Ella estaba muy enferma y paso su vida en hospitales, Pero reencarna como una hermosa mujer de cabello celeste, que solo quiere ser feliz.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
**Todas las novelas son independientes**
NovelToon tiene autorización de LunaDeMandala para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Sobrino 2
El día de la visita a la mansión Sartori, Aria Vizconti se levantó de muy buen humor.
No todos los días tenía la oportunidad de preparar galletas con un pequeño caballero de cinco años que consideraba que cualquier animal podía convertirse en un dragón si se le añadían suficientes escamas de chocolate.
La joven había pasado buena parte de la mañana eligiendo un pequeño regalo para Nino. Después de pensarlo detenidamente, decidió llevarle una cajita de madera pintada a mano, decorada con pequeños animales y, por supuesto, un dragón de color rojo en la tapa. Dentro había lápices de colores, hojas gruesas para dibujar y algunas pegatinas de criaturas fantásticas.
[Espero que le guste]
Aria sonrió mientras acomodaba el regalo en una pequeña bolsa.
Luego se miró al espejo.
Su cabello celeste caía en suaves ondas sobre sus hombros. Llevaba un vestido azul claro, sencillo pero elegante, con pequeños bordados florales en las mangas. Había elegido un peinado bonito, aunque no demasiado elaborado, porque sospechaba que terminaría con harina hasta en las pestañas.
Después de todo, iba a cocinar.
¡A cocinar de verdad!
No a observar cómo lo hacían los sirvientes mientras ella sostenía una taza de té y fingía que sabía distinguir una pizca de canela de una cucharada de azúcar.
[Además, si las galletas salen mal, siempre podemos decir que son una nueva especie de criaturas mágicas. ¡Qué maravilla de mundo! Aquí hasta los desastres culinarios pueden convertirse en descubrimientos].
Con esa filosofía tan particular, Aria subió al carruaje.
Y durante el trayecto tomó una decisión muy importante.
No pensaría en Niccolo Sartori.
Ni siquiera un poquito.
No le importaba si él estaba en casa, si había salido a cazar, si se encontraba enterrado bajo una montaña de documentos o si había decidido convertirse en ermitaño.
Ella iba a visitar a Nino.
Únicamente a Nino.
—Espero que el pequeño señor Sartori esté preparado para nuestra aventura culinaria
Su doncella sonrió.
—Por lo que nos han contado, el joven señor está muy emocionado con su visita, mi lady.
—Me alegra saberlo.
Aria sonrió con dulzura.
[Perfecto. Un niño feliz, una cocina preparada y muchas galletas. Esta tarde será maravillosa].
El carruaje se detuvo frente a la mansión Sartori.
La propiedad era imponente, con una fachada de piedra clara, grandes ventanales y jardines cuidadosamente mantenidos. Los árboles formaban una hermosa avenida hasta la entrada principal, y las flores de los senderos parecían haber sido colocadas siguiendo un diseño perfectamente calculado.
Aria descendió del carruaje con elegancia.
Acomodó su vestido, sostuvo el pequeño regalo y levantó la mirada.
Entonces lo vio.
Niccolo Sartori estaba de pie junto a la entrada.
Alto, vestido con un elegante traje oscuro, el cabello perfectamente peinado y esa expresión seria que parecía formar parte de su rostro desde el nacimiento.
El conde la observó.
Aria lo observó.
Durante un instante, ninguno de los dos habló.
Y en el interior de la joven, una pequeña campana de alarma comenzó a sonar.
[¡¿Por qué está aquí?!].
Aria había contemplado muchas posibilidades durante el trayecto. Había considerado que Niccolo pudiera estar ocupado, que no apareciera en absoluto o incluso que se encontrara fuera de la mansión.
Pero, por alguna razón, el destino había decidido colocar al hombre justo delante de la puerta.
[¿Acaso no tiene una oficina? ¿No tiene documentos? ¿No tiene asuntos importantes que atender? ¡Es un conde! ¡Debe de tener cientos de cosas que hacer!].
Niccolo, por su parte, había pasado varios minutos preguntándose cómo debía recibirla.
Desde que Nino le había anunciado que su amiga Aria acudiría a la mansión, había intentado convencerse de que no necesitaba prepararse especialmente para la ocasión.
