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Me casé con el papá de mi acosadora

Me casé con el papá de mi acosadora

Status: Terminada
Genre:CEO / Diferencia de edad / Ascenso de clase social / Casada con el millonario / Romance oscuro / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:21
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

—Ve y acúsame con mi papá —se burló Daniela Solana después de humillarla una vez más.
Maite Guzmán hizo exactamente eso.
Con veintidós años, una beca que no podía perder y un celular lleno de pruebas, entró en la oficina del hombre más poderoso de Monterrey. Esperaba que Rodrigo Solana comprara su silencio. En cambio, él castigó a su propia hija, le dio de comer cuando Maite se desmayó de hambre y decidió que nadie volvería a tocarla.
Rodrigo tiene cuarenta y seis años, una fortuna de esas que abren cualquier puerta, una exesposa que todavía lo reclama y la costumbre de controlarlo todo. Maite es la compañera de universidad de su hija, viene de un rancho y no piensa deberle nada a ningún hombre.
Pero la gratitud se convierte en deseo. Las miradas clandestinas terminan detrás de una puerta cerrada, y el hombre más frío de Monterrey descubre que con Maite no sabe ser prudente: quiere protegerla en público, hacerla temblar en privado y convertirla en su esposa.
Daniela todavía no sabe que la becada a la que humilló duerme en la cama de su padre.
Cuando lo descubra, ya será demasiado tarde: Maite no será su víctima. Será su madrastra.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Capítulo 10: Me gustas, tío

La lana le picaba en el cuello desde el hotel. Rodrigo no se quitó la bufanda al bajar del carro, ni al cruzar el jardín, ni al empujar la puerta de su propia casa.

Eran las nueve y cuarto. Desde el recibidor salía olor a cabrito.

—Las visitas esperan aquí, señora —decía Imelda, con las manos cruzadas al frente.

Gisela estaba de pie junto a la consola de la entrada, con dos recipientes de vidrio apilados contra el pecho: cabrito en uno, arroz en el otro. Eran recipientes de casa, de tapa azul, para que pareciera cocinado por ella. Detrás de la maceta asomaba la bolsa de papel de un restaurante de la avenida, doblada a la carrera.

—¿Visita? —Gisela se rio con los dientes—. Mira, mi reina. Cuando vuelva a ser la señora de esta casa, tú eres la primera que se va.

Imelda no se movió ni un centímetro.

—Aquí la señora es visita.

Daniela, sentada en la banca del recibidor con una caja de regalo en las rodillas, levantó la cabeza y lo vio en la puerta.

—¡Papi!

Gisela se volteó. Imelda también, un segundo después, y bajó la vista hacia su cuello.

Por el pasillo de servicio se asomaron dos de las muchachas y, detrás, Chencho con la gorra en la mano. Una le dio un codazo a la otra. Rodrigo alcanzó a leerle los labios: ¿bufanda?

—Ingeniero —dijo Imelda—. La niña y la señora llegaron hace un rato. Les pedí que esperaran aquí, como usted indicó.

—Gracias, Imelda.

Daniela se había puesto de pie. Miraba la bufanda gris con el ceño fruncido.

—¿Y eso? ¿Desde cuándo usas bufanda, papá?

Rodrigo no contestó. Se detuvo en medio del recibidor, a tres pasos de las dos.

—Daniela, tú puedes quedarte. Esta es tu casa cuando quieras. —Miró a Gisela—. Tu mamá no.

Gisela dejó los recipientes sobre la consola con un golpe seco.

—¿Me vas a correr? ¿A mí? ¡Estuvimos casados casi once años! Me debes…

—Nos divorciamos hace doce años, Gisela. —Lo dijo en el tono en que dictaba un oficio—. Por lo que tú hiciste. No te debo nada. Te dejé un departamento en Mitras, y a tu hija le he dado todo lo que ha necesitado.

—¿Todo? ¡Ocho mil pesos, Rodrigo! ¡Ocho mil! ¿Eso es lo que te importa tu hija?

—La tarjeta era de ella. —La miró—. No tuya.

Gisela abrió la boca. La cerró. Detrás de la puerta de servicio alguien contuvo la risa, y Chencho le pegó con la gorra a la muchacha más cercana.

—Ya sé qué es esto. —Gisela señaló la bufanda con la barbilla, con los ojos brillantes de coraje—. Ya sé que hay otra. ¿Te la tejió ella? ¿La secretaria?

Rodrigo ni siquiera parpadeó.

—Chuy, acompaña a la señora a su carro.

Chuy, que se había quedado en la puerta, dio un paso adelante. No tocó a nadie. Solo se quedó ahí, esperando, con la puerta abierta hacia la noche.

Gisela agarró su bolsa. Dejó los recipientes. Miró a su hija.

—¿Vienes o te quedas con tu papá y su tejedora?

Daniela tenía los ojos rojos. Miró a su padre, luego a su madre, luego la caja que traía en las manos.

—Si mi mamá se va, yo me voy.

—Tu cuarto sigue arriba, Dani. —Rodrigo no se movió—. Pero donde esté tu mamá, yo no voy a estar. Eso no va a cambiar.

Daniela dejó la caja sobre la consola, junto al cabrito.

—Te traje tu regalo —dijo con la voz rota—. Como cada año.

Y salió detrás de Gisela sin decir feliz cumpleaños.

La puerta se cerró. En el recibidor quedaron el olor a cabrito, los recipientes de tapa azul y la caja con un moño plateado.

Rodrigo la abrió. Una rasuradora eléctrica. La misma marca de cada año, el mismo modelo con una mejora que él nunca iba a notar.

La dejó sobre la consola. Se tocó la bufanda con dos dedos, sin darse cuenta.

* * *

Marcó a la caseta de la privada desde el celular.

