Después de encontrar a Emilio con Paola en la habitación 1208, Ximena no quiere volver a saber de ninguno de los dos. Por eso le sorprende que, al día siguiente, Leonardo Aldama —el padre de Emilio— aparezca para disculparse. No intenta justificar a su hijo. Solo le dice que no la merecía.
Ximena tiene veintiséis años y una vida que se ha construido sola. Leonardo, cuarenta, enviudó hace años y está acostumbrado a resolverlo todo. Con ella aprende a esperar: primero un café, luego otro; una llamada que se alarga y un beso que ninguno sabe cómo explicar.
Emilio sigue siendo parte de sus vidas, y Ximena no piensa hacerse pequeña para encajar en la familia Aldama. Pero cada vez le cuesta más fingir que Leonardo es solo el padre de su ex.
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Capítulo 19
Capítulo 19: Plan de estudios
Don Chema apenas había dado vuelta en Miguel Ángel de Quevedo cuando el celular le vibró en el saco.
Leonardo vio el nombre en la pantalla y supo exactamente qué había pasado. Contestó.
—¡Tramposo! —Ximena no saludó—. ¡Lo dejaste abierto a propósito!
Don Chema subió medio punto el volumen del radio. Un caballero.
—Sí —dijo Leonardo.
—¿Sí? ¿Nada más sí?
—Lo leí. No te voy a mentir.
Del otro lado se oyó un ruido que podía ser una almohada contra una pared.
—Bórralo. Bórralo de tu cabeza. Haz como que nunca lo viste.
—Olvidarlo no. —Se acomodó en el asiento, mirando las luces de Miguel Ángel de Quevedo—. Querer saber qué te gusta no tiene nada de malo. Me gustaste seria. Me gustas apenada. —Hizo una pausa, porque sabía lo que venía y quería decirlo bien—. Y me gusta más verte aprender a quererme.
Silencio. Luego, clic.
Le había colgado.
Leonardo se quedó con el teléfono en la mano. Don Chema tenía los ojos fijos en el semáforo con una concentración que no le había visto nunca.
Dos minutos después llegó un mensaje.
Eres un demonio, Leonardo Aldama.
Abajo, una manita tapándose la cara. Luego: Este mensaje fue eliminado. Luego, otra vez, la misma manita.
Y un último:
Y ya cerré la sesión de WhatsApp en la compu.
Leonardo se rio. Sin ruido, con los hombros. Se pasó la mano por la boca como si con eso se le fuera a quitar.
Lo que había visto en la pantalla lo tenía todavía claro, como un documento que se lee antes de un consejo. Ella le había dicho que la computadora estaba en el buró, y cuando la abrió, el grupo estaba ahí, en primer plano: Las Brujas del 3er Piso.
Ligas a artículos con títulos de revista de consultorio. Algo que Andrea llamaba calificaciones, con estrellas. Y la lista. Andrea la había escrito como un reglamento: los cuatro requisitos. Uno, dinero. Dos, guapo. Tres, que tenga plática. Cuatro, que te haga feliz en la cama.
Debajo, Lucía: +1, sobre todo la última. Y Andrea otra vez, arrobando a Ximena: Xime, esto se abre A SOLAS. Y más abajo, las dos, riéndose de ella como si no la tuvieran en el grupo: Nuestra santa seguro lo lee todo y se hace la que no.
Ahí se le escapó la risa que ella oyó desde la cocina.
Pudo haber cerrado la sesión. Habría sido lo discreto. No quiso. Cerró el correo, dejó el grupo abierto en la pantalla y bajó la tapa. Prefería que ella supiera que lo había visto antes que leer a escondidas y fingir que no. Eso último se lo dejaba a las amigas.
El carro entró a Chimalistac. La casa estaba a oscuras, solo la luz del patio y el ruido de la fuente.
Subió a la biblioteca sin prender más que la lámpara del escritorio. Todavía se estaba riendo, y a los tres segundos ya no.
Me gusta más verte aprender a quererme. Lo había dicho él. ¿Desde cuándo alguien tenía que aprender eso?
Tenía seis años cuando sus papás anunciaron el divorcio. Lo anunciaron en una junta de consejo, porque había acciones de por medio. Diferencias de visión, decía el comunicado.
Él se enteró por una secretaria que se lo explicó a Nana Chabela en el pasillo, en voz baja, como si él no estuviera ahí.
Seis meses después, su papá y su mamá llegaron a la misma presentación de un proyecto, cada uno con una pareja nueva del brazo. Hubo fotos. Nana lo tomó de la mano y se lo llevó de regreso a la casa de Lomas antes de que terminara.
Esa noche estaba en su cuarto, en la alfombra, con la tele prendida. En el noticiero salió su papá frente a los micrófonos, sonriendo, muy correcto. Un reportero le preguntó por el divorcio.
Su papá dijo que había sido un matrimonio de mucho respeto y que a Mercedes le agradecía el heredero.
El heredero.
Leonardo tenía seis años y entendió perfecto. No era un hijo. Era el resultado de un trato que ya se había cerrado. Algo que se entrega al final, como un certificado de calidad.
Luego los dos tuvieron otros hijos. Rodrigo, en Lomas. Los gemelos, en el Pedregal. Niños a los que alguien iba a buscar a la escuela. A él lo iba a buscar Nana.
De esa noche le quedó una regla, que cumplió desde entonces sin fallar una sola vez: no esperes que te quieran y no te va a doler.
Y ahora había una mujer en Coyoacán que le tapaba la cara con una manita de emoji porque él había leído que sus amigas le hacían listas.
Una mujer que, cuando él le dijo que la quería, no le creyó a la primera y le pidió tiempo, y que ahora estaba aprendiendo. Él también.
Sacó el celular. Abrió las notas. La de Quiero ir despacio contigo seguía ahí, sin título. Abrió una nueva.
Plan de estudios.
Lección 1: aceptar lo que siento.
Ella no quiere prisa: despacio.
Abajo copió, letra por letra, lo que tenía en la foto de perfil desde hacía años y nunca había sabido para qué servía:
Despacio se llega lejos.
Eran la una y media. Apagó la lámpara.
El viernes y el sábado casi no se vieron. Ella tenía entregas de fin de semestre, trabajos finales, alumnos pidiendo prórroga por correo a las dos de la mañana.
Hablaron dos veces por teléfono, poco, ella con voz de cansancio y una pluma en la boca, él lo sabía por cómo le salían las consonantes.
El viernes en la noche Leonardo le mandó una foto.
Era su tesis. La de la grana cochinilla en los textiles de la Nueva España, encuadernada en azul, abierta sobre el escritorio de la biblioteca. En los márgenes había notas a lápiz, con su letra inclinada. Preguntas. Una palabra subrayada dos veces.
Una flecha que iba de un párrafo a otro con un ¿esto sigue en Oaxaca?
La respuesta tardó cuatro minutos.
¿Me estás estudiando?
Plan de estudios.
No le explicó más. Ella mandó tres puntos suspensivos y luego nada, y él se imaginó la cara que estaba poniendo y fue suficiente para dormirse contento.
El domingo a la una de la mañana, el celular sonó en el buró.
No era ella. Era un número fijo que no conocía. Leonardo contestó ya sentado en la orilla de la cama, con los pies en el piso frío.
—¿Bueno?
—Buenas noches. Le habla el secretario del Juzgado Cívico de la alcaldía Miguel Hidalgo. —Una voz de hombre, cansada, de alguien que hacía esa llamada varias veces cada noche—. Disculpe la hora. ¿Es usted el padre de Emilio Aldama?