Era una visita infantil.
Una simple tarde de galletas.
No había ninguna razón para sentirse extraño.
Sin embargo, cuando le informaron de que el carruaje de los Vizconti estaba llegando, había abandonado lo que estaba haciendo y se había dirigido a la entrada.
Y ahora ella estaba allí.
Hermosa, elegante y aparentemente tan poco interesada en su presencia que Niccolo sintió la incómoda impresión de que se había convertido en parte del mobiliario.
—Lady Aria Vizconti. Bienvenida a la mansión Sartori.
Aria hizo una reverencia impecable.
—Conde Sartori. Le agradezco su hospitalidad.
Su voz era educada, suave y perfectamente correcta.
También era fría.
No grosera. No descortés.
Simplemente fría.
Niccolo apretó ligeramente los labios.
—Espero que el viaje haya sido agradable.
—Lo ha sido, gracias.
Silencio.
Un silencio tan incómodo que hasta los criados cercanos parecieron encontrar fascinante el suelo.
Niccolo intentó pensar en algo más que decir.
Aria, por su parte, contempló brevemente los jardines.
[Qué flores tan bonitas. Me pregunto si Nino habrá elegido ya los moldes de las galletas].
—Lady Aria, yo…
—¡ARIA!
Una voz infantil interrumpió al conde con tanta alegría que ambos giraron la cabeza.
Nino apareció corriendo desde el interior de la mansión.
Llevaba el cabello oscuro ligeramente despeinado y una expresión de felicidad tan intensa que parecía haber esperado aquel momento durante semanas, en lugar de unos cuantos días.
—¡Aria! ¡Viniste! ¡De verdad viniste!
La transformación de la joven fue inmediata.
La expresión seria desapareció de su rostro. Sus ojos azules brillaron y una sonrisa cálida iluminó sus facciones.
—¡Nino!
El niño corrió hasta ella y se detuvo justo delante, contemplándola con emoción.
—¡Pensé que quizá no podrías venir!
—¿Cómo iba a faltar? Tenemos una misión importantísima.
Nino abrió mucho los ojos.
—¿La misión de los dragones?
—Exactamente. Y también debemos descubrir qué animal era aquella galleta misteriosa de la fiesta.
El niño se llevó ambas manos a las mejillas.
—¡Es verdad! ¡No podemos olvidarlo!
Aria se inclinó ligeramente hacia él, como si estuviera a punto de revelarle un secreto de Estado.
—He estado pensando que quizá aquella criatura no era un animal común.
—¿Entonces qué era?
—Un dragón disfrazado.
Nino se quedó inmóvil.
Luego abrió la boca.
—¡LO SABÍA!
Aria soltó una carcajada.
—¡Pero no se lo digas a nadie! Podría haber otros dragones escondidos entre las galletas.
—¡Aria, tenemos que encontrarlos!
—Por supuesto.
Y así, sin más, el pequeño Sartori tomó la mano de su nueva amiga y comenzó a mostrarle la mansión con entusiasmo.
—¡Ven! ¡Te enseñaré todo! ¡Aquí está el salón grande! ¡Y allí está la biblioteca! ¡Y por ese pasillo está mi habitación!
—¡Qué maravilla! ¿Y dónde se encuentra el lugar más importante de toda la casa?
Nino se detuvo.
La miró con absoluta seriedad.
—La cocina.
Aria se llevó una mano al pecho.
—¡Veo que eres un hombre de gran sabiduría!
—¡Sí!
Niccolo permaneció junto a la entrada, observándolos alejarse.
Su sobrino ni siquiera se había despedido de él.
Simplemente había tomado la mano de Aria y había desaparecido con ella en el interior de la mansión, hablando sin parar sobre dragones, conejos, zorros y otras criaturas de dudosa clasificación zoológica.
El conde se quedó mirando el espacio vacío.
[Al menos podría haberme dicho adónde iba].
Sin embargo, aquella queja perdió fuerza cuando recordó la sonrisa que había aparecido en el rostro de Nino.
Una sonrisa que, últimamente, parecía reservar casi exclusivamente para aquella joven.
Niccolo suspiró.
—Esto es absurdo
Que tierno