NovelToon NovelToon
Los Días Que No Viviste

Los Días Que No Viviste

Status: En proceso
Genre:Venganza
Popularitas:62
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Leo despierta en un hospital sin recordar los últimos cinco años. Le dicen que tuvo un accidente, que su esposa murió, que su hija no le habla. Pero algo no encaja: las enfermeras lo tratan con miedo, los médicos mienten, y en su mesilla de noche encuentra una nota escrita por él mismo que dice: "No confíes en nadie. Tú no chocaste. Tú saltaste." Ahora Leo debe reconstruir quién fue realmente en esos cinco años perdidos, y descubrir si el hombre que era antes merece ser perdonado… o merece ser encontrado.

NovelToon tiene autorización de analysi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2 La enfermera no vuelve.

Leo pasa diez minutos mirando la puerta, esperando que se abra, que alguien entre con explicaciones, con un vaso de agua, con algo que ancle esta realidad tambaleante a un terreno firme. Pero nadie viene. Solo el pitido del monitor, la luz que parpadea y el papel en el suelo, con esa frase escrita por su propia mano que sigue gritándole desde el linóleo gris.

Tú saltaste.

Se obliga a moverse. Sienta las piernas, pero el esfuerzo le revienta la cabeza con un dolor agudo en la nuca. Apoya los brazos en la cama y empuja. La bata de hospital se le enreda entre las piernas. Está sudando aunque la habitación es fría. Cuando finalmente logra poner los pies en el suelo, el suelo parece inclinarse un par de segundos.

No hay zapatos. Solo unos calcetines de algodón blanco con una línea azul en el borde. No los reconoce.

Se pone de pie. Su reflejo en el monitor apagado es una silueta distorsionada, pero se acerca al espejo del baño empujando la puerta corrediza con la mano vendada. La luz del baño es aún más hiriente, un blanco quirúrgico que le hace entrecerrar los ojos.

Y entonces se ve.

Es él. Sí. Pero no es él. Hay una versión de su cara que conoce y otra que no. Las ojeras son más profundas de lo que deberían, como si alguien hubiera ahuecado la piel bajo sus ojos con una cuchara. La barba le ha crecido despareja, con parches más oscuros en la mandíbula. Hay una cicatriz nueva, fina y rosa, que le cruza la ceja derecha y se pierde en el cabello canoso. Canoso. Él no tenía canas. ¿O sí? La niebla en su cabeza se niega a responder.

Se toca la cicatriz. Duele. Es real.

—¿Quién eres? —se pregunta en voz alta, y su propia voz le suena a desconocido.

Hay algo más. En su brazo izquierdo, justo por encima del codo, un tatuaje. No es un tatuaje grande, sino una línea negra, sencilla, que dibuja una coordenada. Dice: 43°28′N 3°46′W. No sabe qué significa. No recuerda habérselo hecho. Pero la tinta está desgastada, como si llevara años allí.

El dolor de cabeza se intensifica. Apoya las manos en el lavabo y respira hondo. Cuando levanta la vista otra vez, hay algo en su expresión que no reconoce. No es miedo. Es algo más frío. Es determinación. Y esa determinación le da más miedo que el miedo mismo.

Vuelve a la habitación. Recoge el papel del suelo, lo dobla con cuidado y lo mete en el bolsillo de la bata. Luego abre el cajón de la mesilla. Vacío. El de abajo, vacío también. El armario de la esquina tiene su ropa: unos vaqueros viejos, una camiseta negra desgastada, una chaqueta de cuero que huele a tabaco y a lluvia. Huele a él, pero a un él que no conoce. Se viste con movimientos torpes. Los vaqueros le quedan un poco anchos; ha perdido peso. La chaqueta le queda perfecta, como si su cuerpo la hubiera moldeado durante años.

En el bolsillo de la chaqueta encuentra un móvil. Un modelo antiguo, con la pantalla rajada en la esquina superior derecha. Lo enciende. El fondo de pantalla es una foto borrosa de una mujer rubia. No la reconoce. No es Elena. ¿Quién es? Lo desliza. No hay muchos contactos. Solo cuatro: "Casa", "Trabajo", "Mamá" y un número sin nombre. Abre el historial de llamadas. La última llamada fue hace tres semanas, el día del accidente. Duró 47 segundos. El número sin nombre.

Marca el número. No suena. Solo un tono muerto, como si el teléfono no existiera. Lo intenta otra vez. Nada.

Guarda el móvil. Hay algo más en el bolsillo: unas llaves. Tres llaves: una de coche, dos de puerta. Y un trozo de papel arrugado, con otra caligrafía. Esta vez no es la suya. Es una letra redonda, femenina, que dice: "Nos vemos en el sitio. No llegues tarde. T."

T. ¿T de quién?

Una enfermera diferente entra en ese momento. Es más joven, con el pelo recogido en una coleta alta y una cara amable. Se sorprende al verlo de pie.

—Señor León, no debería levantarse todavía —dice, dejando una bandeja con un vaso de agua y una galleta.

—Necesito salir —responde Leo, y su voz suena más firme ahora.

—El médico quiere verlo antes —ella sonríe, pero es una sonrisa nerviosa—. Debe hacerle unas pruebas.

—¿Qué pruebas?

—De memoria. Para evaluar los daños.

La palabra "memoria" le da un vuelco al estómago. Asiente, aunque no quiere. Sabe que si se queda, no le van a contar la verdad. Pero tampoco puede salir corriendo sin saber adónde ir. El papel dice "el sitio". ¿Cuál sitio? ¿El de la coordenada del tatuaje? ¿El del accidente? No tiene ni idea.