—Habla Rodrigo Solana. La señora Gisela Treviño no entra a la privada sin autorización mía. Personal. Ni con mi hija en el carro.

—Entendido, ingeniero. Queda anotado.

Imelda seguía en el recibidor.

—¿Le guardo la bufanda, ingeniero? Hace calor.

—No.

Ella inclinó la cabeza. No preguntó nada más. Pero cuando Rodrigo pasó junto a la cocina rumbo a la puerta lateral, oyó a Chencho, bajito, del otro lado de la puerta:

—Les digo. El ingeniero trae a alguien en la cabeza.

—Shhh.

—¿Cuándo lo han visto con prisa?

Nadie le contestó a Chencho. Rodrigo tampoco.

* * *

—¿Al hotel, ingeniero? —preguntó Chuy al arrancar.

—Al hotel. Rápido.

En el asiento de atrás sacó el celular. Tenía un mensaje de las nueve y media.

¿Ya vienes, tío?

Eran las diez y veinte. Casi una hora.

Voy, escribió. Una palomita. Dos. Grises. No lo leía.

Abrió otra conversación. Villarreal.

Termine el acuerdo con la señora Ríos. El lunes. Lo que diga el contrato, completo.

Cuatro años. Un contrato con cláusula de confidencialidad y ninguna de las cosas que se dicen en un cumpleaños. Todavía no tenía ni un sí de Maite. Daba igual. No quería tener nada que esconderle.

Envió. La respuesta llegó antes de que llegaran al semáforo.

Enterado, ingeniero. El lunes queda.

* * *

A las diez cuarenta, el cantinero del lobby lo vio entrar y se le acercó antes de que llegara a la barra.

—¿Viene por la señorita? —Bajó la voz—. Le ofrecí pedirle un taxi, señor. Dos veces. Dijo que no, que la iban a recoger.

Señaló con la barbilla el extremo de la barra.

Maite estaba sentada en el último banco, muy derecha, con las dos manos alrededor de la copa. Frente a ella había dos copas vacías y una tercera a la mitad. Tenía las mejillas rojas y el labial corrido en una orilla.

Lo vio. Sonrió de oreja a oreja.

—Llegaste, tío.

—Llegué. —Rodrigo se sentó a su lado—. Perdóname. Fue más de media hora.

—Fueron… —Ella contó con los dedos, se equivocó y volvió a empezar—. Muchas medias horas.

Luego la sonrisa se le deshizo. Así, de golpe, sin aviso. Los ojos se le llenaron y le escurrieron dos lágrimas gordas que no se limpió.

—Me gustas.

Rodrigo se quedó quieto.

—Me gustas mucho. —Le salió en un hipo—. Me gustas desde la sierra. Desde antes. Desde que me dijiste lo del atardecer y yo me hice la que no oyó. —Se limpió la nariz con el dorso de la mano—. ¿Por qué tenías que ser el papá de Dani? ¿Por qué? De todos los señores de Monterrey.

—Maite…

Ella agarró las dos puntas de la bufanda y lo jaló hacia ella. Tenía más fuerza de la que parecía.

—Bésame.

Rodrigo le vio la boca. Le vio los ojos vidriosos, las tres copas, la mano que no soltaba la lana.

Sin su sí, nunca. Y un sí con tres copas encima no era un sí.

Le tomó la mano, despacio, y la desenredó de la bufanda. Le besó los nudillos.

—Hoy no, nena.

—¿Por qué no?

—Porque mañana te vas a acordar. Y quiero que te acuerdes bonito.

Maite lo miró como si le hubiera hablado en otro idioma. Después recargó la frente en su hombro, sobre la lana gris que ella misma había tejido. Al minuto, respiraba lento y pesado.

Se había dormido.

Rodrigo pagó la cuenta con una mano. El cantinero no hizo preguntas y le pasó la bolsa de ella por encima de la barra.

La levantó en brazos. Seguía sin pesar nada.

* * *

En la suite, la acostó en la cama grande. Le quitó los zapatos: unos flats negros, con la suela gastada del lado de afuera. Los acomodó juntos al pie de la cama. La tapó hasta los hombros. Le apartó el pelo de la cara.

Ella murmuró algo que no se entendió. Luego, más claro, con los ojos cerrados:

—No te vayas.

—Aquí voy a estar. —Le acomodó la cobija bajo la barbilla—. Duérmete.

Rodrigo se inclinó y le dio un beso en la frente. Uno solo.

—Yo también te quiero —dijo bajito—. Mucho.

El celular de ella se iluminó en el buró. Vibró contra la madera.

Amá.

Dejó de sonar. Volvió a encenderse al minuto: videollamada. Amá.

Rodrigo se quedó mirando la pantalla con las manos en las rodillas. No podía contestar. No debía. Una voz de hombre en el teléfono de su hija, a estas horas, en un hotel, era lo último que esa señora tenía que oír de él.

La videollamada se cortó. Apareció la vista previa de un mensaje.

Mija, ¿estás bien?

Rodrigo se quitó por fin la bufanda. La dobló y la dejó en el sillón, junto a la ventana. Después se quedó sentado a la orilla de la cama, en la oscuridad, oyéndola respirar, mucho rato. Más del que habría admitido.

Cuando se levantó le tronó la rodilla.

Agarró un cojín, salió a la sala de la suite y se acostó en el sofá, con los zapatos puestos y la puerta de la recámara abierta. El sofá le quedaba corto. No le importó.

No supo cuándo se durmió.

Lo despertó la vibración. La luz ya entraba gris por el ventanal. Eran las seis y media.

Del otro lado de la puerta abierta, el celular de ella volvía a encenderse sobre el buró, y en la pantalla, otra vez, decía: Amá.

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