5 PUERTAS
¿Y si tu destino hubiera sido elegido antes de nacer?
Cinco puertas. Cinco destinos. Un secreto capaz de cambiarlo todo.
Cuando varias personas comienzan a descubrir que sus vidas están unidas por un misterio imposible de explicar, entenderán que algunas puertas nunca debieron abrirse.
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CAPÍTULO 5 — PRIMERAS IMPRESIONES
La mañana avanzaba con rapidez.
Los pasillos de la universidad estaban repletos de estudiantes que caminaban de un aula a otra mientras el sonido de conversaciones, risas y teléfonos llenaba el ambiente.
Para Julietta todo seguía siendo nuevo.
Cada rincón parecía esconder una historia diferente.
—¿Ya te estás acostumbrando? —preguntó Emma mientras acomodaba sus libros.
Julietta sonrió.
—Un poco... aunque todavía siento que me voy a perder en cualquier momento.
Emma soltó una pequeña risa.
—No te preocupes. A todos nos pasó el primer día.
Las dos comenzaron a caminar hacia la cafetería.
—Dicen que ahí siempre está medio mundo —explicó Emma.
—Entonces supongo que es el mejor lugar para conocer gente.
—O para escuchar chismes.
Julietta arqueó una ceja.
—¿Hay muchos?
—Más de los que imaginas.
Mientras tanto, en otro edificio, Giovanni, Mateo y Lucas salían de una clase.
Mateo estiró los brazos exageradamente.
—Después de dos horas de teoría, mi cerebro necesita comida urgente.
Lucas negó con la cabeza.
—Tu cerebro siempre necesita comida.
—No es culpa mía. Pensar da hambre.
Giovanni soltó una risa.
—Vos tenés hambre hasta cuando dormís.
—Eso nunca lo vas a poder demostrar.
Los tres comenzaron a bajar las escaleras.
En el camino saludaban a distintas personas.
—¡Buen día, Mateo!
—¡Nos vemos después, Lucas!
—¡Gio! No te olvides del entrenamiento de mañana.
—No me olvido —respondió Giovanni con una sonrisa.
Julietta observó la escena desde el otro extremo del pasillo.
—Es increíble...
Emma sonrió.
—¿Qué cosa?
—Todo el mundo los conoce.
—Ya te dije...
Son bastante famosos por acá.
Mateo levantó una mano al ver pasar a un profesor.
—¡Buen día, profe!
—Buenos días, Mateo. Espero que esta vez hayas estudiado.
Mateo llevó una mano al pecho con expresión dramática.
—Profe... me duele que dude de mí.
El profesor sonrió.
—Entonces estudia y dejo de dudar.
Lucas comenzó a reír.
—Te la ganaste.
—Todos están en mi contra.
—No exageres —dijo Gio.
—Hasta el destino está en mi contra.
Los tres siguieron caminando entre risas.
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La cafetería estaba más llena de lo habitual.
Las mesas casi no tenían lugares libres.
Emma recorrió el salón con la mirada.
—Creo que llegamos tarde...
Julietta hizo lo mismo.
Solo había una mesa con dos sillas disponibles.
Y estaba ocupada por Giovanni, Mateo y Lucas.
Emma abrió mucho los ojos.
—No... no puede ser.
—¿Qué pasa?
—Es... es la mesa de ellos.
Julietta la miró sin entender.
—¿Y?
—¿Cómo que "y"? Toda la universidad quiere sentarse con ellos.
Julietta soltó una risa.
—Bueno... son solo tres chicos.
Emma negó con la cabeza.
—Vos porque no los conocés.
En ese momento, Mateo levantó la vista y las vio dudando.
Sin pensarlo dos veces, levantó la mano.
—¡Eh! Acá hay lugar.
Emma quedó inmóvil.
—Creo que mejor buscamos otra mesa...
Julietta sonrió.
—No hay ninguna.
Las dos se acercaron.
—¿Seguro que no molestamos? —preguntó Emma con timidez.
Mateo miró a Gio con total seriedad.
—Capitán... ¿qué hacemos?
Giovanni lo miró confundido.
—¿Con qué?
—¿Les cobramos entrada o hacemos promoción por ser el primer día?
Lucas ya sabía lo que venía.
—No empieces...
Mateo cruzó los brazos.
—Estoy intentando levantar un emprendimiento.
—¿Cobrando por sentarse en una mesa que ni siquiera es tuya? —preguntó Gio.
—Exactamente.
Lucas negó con la cabeza.
—Va media mañana y ya inventó un negocio.
Julietta no pudo evitar reírse.
Emma también soltó una risa bajita.
Mateo sonrió satisfecho.
—Listo. Ya las hice reír. Ahora sí pueden sentarse.
Las dos ocuparon las sillas libres.
Por un momento hubo un pequeño silencio.
Hasta que Mateo volvió a hablar.
—Bueno... ya que compartimos mesa, por lo menos presentemonos.
Se señaló a sí mismo.
—Mateo.
Después señaló a sus amigos.
—Ellos son Lucas y Giovanni... aunque todos le dicen Gio.
Julietta sonrió con amabilidad.
—Yo soy Julietta.
Emma levantó apenas la mano.
—Y yo Emma.
Lucas sonrió.
—Bienvenidas a la universidad.
Gio asintió.
—Espero que les guste estar acá.
Julietta respondió con una sonrisa sincera.
—Por ahora... empezó bastante bien.
La conversación comenzó a fluir con naturalidad.