La enfermera joven le toma la presión y le pone un termómetro digital. Mientras tanto, Leo mira la puerta. Hay una rendija, y a través de ella ve el pasillo. Ve a la enfermera anterior, la del moño apretado, hablando en voz baja con un hombre de traje. No es un médico. El traje es demasiado oscuro, demasiado formal para un hospital. El hombre mira hacia la habitación, y sus ojos se encuentran con los de Leo por un segundo. El hombre desvía la mirada, pero Leo ya lo ha visto. Y lo que ha visto en esa mirada no es compasión. Es vigilancia.

Alguien lo está observando. Alguien que sabe que él saltó.

—¿Dónde está la policía? —pregunta de repente.

La enfermera joven levanta la vista sorprendida.

—¿Cómo?

—Tuve un accidente. ¿No debería haber un informe policial?

Ella titubea. Se ajusta el cuello de la bata, un gesto nervioso.

—Ya pasaron el informe… fue… todo fue tramitado. Usted no está en ningún delito, señor León.

Pero no dice que fue un accidente. Dice "fue todo tramitado". La palabra correcta, la que ella evitó, le da una punzada en el pecho.

—¿Dónde están sus pertenencias? —pregunta él. —Mi cartera, mi documentación…

—Está en la oficina de admisiones. Puede pedirla cuando el médico lo autorice.

"Cuando el médico lo autorice". Es decir, que no piensan dejarlo ir. Leo aprieta los puños bajo la sábana. Siente la venda en la palma derecha, el roce de la gasa contra la herida. La nota en su bolsillo pesa como una piedra.

La joven termina las mediciones y se va con una sonrisa forzada. Apenas cierra la puerta, Leo se levanta otra vez. Mira por la ventana. Está en el tercer piso. No puede saltar por allí. Pero hay una escalera de incendios en el extremo del pasillo, la vio cuando la primera enfermera salió. Si logra llegar hasta ella sin que lo vean...

Se asoma por la puerta. El pasillo está casi vacío. La enfermera del moño ya no está, y el hombre del traje tampoco. Solo hay un paciente viejo en una silla de ruedas, dormido con la barbilla sobre el pecho. Leo camina pegándose a la pared. Las suelas de sus calcetines apenas hacen ruido sobre el linóleo.

Llega a la escalera de incendios. La puerta tiene un cartel rojo: "Solo para personal autorizado". La empuja. No tiene alarma. El aire frío de la calle le golpea la cara y, por un segundo, respira aliviado. Está a tres pisos del suelo, pero la escalera metálica es estable. Baja los escalones sin mirar atrás.

Cuando pone un pie en el asfalto del callejón trasero, el sol de la tarde le ciega. Parpadea. La ciudad huele a escape de coches y a pan recién horneado de una panadería cercana. Es un olor normal. Cotidiano. Y sin embargo, Leo siente que ese olor le rompe algo dentro.

No sabe dónde está. No sabe adónde ir. No sabe quién es ese hombre del traje ni por qué lo vigilan. No sabe si su mujer está muerta de verdad o si le han mentido. Solo sabe tres cosas:

Escribió una nota diciendo que saltó.

Tiene un tatuaje con coordenadas que no recuerda.

Alguien, un tal "T.", lo espera en algún sitio.

Y sabe que no puede volver a ese hospital.

Camina hacia la calle principal, con las manos en los bolsillos, fundiéndose entre la gente. El móvil vibra en su chaqueta. Saca la pantalla rajada. Hay un mensaje entrante. No tiene número de remitente, solo el texto:

"Sabía que saldrías. Las coordenadas del tatuaje. Ahí encontrarás tu coche. Dentro hay algo que necesitas ver. Confía en ti. No en ellos."

Leo mira su brazo. La coordenada: 43°28′N 3°46′W. No sabe qué ciudad es, pero el móvil tiene GPS. Lo abre, escribe las coordenadas. La ruta tarda en cargar, pero cuando lo hace, el destino marca un lugar a 20 kilómetros de allí. Una zona industrial abandonada. Un almacén.

¿Su coche? ¿Qué coche?

Mira la llave en su bolsillo. Tiene un logo que no reconoce de inmediato, pero al darle la vuelta ve el nombre: Renault. No es un coche lujoso, pero es algo.

Se detiene en la acera. La gente pasa a su lado sin mirarlo, indiferente. Él está de pie, con la ropa ajena, el tatuaje desconocido, el móvil roto y una nota que dice que saltó.

Y entonces recuerda otra cosa. No es un recuerdo completo, solo un fragmento: una mano femenina tocando su mejilla. La voz de esa mujer rubia de la foto. Le dice: "Pase lo que pase, no olvides que lo hiciste por ella."

¿Por ella? ¿Por Elena? ¿O por la rubia?

La niebla en su cabeza se arremolina, pero una certeza empieza a formarse como una burbuja en agua turbia: no fue un accidente. Y si no fue un accidente, entonces su esposa no murió en la carretera. Murió por algo más. O no murió.

O él fue quien la mató.

Aparta esa idea como quien aparta una araña de la mesa. No. No puede pensar eso. No todavía.

Empieza a caminar en dirección al destino del GPS. El sol se está poniendo. Las sombras se alargan. Tiene 20 kilómetros por delante, sin dinero, sin documentación, con un mensaje anónimo en el móvil y la certeza de que alguien lo está siguiendo.

Porque cuando mira hacia atrás, en el reflejo de un escaparate, ve a lo lejos al hombre del traje. Está apoyado contra una farola, con un teléfono en la oreja, mirándolo directamente.

Leo acelera el paso.

Y el hombre del traje comienza a caminar detrás de él.

1
valeska garay campos
se lee interesante 🤔👀
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play