, como el trueno antes de la tormenta—. Dada la evidencia presentada sobre vínculos con el crimen organizado, lavado de dinero y homicidio doloso premeditado, esta sala ordena la detención inmediata del licenciado Arturo Rivas para ser puesto a disposición del Ministerio Público Federal.
Las puertas de la sala se abrieron con un estruendo. Cuatro policías ministeriales, con chalecos tácticos negros y armas enfundadas, entraron con paso firme y decidido. Sus botas resonaron en el piso de madera como martillazos.
Rivas miró a los policías, luego a Sandra. El pánico le deformó el rostro, arruinando su compostura de hombre de negocios exitoso.
—¡No pueden hacerme esto! —gritó Rivas, poniéndose de pie y señalando a Sandra con el dedo tembloroso—. ¡Tengo contactos! ¡Tengo abogados! ¡Usted no sabe con quién se está metiendo, muchacha! ¡Esto no va a quedar así!
Sandra lo miró a los ojos. No había miedo. Solo una satisfacción fría y absoluta, la satisfacción de alguien que ha luchado por la verdad y la ha encontrado.
—Sí sé, licenciado Rivas —dijo Sandra, con voz calmada, casi suave—. Y usted ya no es nadie.
Los policías le pusieron las esposas a Rivas. El clic metálico fue el sonido más hermoso que Sandra había escuchado en su vida. Mientras se lo llevaban forcejeando, gritando insultos que nadie escuchaba, Sandra se dejó caer en su silla, exhalando un suspiro que parecía haber guardado durante semanas.
Julián le puso una mano en el hombro, apretando suavemente.
—Lo hiciste, Sandra —dijo él, con voz suave, con orgullo genuino en sus ojos color miel—. Fue perfecto. Cada palabra, cada movimiento. Fue perfecto.
Sandra miró hacia las gradas. Diego le estaba sonriendo. Una sonrisa amplia, orgullosa, con los ojos brillando de emoción y de algo más, algo que Sandra ya no podía ignorar. Le hizo un pequeño gesto con la cabeza, como diciendo: Te lo dije. Eres imparable. Siempre lo fuiste.
Sandra sonrió de vuelta, sintiendo que algo se rompía dentro de ella, algo que la había mantenido pequeña, escondida, segura. Había ganado. Pero la verdadera victoria, se daría cuenta en unos minutos, no estaba en el acta del juez.