Mateo apoyó los codos sobre la mesa y miró a las dos chicas con curiosidad.
—Bueno... cuénteme algo. No puede ser que yo ya sepa sus nombres y ustedes no sepan nada de nosotros.
Julietta sonrió.
—¿Y qué deberíamos saber?
Mateo fingió pensar unos segundos.
—Que Lucas estudia tanto que creo que un día va a terminar enseñándole a los profesores.
Lucas soltó una risa.
—Exagerado.
—No exagero. El otro día lo vi corrigiendo un error en un libro.
—Era un error de impresión.
—¡Ves! Hasta los libros le tienen miedo.
Emma dejó escapar una risa.
Lucas se acomodó los lentes con una sonrisa avergonzada.
—No le hagan caso.
Mateo siguió.
—Y Gio...
Miró a su amigo con una sonrisa de costado.
—Él parece serio, pero cuando entra a la cancha se transforma.
Giovanni negó con la cabeza.
—No es para tanto.
—¿No? Deciles cuántas finales ganaste.
—Mateo...
—Bueno, está bien, no digo más nada.
Julietta observó a Giovanni unos segundos.
Era distinto a como lo imaginaba.
No parecía alguien que disfrutara ser el centro de atención.
Cada vez que Mateo lo elogiaba, él cambiaba de tema.
Eso le llamó la atención.
—¿Y ustedes? —preguntó Lucas con amabilidad—. ¿Qué estudian?
—Las dos estamos en el mismo curso —respondió Emma.
—Y además bailó desde chica —agregó Julietta.
—¿En serio? —preguntó Gio.
Ella asintió.
—Sí. Es lo que más me gusta hacer.
—Debe llevar mucho esfuerzo.
—Como el vóley, supongo.
Gio sonrió.
—Sí... bastante.
Por un momento, ambos se quedaron en silencio.
No era un silencio incómodo.
Simplemente parecía que los dos pensaban lo mismo: que la pasión por hacer lo que uno ama siempre exige sacrificios.
Mateo rompió el momento.
—Bueno, basta de charla seria.
Todos lo miraron.
—Tengo una pregunta muy importante.
Emma lo observó con curiosidad.
—¿Cuál?
Mateo cruzó los brazos.
—¿Alguien de esta mesa sabe cocinar?
Las dos chicas se miraron.
Julietta levantó una mano.
—Más o menos.
Emma hizo un pequeño gesto.
—Yo también.
Mateo sonrió como si hubiera ganado la lotería.
—¡Excelente!
Lucas frunció el ceño.
—¿Excelente por qué?
—Porque entonces tengo esperanza de no morir de hambre cuando viva solo.
Gio soltó una carcajada.
—¿Y aprender a cocinar no es una opción?
Mateo hizo una mueca.
—No nací para eso.
—¿Y para qué naciste? —preguntó Julietta entre risas.
Mateo sonrió orgulloso.
—Para hacer feliz a la gente.
Lucas respondió sin perder un segundo.
—Y para vaciar la heladera.
Las risas volvieron a llenar la mesa.
A unos metros de allí, varias estudiantes observaban la escena.
—¿Quiénes son esas chicas?
—Las nuevas.
—¿Cómo hicieron para sentarse con ellos?
—No tengo idea.
Una chica suspiró mientras miraba a Mateo.
—Yo hace meses que intento hablar con él.
Otra negó con la cabeza.
—¿Meses? Yo estoy esperando que Lucas me mire desde el año pasado.
Una tercera sonrió.
—Perdón... pero para mí Gio les gana a los dos.
Las tres comenzaron a discutir en voz baja.
Emma alcanzó a escuchar algunos comentarios.
Bajó la mirada, un poco incómoda.
Julietta, en cambio, parecía no darles importancia.
Para ella seguían siendo tres chicos comunes.
Después de un rato, sonó el timbre que anunciaba el final del recreo.
—Bueno... se terminó el descanso —dijo Lucas mientras se levantaba.
—Un gusto conocerlas —agregó Gio con una sonrisa amable.
—Igualmente —respondió Julietta.
Mateo tomó su bandeja y sonrió.
—La próxima vez les cobro la entrada.
—Seguís con eso... —dijo Gio.
—Algún día va a funcionar.
Los cinco comenzaron a reír una vez más.
Se despidieron y cada uno tomó un pasillo diferente.
Mientras caminaban, Mateo pasó un brazo por los hombros de Gio.
—Me cayeron bien.
—A mí también —respondió Lucas.
Gio asintió.
—Sí... parecen buena gente.
Siguieron avanzando entre conversaciones y bromas.
De pronto, Giovanni sintió una extraña sensación.
Como si alguien estuviera observándolo.
Levantó la vista hacia el segundo piso.
Había una figura apoyada sobre la baranda.
No alcanzó a distinguir su rostro.
Solo notó que permanecía inmóvil.
Parpadeó un instante.
Cuando volvió a mirar...
La persona ya no estaba.
—¿Qué pasó? —preguntó Lucas.
Giovanni desvió la mirada.
—Nada...
Creí que alguien me estaba mirando.
Mateo sonrió.
—Seguro era otra admiradora tuya.
—O tuya —respondió Gio.
—Puede ser.
Los tres siguieron caminando entre risas, sin imaginar que aquella mirada silenciosa sería el comienzo de una historia completamente inesperada.
Y que muy pronto...
Alguien llegaría para poner el mundo de Giovanni de cabeza.