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Cartas para un alfa que nunca existió

Cartas para un alfa que nunca existió

Status: Terminada
Genre:Romance / Yaoi / Comedia / ABO
Popularitas:98
Nilai: 5
nombre de autor: felina black

Ethan Ashford tiene veinte años, un tío empeñado en casarlo cuanto antes y una lista interminable de pretendientes ricos, educados… e insoportables.

Para librarse de la presión, se le ocurre una broma: inventar a un prometido imposible de investigar. Un alfa extranjero. Un capitán de la Fuerza Aérea de Corea del Sur. Un tal Kang Min-Jae que jamás podría presentarse en Ravenshire.

Una noche, sin pensarlo, Ethan le escribe una carta. Cuatro páginas de confesiones, quejas y sueños que nunca le ha contado a nadie. Y, por capricho, la envía.

Lo que Ethan no sabe es que, en una base aérea de Seúl, existe un hombre llamado Kang Min-Jae. Que la carta llegó a sus manos. Y que no puede dejar de leerla.

Carta tras carta, entre el humor, la soledad y una sinceridad que no se atreve a mostrar de frente, Ethan se enamora de alguien que cree que no existe. Y Min-Jae, que lleva meses guardando cada sobre en un cajón, se enamora de un desconocido al que no sabe cómo responder.

Hasta que una misión militar lo trae a la ciudad de las cartas, a pocas calles de una florería.

¿Qué pasa cuando el destinatario imaginario resulta ser real? ¿Y cuando la verdad hiere más que cualquier mentira?

NovelToon tiene autorización de felina black para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7 — Una fotografía olvidada

Había pasado una semana desde el baile.

Ethan todavía se arrepentía de haber ido.

Por suerte, los comentarios de la ciudad empezaron a apagarse.

Los invitados encontraron otros temas de conversación.

Los rumores perdieron fuerza.

Y su vida volvió a la normalidad.

O al menos a lo más parecido a la normalidad que podía tener.

Esa mañana, el joven estaba ayudando a Clara a reorganizar un depósito en la parte trasera de la florería.

Había cajas viejas esparcidas por el suelo.

Macetas olvidadas llenaban estantes polvorientos.

—Estoy segura de que algunas de estas cajas son más viejas que yo —se quejó Clara.

—Algunas son más viejas que yo también.

—Eso es preocupante.

—Estoy de acuerdo.

Los dos se echaron a reír.

Mientras movía una pila de documentos antiguos, Ethan encontró una pequeña caja de madera.

Cubierta de polvo.

Desgastada por el tiempo.

—¿Qué es esto?

—No tengo idea.

La abrió con cuidado.

Dentro había varios objetos antiguos.

Tarjetas.

Recibos.

Pequeños recuerdos de familia.

Y una fotografía.

Ethan la tomó.

Eran sus padres.

Muy jóvenes.

Sonriendo.

Sintió de inmediato una opresión en el pecho.

Incluso después de tantos años, todavía los extrañaba.

Clara notó el cambio en su expresión.

—¿Estás bien?

—Sí.

La voz le salió más baja de lo que pretendía.

Contempló la fotografía unos segundos más.

Luego la guardó con cuidado.

No quería que volviera a quedar olvidada.

Esa noche, sentado frente al escritorio, Ethan comenzó otra carta.

Como siempre.

Como todas las noches.

Querido capitán Kang Min-Jae,

La pluma se deslizó despacio.

Hoy encontré una fotografía antigua de mis padres.

Se detuvo.

Pensativo.

Luego continuó.

Habló de sus recuerdos.

De cuánto los extrañaba.

De cómo la casa se sentía más vacía desde que se habían ido.

Por primera vez, la carta tenía un tono más melancólico.

Más íntimo.

Más vulnerable.

A veces me pregunto qué pensarían de la persona en que me he convertido.

Ethan miró la frase.

Era una pregunta que cargaba desde hacía años.

Una pregunta sin respuesta.

Ojalá estuvieran aquí.

Las palabras parecían más pesadas sobre el papel.

Pero no las borró.

Porque, de alguna manera, escribirle a Min-Jae hacía que el peso fuera un poco menor.

Al final de la carta añadió algo distinto.

Algo que nunca había enviado antes.

Una copia de la fotografía.

Pequeña.

Sencilla.

La guardó con cuidado dentro del sobre.

Sin pensarlo mucho.

Sin imaginar las consecuencias.

Dos semanas después...

En Corea del Sur.

Min-Jae abrió el sobre apenas llegó al departamento.

Ya era parte de su rutina.

Llegar a casa.

Preparar café.

Sentarse junto a la ventana.

Leer la nueva carta de Ethan.

Era extraño lo importante que se había vuelto ese hábito.

Casi necesario.

Mientras leía, notó que el tono de esa carta era diferente.

Más triste.

Más personal.

Más profundo.

Y entonces algo se deslizó del sobre.

Una fotografía.

Min-Jae se agachó a recogerla.

Cuando le dio la vuelta, se quedó helado.

Era la primera vez que veía algo que venía directamente del mundo de Ethan.

No era una foto del propio omega.

Pero aun así parecía un tesoro.

Un pedazo real de aquella vida lejana.

La observó durante varios segundos.

Después volvió a la carta.

Cada línea parecía aún más significativa ahora.

Más cercana.

Más humana.

Al terminar, se quedó en silencio.

Con la fotografía en la mano.

Pensando en el joven que había escrito aquellas palabras.

Pensando en la soledad escondida entre las frases.

Pensando en cuántas veces Ethan fingía estar bien.

Min-Jae conocía ese tipo de soledad.

Tal vez por eso lo entendía tan bien.

Al día siguiente, Ji-Ho encontró a su amigo a la hora del almuerzo.

—¿Entonces?

—¿Entonces qué?

—¿Llegó otra carta?

Min-Jae suspiró.

—Sí.

—Lo sabía.

Ji-Ho le apuntó con un dedo acusador.

—Estás sonriendo más.

—No es cierto.

—Sí lo es.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Basta.

Ji-Ho estalló en carcajadas.

Entonces vio algo sobre la mesa.

Una fotografía.

—¿Qué es eso?

Antes de que pudiera tomarla, Min-Jae puso la mano encima.

Rápidamente.

Protegiéndola.

Los dos se quedaron en silencio.

Ji-Ho parpadeó.

Una vez.

Dos veces.

—¿Acabas de proteger una fotografía?

Min-Jae se dio cuenta de lo que había hecho.

Demasiado tarde.

—No es nada.

—Ah, claro que es algo.

—Ji-Ho.

—¿Ahora guardas recuerdos?

—No.

—Estás enamorado.

—No lo estoy.

—Sí lo estás.

Min-Jae cerró los ojos.

Porque, por primera vez, no estaba seguro de la respuesta.

Esa misma noche, Ethan caminaba por el jardín de la propiedad.

El cielo estaba despejado.

Las estrellas brillaban sobre él.

Una brisa suave movía las flores.

Sonrió.

Se sentía extrañamente tranquilo.

Sin saber por qué.

Sin saber que su fotografía ahora estaba guardada en un cajón en Seúl.

Junto a todas sus cartas.

Sin saber que alguien releía sus palabras constantemente.

Sin saber que, poco a poco, estaba ocupando un lugar especial en el corazón de un hombre al que jamás había conocido.

Un hombre que empezaba a darse cuenta de que no quería limitarse a leer sus cartas.

Quería encontrarlo.

Quería oír su voz.

Quería descubrir quién era en realidad Ethan Ashford.

Y, por primera vez, esa idea dejó de parecerle imposible.

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